Domingo, 2 de abril de 2006
La fiesta del Chivo
Alberto Servat

Uno de los principales retos que tuvo Luis Llosa a la hora de llevar al cine "La fiesta del Chivo" ha sido superar el estigma que lo condena a ser un director identificado únicamente con el cine de acción. Por eso es que se esperaba con verdadera curiosidad su trabajo frente a un fresco monumental como es la novela de Mario Vargas Llosa, una narración tan compleja como admirable sobre la dictadura del presidente Trujillo en la República Dominicana.

Al igual que en el libro, las líneas narrativas son tres: Urania Cabral, la mujer que vuelve a su patria tras un largo exilio impuesto por sí misma; los asesinos de Trujillo, cada uno con sus propias motivaciones; y, el más interesante de todos, el dictador mismo. Sus respectivas vivencias dan forma a la historia.

Pues bien, Llosa ha tomado con sumo cuidado cada aspecto de la novela y ha sacado adelante una película de correcta manufactura, narrada con seguridad y mano firme, donde nada en la ambientación de época o la elección de los actores es reprochable.

Y, sin embargo, a "La fiesta del Chivo" le falta impacto. Le falta ese nervio conductor que nos puede someter y, tal como lo hizo la novela, apasionarnos. Hay un distanciamiento entre la película y el espectador que termina por enfriarnos. En la película, la muerte del Chivo no nos libera de un peso porque sabemos que ocurrirá. ¡Cuán necesario es lo inesperado o su ilusión para que una película sea efectiva!

En cualquier caso, el mejor momento de "La fiesta del Chivo", donde hay que reconocer un buen manejo dramático del tiempo y el espacio, es la violación de Urania. Allí Llosa ha sabido ser un realizador maduro y consciente, ajeno a cualquier sensacionalismo. El ritmo, las interpretaciones y la manera en que la cámara enfoca el desarrollo de la acción es serio y audaz a un mismo tiempo.

Pero no todo funciona de la misma manera a lo largo del filme. Percibimos cierta herencia de la televisión en el desarrollo de los momentos de acción. O en el uso de elementos como la banda sonora incidental, que no ayuda demasiado porque subraya de tal manera las situaciones que no nos da tiempo a crear suspenso. Por ejemplo, en la secuencia del secuestro de Galíndez (Gary Piquer), tenemos una planificación muy de 'film noir', con la iluminación ideal para crear la atmósfera adecuada. Pero antes de que la situación de peligro se desencadene, la música invade el espacio y nos anticipa el crimen que está por cometerse. Lo que anula el efecto siguiente.

Sobre los actores debemos decir que todo el reparto está a la altura de las expectativas. Tomás Milian es un Trujillo perfecto, con esa personalidad que cubre todas las gamas entre megalómano y frío asesino; Isabella Rossellini enfrenta bien el reto de interpretar a una mujer fría y distante, que despierta a un nuevo mundo de emociones tras exorcizar sus demonios internos; mejor está Stephanie Leonidas como la joven Urania, cuyo candor solo es equiparable a su valentía.

"La fiesta del Chivo" abre una nueva etapa en la filmografía de Luis Llosa. Esperemos con atención los nuevos títulos.






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