Viernes, 23 de junio de 2006
Cine: Se hunde la bolichera

Poseidón



Hace mucho tiempo, entre 1908 y 1914, el cine norteamericano aprendió a narrar historias utilizando las imágenes móviles del cine. Fascinó a los auditorios con relatos aventureros y de riesgo que culminaban en el rescate providencial de la virginal damisela en peligro. La joven se salvaba en los instantes finales de proyección, invitando al auditorio a celebrar la apoteosis de la acción, el final feliz y el arrojo del salvador. La argucia narrativa se llamó "rescate en el último minuto".

Ha pasado casi un siglo desde que se acuñó, pulió y afinó el código del cine narrativo, dando paso a relatos más elaborados, con líneas de acción diversas y, a veces, intrincadas, así como al uso de tiempos narrativos complejos. Los "rescates en el último minuto", sin embargo, se siguen usando como conclusión de algunas películas de acción y aventuras. Lo extraño es encontrarse con una cinta que tiene como único y exclusivo recurso narrativo el rescate formidable y oportuno al cabo de cada situación y cada secuencia, durante cien minutos de proyección. Es el caso de Poseidón.

Como se sabe, las "películas de catástrofe" son tan antiguas como el cine: a mediados de la segunda década del siglo XX, ya se filmaban Los últimos días de Pompeya, y en los años treinta se recreó el incendio ocurrido en El viejo Chicago o el terremoto e incendio de San Francisco. Luego de un receso en la producción de desastres, el subgénero volvió con fuerza a inicios de los setenta. Una lectura sociológica del cine afirma que esas películas encarnaron los miedos e inseguridades de Norteamérica, asolada por Vietnam, Watergate, el poder creciente de los países productores de petróleo, entre otros remezones de esos años. Terremoto y La aventura del Poseidón fueron los filmes estandartes del renacimiento catastrófico.

Poseidón no es un "remake" o una nueva versión de La aventura del Poseidón, dirigida por el británico Ronald Neame en 1972. El nuevo Poseidón, del alemán Wolfgang Petersen, es apenas un resumen, un esquema, un concentrado, un "digest" recargado con las pilas bajas -como para que dure la mitad del tiempo-, un recalentado hecho con las sobras o retazos de la antigua cinta. El de hoy es un Poseidón venido a menos, con pinta de gran paquebote pero calado de bolichera, una embarcación que luce tan falsa como lo que es: una hechura virtual. Aunque ese no es el problema, claro, porque el cine siempre es un truco aunque luzca muy real.

Hace treinta años, cuando se estrenó, La aventura del Poseidón aparecía como una película sólida, bien hecha, de gran producción y casi nada más. Ahora, comparada con el flamante Poseidón, luce como una catedral, una superproducción tan vasta y épica como las de David Lean, y un clásico de la aventura. La vieja película al menos se basaba en una idea original y pintoresca: los ricos y famosos sobrevivientes de la gran ola, puestos en estado de necesidad, debían enfrentar la súbita inversión de la geografía de un lugar. El mundo se les ponía de cabeza y debían caminar por las paredes y techos del trasatlántico, usando sólo las escaleras metálicas. El recorrido lo hacían actores tan desbordados y divertidos como Shelley Winters, Red Buttons y Ernest Borgnine, que acompañaban a Gene Hackman y a la aterrada Stella Stevens por todos los compartimentos inundados de la nave. La ola fatal aparecía bien avanzada la proyección para malograr la celebración del año nuevo.

Enfrentar el mundo al revés no tiene mayor importancia en el nuevo Poseidón. En realidad, casi nada tiene importancia aquí. Ni el origen de la ola, ni las relaciones entre los personajes, ni la lógica del relato, ni el sentido común. Ya sabemos que al director Wolfgang Petersen le gustan los viajes submarinos, la claustrofobia y los naufragios, como lo demostró en El submarino (Das Boot) y en La tormenta perfecta, pero esta vez enfrenta a la naturaleza como un burócrata con el cronómetro en la mano. Parece apurado por salir del paso y se limita a contar el tiempo que requieren los supervivientes para escapar de cada una de las amenazas que les pone al frente.

Y aquí viene a cuento lo del "rescate en el minuto final". Como si el cine hubiese retrotraído su historia casi cien años, Petersen se limita a jugar con un suspenso de aliento breve, de mecha corta. Desde que empieza el naufragio, la rutina de Petersen consiste en colocar a los supervivientes en un apuro que parece insalvable durante tres o cuatro minutos, para sacar luego, de debajo de la manga, la carta escondida del rescate. El grupo de Kurt Russell y compañía sale de un aprieto para entrar en otro y en todos los casos ocurre lo mismo: la compuerta se abre justo en el momento preciso; el niño se salva cuando ya no hay nada que hacer; el grupo se reencuentra cuando ya los creemos a todos bajo el agua. La sensación liberadora de vencer el peligro en el momento culminante, que es propia del mejor cine de acción, se devalúa aquí a fuerza de manosear y repetir la fórmula cada diez minutos.

Lo que más aflige es que una película como Poseidón -que no supera el nivel de verosimilitud de una serial de hace sesenta años- se presente como el gran acontecimiento de la cartelera.






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