Lunes, 26 de marzo de 2007
Un embajador del cine pobre

David Hidalgo Vega
PROPUESTAS. El cineasta iraní Mahmoud Reza Sani ha ganado varios premios internacionales con películas de bajo presupuesto, pero de profundo contenido humano. De paso por Lima, busca historias que le permitan conmover, todo un reto después de retratar la guerra.

Para retratar la desolación basta una cámara alerta y pulso sólido. El ambiente se pinta solo: ciudades derrumbadas por la guerra, gente desesperada por sus pérdidas, incluso tranquilas escenas de antiguos combatientes que no quieren saber más de tanta muerte. El cineasta iraní Mahmoud Reza Sani empezó su carrera bajo esa escenografía de calles bombardeadas. Cuando tenía 6 años su país entró en conflicto con Iraq. Los primeros bombardeos que cayeron sobre su ciudad natal le impidieron ir al colegio: Abadan era un emporio petrolero que se convirtió en objetivo militar del enemigo. Mahmoud recuerda haber jugado en las calles mientras aviones iraquíes cruzaban el cielo para atacar puntos cercanos. Su imaginario visual viene de esos días. "Mis historias son de distintos temas, aunque siempre llevan de trasfondo alguna referencia a la guerra", comenta.

El clima de lucha atrajo a periodistas de todo el mundo hacia su barrio. Recuerda haberse fascinado con las cámaras fotográficas y de filmación que los reporteros llevaban encima todo el tiempo. Un día, el reportero de un periódico europeo, que se había encariñado con él, le tomó una fotografía. En esa imagen aparecía haciendo un gesto de desesperación junto a otros niños. Tenía 7 años. Debía ser una de las tantas imágenes tensas en medio de otras más crudas. Tiempo después, Mahmoud recibió el ejemplar del diario en que había sido publicada. "Cuando la vi supe que me iba a dedicar a esto", comenta. No era una idea, sino una obsesión precoz. Trató de conseguirse una cámara como fuera. "A veces les pedía a los reporteros que me regalaran las suyas, pero nada". Mientras otros se preocupaban por conseguir provisiones y resguardo, él solo quería filmar.

En una siguiente visita, ese reportero de guerra le permitió hacer una fotografía con su cámara. Tampoco esperaba que fuera publicada, pero la imagen que capturó con sus ojos apareció en el diario con un subtítulo especial: "foto tomada por un comandante chiquito". Una ironía tierna para una situación en que muchos arriesgaban el cuello. Las fuerzas enemigas estaban cercando la ciudad. La familia de Mahmoud pasó los siguientes ocho años viajando de un lugar a otro, a medida que la crisis se agudizaba. De esos viajes y angustias tuvo también la idea de filmar la vida de los refugiados, esos pueblos errantes e inocentes.

DUROS COMIENZOS
Hace unos años, Mahmoud fue considerado el "niño prodigio" del llamado cine pobre, un movimiento que promueve la producción de filmes independientes de calidad. En realidad nunca fue un tipo pobre. Antes de la guerra su padre había sido gerente de un banco en Abadan. Tenía acceso a ciertas comunidades, pero en los días de la guerra todos padecían las carencias de la destrucción. "Cuando regresamos, años después, era otra ciudad. Todos mis recuerdos habían desaparecido. No estaba derruida, pero por todos lados había paredes ametralladas y edificios destruidos". Pocas personas quedaban de los tiempos antiguos. La gente se daba cuenta de que alguien había regresado si por la noche distinguía un foco más en las hileras de viviendas. Su primera película, realizada a los 16 años, trató ese tema: la recuperación de los recuerdos.

Consiguió hacerla gracias a un famoso director de cine iraní que llegó para hacer una película sobre el inicio de la guerra en esa ciudad. Lo escogieron como protagonista. Así comenzó a meterse en el manejo técnico, aprovechando el acceso que tenía. Se dijo que él también podría lograrlo. En la ciudad había un canal de televisión que solo pasaba noticias. Mahmoud se presentó en sus instalaciones y les ofreció hacer un filme. El dueño de la estación quedó encantado con la idea, pero no podía ofrecerle un presupuesto. El canal estaba en crisis. "Le dije que solo necesitaba una cámara. Yo me encargaría del resto", recuerda el hombre. Fue el comienzo.

Este trabajo resultó elegido la mejor película corta en Irán y durante varios años repitió el galardón. De hecho, es una historia infaltable en la programación del canal del Estado cuando se acerca el aniversario de la guerra. No es el único mérito. La cinta ha participado en más de veinte festivales internacionales. El realizador solo tenía 16 años. "El dinero que conseguí con mi primera película me sirvió para hacer la segunda y así". Ha hecho más de veinte cortometrajes, una película para cine y otra para televisión, etc.

Sus historias, está dicho, tiene un trasfondo común que es la guerra. El filme "Siyamo", su primer largometraje, surgió a raíz de un viaje que hizo a Afganistán para conocer ese país devastado por los conflictos. Quería filmar las ciudades en ruinas, los campamentos de refugiados, los sobrevivientes. Tuvo que convencer a algunos pobladores que estaban hartos de reporteros prejuiciosos llegados de todo el mundo. Una noche tuvo un sueño extraño: una muchacha de larga cabellera negra lo deslumbró. Se llamaba Siyamo y trataba de guiarlo en ese sueño a través de unos caminos remotos hasta que desapareció. Mahmoud lo interpretó como un mensaje.

En los días siguientes hizo un largo recorrido preguntando en mercados y escuelas si alguien tenía noticia de ese nombre. El periplo parecía infructuoso hasta que un chofer y cantante popular lo invitó a su casa para develarle el misterio: le cantó la leyenda popular de una mujer llamada Siyamo y el hombre que debía juntar una fortuna para conseguir su mano. Lo interesante, para el cineasta, fue que todos sabían la respuesta, pero nadie se la dijo intencionalmente para que él siguiera explorando la cultura afgana en su búsqueda.

ENEMIGOS ÍNTIMOS
El cine le ha dado esas experiencias extraordinarias. El año pasado realizó una película llamada "El ganso salvaje", que es una metáfora pacifista: dos soldados enemigos custodian la frontera desde sus puestos, incapaces de comunicarse, hasta que una bala del iraquí hiere a un ave silvestre. Solo ahí empiezan a comprenderse. La historia ocurre poco después de la invasión estadounidense a Irak. Para filmarla tuvo que pasar dos meses en el desierto, conviviendo con el ejército de su país. Todo sacrificio era necesario: una bala cuesta tres dólares y la producción requirió que se utilizara cinco mil. A muchos militares no les gustaba la historia, sobre todo por tratarse de una reflexión de paz con un soldado que fue considerado enemigo por muchos años.

Mahmoud tiene su propia visión de los hechos. Ha estado cuatro veces en Iraq. "El primer viaje fue poco después de la caída de Saddam Hussein", recuerda. El filme era la historia de un muchacho nacido en Bagdad y descendiente de iraquíes que había vivido durante treinta años en Irán. El hombre buscaba rastros de su familia en su país de orígen. Encontró a sus parientes. Muchos habían fallecido en la guerra entre ambas naciones, pero varios sobrevivían. Algunos habían combatido en las ciudades donde Mahmoud había estado y -- era probable-- habían matado a varios de sus parientes. "Fue curioso, pero me pidieron disculpas. Durante ocho años fuimos enemigos, pero todos comprendimos que la guerra no era entre los pueblos, sino entre los gobiernos".

Mahmoud ha realizado todos sus cortos y largometrajes con personas de la calle, gente que no tenía formación actoral. Incluso en sus trabajos de ficción. Él mismo suele participar en varias etapas de sus filmes, desde los guiones hasta el manejo de cámara y la edición. Es un militante del cine pobre. Algunas de sus películas han sido realizadas con un promedio de mil dólares. "Sin embargo, lo que recaudan en cine o televisión se reparte a cada uno de los que han participado. Cine pobre no quiere decir aprovecharse de nadie", explica.

Había trabajado de esa manera incluso antes de saber que existía un movimiento alrededor de ese concepto. Hace cuatro años fue contactado por el director de cine Humberto Solás para invitarlo al Festival de Cine Pobre que se realiza en la ciudad de Gibara, Cuba. Mahmoud ha ganado varias ediciones de ese certámen e incluso, con las ganancias, ha realizado una película sobre la vida en la isla, titulada "Che, el dulce sueño de la caña", seleccionada para el último Festival de Cannes.

Mahmoud está en Lima como parte de un periplo que lo está llevando por América Latina. Quiere conocer cineastas y buscar historias para medios de su país. "En Irán no se tiene mucha información sobre el Perú. Creo que es una buena oportunidad para difundir su cultura y acercar a nuestros pueblos", afirma. Su búsqueda de historias no termina porque es un narrador. Saber que puede conmover con sus imágenes es su placer y desafío. El talento conjura la pobreza.





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