Philippe Quint, el violinista de origen ruso que presentó en Lima TQ Producciones, es un virtuoso con una técnica impresionante. Aunque parece un poco un artista pop, carismático y extrovertido, aparentemente hasta un poco informal, resulta ser también una especie de mago, cuya actuación espectacular me motiva a intentar establecer algunos límites y las relaciones entre la magia y el virtuosismo, o quizá entre la magia y el arte.
Cuando espectamos la actuación de un mago, sabemos que todo es ficción y que la prestidigitación y los trucos crean una ilusión, pero no obstante nos sentimos emocionalmente involucrados y casi nos dejamos engañar. La ficción parece real. Sin embargo la ejecución musical a niveles técnicos que pueden considerarse casi sobrehumanos, siendo real parece ficción. Se trata de algo sorprendentemente real y abrumador.
Tal vez el puro virtuosismo, el alarde técnico pueden parecer a veces poco profundos y sorprender más que conmover. Pero el goce estético es un hecho bastante complejo y no excluye la posibilidad de disfrutar con lo puramente mágico y lo espectacularmente virtuoso, aunque la obra no sea necesariamente profunda. Es que no siempre la música tiene que penetrar en dimensiones de mayor profundidad, siendo solamente sorprendente y brillante puede resultar fascinante.
El Concierto para violín y or-questa de Tchaikovsky, con sus melodías inspiradas e impregnadas de romanticismo, no es precisamente una obra profunda. Sumamente difícil en el aspecto técnico, es no obstante de lenguaje y expresión fácil, aunque es injusto considerarlo banal. Debo reconocer que dudaba si todavía sería capaz de escucharlo con un interés estético, pero resulté subyugado ante una versión con tal fuerza vital y recreadora, ejecutada con una perfección técnica impresionante, refrendada por una notable musicalidad. Philippe Quint contó con la colaboración de un excelente director de orquesta, el mexicano Guillermo Salvador, que lo secundó muy bien lograndoun resultado espectacular, con el soporte de una buena orquesta formada en gran parte por músicos de la Sinfónica Nacional.
Ante los intensos aplausos que recibió el concierto de Tchaikovsky, el solista ofreció un 'encore' paganiniano que nos hizo sentir a muchos que estábamos precisamente frente a un mago antes que frente a un artista. Pero era un mago que ciertamente tenía una musicalidad impresionante. Un segundo encore, Recitativo y Scherzo de Kreisler, acentuó más los aspectos musicales, sin atenuar lo virtuoso y mágico de la ejecución.
La actuación de Guillermo Salvador merece también elogios por la solvencia y maestría que demostró a lo largo de todo el programa, íntegramente dedicado a Tchaikovsky (además del concierto para violín y orquesta: la obertura Fantasía "Romeo y Julieta", la polonesa de "Eugene Oneguin" y el Capricho Italiano). Observo sin embargo que el director tuvo tendencia a imprimir cierta precipitación en el tempo. En "Romeo y Julieta", algunas frases y episodios importantes y significativos en términos expresivos pasaron tal vez un poco desapercibidos.
Por su parte, la orquesta si bien relativamente pequeña, supo responder al director con precisión, equilibrio y buen sonido. Un acierto ofrecer un concierto sinfónico y demostrarle a un extenso público que no suele concurrir a los conciertos de la OSN, que nuestros músicos son capaces de tocar bien. No son pues una banda cualquiera, como tan despectivamente se les ha calificado a veces. Creo que si bien la OSN logra buenos resultados, lo hace en condiciones muy precarias y con un endémico maltrato. En contraposición si la actividad se basa en la calidad, la exigencia, el respeto y el profesionalismo, como ocurre al parecer en el caso de la producción que comentamos, se facilita sin duda la obtención de buenos resultados.
José Quezada Machiavello