Sábado, 31 de marzo de 2007
La fotografía como terapia

Por Miguel Ángel Cardenas M.
IMÁGENES DE AFLICCIÓN. Jaime Rázuri es un gran fotógrafo que ha retratado la violencia en Haití y en Iraq. En 1993 comenzó un inquietante proyecto para retratar a personas con el virus del VIH/sida en condiciones de extrema pobreza. Sus imágenes llenan un vacío.

La muerte lo recibió vívida. La primera vez que Jaime Rázuri retrató a un enfermo de VIH/sida, este lo esperaba muerto. El impacto inconmensurable con que hizo su primera fotografía habría de durarle trece años, años en que viene luchando por generar una conmoción solidaria que borre los estigmas hacia las llamadas PVVS (personas viviendo con el VIH/sida).

¿Cómo surgió este proyecto: de un interés personal o como una típica comisión fotográfica?
En 1993, la agencia para la que trabajo, France Presse, me propuso hacer un reportaje sobre gente con VIH. Yo sabía que existía un lugar en Villa María del Triunfo, con gente que estaba enferma. Y me conecté con el encargado, me hizo pasar al patio de su casa y me preguntó si tenía plata para un ataúd. Yo le dije que no, pero no entendí... y cuando pasé, encontré a una persona muerta. Yo estaba buscando en qué engancharme como proyecto personal, y eso fue lo que generó que siguiera con el tema.

¿Hasta ese momento habías tenido otras experiencias con enfermos de sida, con amigos, familiares?
No, era un tema nuevo para mí, era lo primero que veía y lo primero que fotografiaba... Era como encontrarte con demasiado desde el primer momento. Pero a la vez no quieres dejar pasar una circunstancia así y siendo lo primero, toda la intensidad se volcó en esa foto. Fue fuerte.

¿Cómo reaccionó la gente del albergue?
Solo había dos personas, era un albergue poco conocido y manejado de manera informal. Había cinco camas y un lugar donde les daba de comer, era una casa pobre en Villa María del Triunfo, en un pueblo joven, subiendo un par de lomas. Después seguí yendo, me hice amigo de Víctor, el dueño,una persona que tenía amigos que estaban enfermos y los ayudaba. Pero a esta persona que acababa de morir, por ejemplo, según lo que él me dijo, lo había hallado en un basural, abandonado y lo había llevado a su casa.

¿En ese momento estabas enterado de lo que era el sida, de las formas de contagio o tuviste prejuicios, miedos que vencer?
No tuve muchos miedos, pero sabía que tenía que informarme y me interesaba saber cuáles eran la vías de contagio y cuáles no. Y me informé mientras seguía con el trabajo.

¿Lo tuyo fue convivir con ellos?
Intentar eso dependía de las horas en que pudiera encontrar a la persona dueña del albergue y a veces iba, no lo encontraba y no podía entrar.

¿Los enfermos no sentían que vulnerabas su intimidad?
Hasta cierto punto entendían lo que estaba tratando de hacer y yo trataba de explicarles. Ellos me aceptaban.

¿Qué fotografiabas al principio: su vida cotidiana, su enfermedad, sus conflictos?
Ellos estaban allí simplemente padeciendo la enfermedad, con mínimas medicinas. Por la informalidad con que se llevaba el lugar, vi que la cosa no podía seguir. Yo llegaba y si esta persona no tenía ganas de abrirme la puerta, tenía que irme. No había un entendimiento completo de lo que yo podía hacer. Eso me obligó a buscar por otros lados. En 1996, conocí a Lucho Jara, otro personaje que está en mis fotos, que me invitó a San Juan de Miraflores, para ir a una de las reuniones de su GAM: un grupo de ayuda mutua.

¿Un GAM es como una ONG o como alcohólicos anónimos?
Es un grupo de personas que viven con el VIH/sida. Se agrupan a partir de los centros de salud en los que se atienden y conversan sus vivencias. Y a partir de eso pueden extenderse hacia el compartir medicinas y desarrollar vínculos de solidaridad, de trabajo colectivo, realizar polladas, para pagar la hospitalización de uno de ellos. Lucho era el coordinador.

¿No te vieron como un intruso?
Algunos se mostraron recelosos, y no tuve ningún contacto después de una primera reunión en que estuvimos conversando y tomando cerveza. Pero hubo un personaje, Mario, que hacía un tiempo había tenido una recaída, me dijo que fuera a su casa a visitarlo. Se mostró muy entusiasmado conmigo, aunque nunca supe cuántos años tuvo.

¿Mario estaba en fase terminal?
Sí, y al poco tiempo, como a los 6 meses de haberme conectado con él, murió. Era notoria su fase terminal, estaba muy delgado, pero tenía la esperanza de que de pronto podía curarse, eso me pareció singular. Fue lo que hizo que se abriera a mí. Hubo una relativa amistad. En ningún momento me contó cómo se contagió y no me interesó tampoco saberlo. Me interesaba ver cómo se comportaba su familia: su madre era muy amorosa con él. Él era la niña de sus ojos. Y el GAM trataba de sostenerlo, en eso me centré.

¿Pero te hablaba de sus temores, de sus dolores o de esa esperanza en recuperarse?
Ya era muy difícil comunicarse con él, porque la enfermedad había avanzado, pero buscaba a través de gestos manifestar sus ansias de curarse. Una vez pidió que lo llevaran a la procesión del Señor de los Milagros que iba a pasar por la puerta del hospital María Auxiliadora, en la época en que al Señor lo subían a un camión y lo llevaban por toda Lima. Yo estuve allí. Él creía en un milagro y tenía la necesidad de conectarse con Dios. Cuando Mario murió, estaba la crisis de los rehenes de la Embajada de Japón, pero me di un tiempo para ir al velorio y acompañar en el entierro a los familiares.

Lucho Jara, el coordinador del GAM, fue otro de tus personajes centrales...
Era quien más empuje tenía. Es la otra cara de la moneda, hizo un libro que tituló: "Lucho y vivo con el sida" y lo publicó la Universidad Garcilaso de la Vega. Era un tipo que se movía por todos lados, charlando delante de grupos, apareciendo en la televisión contando su caso. Su ambiente familiar era abierto, sin discriminación. Yo conocí a su madre, a sus hermanos, no sé qué pasó con su padre, de pronto, había muerto.

¿Con Lucho tuviste una relación más estrecha que con Mario?
Sí, fuimos más amigos. A veces él me llamaba para contarme sus cosas, nos reuníamos a conversar, ya había dejado de fotografiarlo hasta que me entero de que estaba haciendo fase terminal. En el hospital no lo querían atender, las enfermeras tenían miedo de tocarlo. Cuando lo pasaron a su casa, me pidió que lo fotografiara porque se iba a bautizar en el evangelismo. Él recibía a un pastor evangelista y un mes antes de morir se convierte.

¿Le tomaste fotos al bautizo?
Sí. Lo llevaron a la iglesia evangélica y lo sumergieron en una piscina. Pero la parte emotiva de esto es cómo la familia lo apoya en esta última decisión, y lo acompaña y lo recibe en esta nueva faceta de su vida.

¿Lo viste quebrarse en sus últimos días?
Se quebró cuando se murió Mario. Esa angustia de verlo cada vez más cerca de la muerte y morir fue algo que le estaba diciendo: mira lo que va a pasar contigo más adelante.

¿Y te quebraste tú, cómo procesabas la muerte de quienes se convertían en tus amigos?
Lo que me distanció de tener una relación muy cálida con las personas a las que he fotografiado ha sido la frecuencia larga con las que lo he hecho. Eso ha impedido que yo logre realizar identificación intensa. Esto no significa que yo haya sido un témpano de hielo frente a ellos.

¿Pero a pesar del distanciamiento, hubo algún momento en que te abrumó, te deprimió, te indignó, encolerizó o siempre mantuviste la ecuanimidad?
Creo que no es gratis que haya buscado un tema así para fotografiar como proyecto personal. Ha habido una necesidad que me ha identificado con el tema, es como un reclamo que he querido hacer no solo por las justas necesidades de ellos, sino también por mí.

¿Tú has pasado o pasas por una enfermedad fuerte?
No, no...

¿Solo es identificación con los más débiles, con los más oprimidos?
Con la gente que necesita contacto, que necesita afecto, comunicación, ser incorporada y no discriminada.

En ese aspecto personal, tu relación con la muerte, de miedo o aceptación, cambió después de seguir todo el proceso...
Valoro más la necesidad de la vida con calidad en el sentido afectivo, humano, de poder cubrir tus necesidades espirituales, emocionales. Creo que todo el mundo le debe tener un poco de miedo a la muerte. Puede ser que entres en pánico, incluso. Creo que de lo que se trata es de prepararse para eso. Y cada experiencia que te acerca un poco a la muerte hay que aprovecharla para prepararte cuando te toque a ti.

Gandhi decía que todos los días hay que ejercitarse en morir un poco para cuando llegue ese día estar preparado.
Es algo parecido.

Hablabas de lo espiritual y la muerte lleva inevitablemente a ese aspecto. Tú lo presenciaste en Mario cuando buscaba el milagro de un santo o en Lucho con el evangelismo. ¿Esta experiencia cambió tu forma de fe?
Estas cosas generan que uno comience a tener una serie de búsquedas para llenar las necesidades que te surgen de ver esas experiencias. Yo creo en seres que tienen una existencia superior, a la cual podemos acceder y pienso que si seguimos el camino que ellos nos enseñan, podemos de alguna manera cubrir todas las necesidades espirituales que podamos tener.

Un factor de la condición humana es aferrarnos al cuerpo, sentir nuestra corporalidad que poco a poco se irá corroyendo. En el sida es muy visual esta degeneración del cuerpo. ¿En algún momento te tembló la mano?
Te puedo decir que sentí tanta angustia como la que sentía Lucho al ver a Mario en un estado terminal. No es fácil ver y fotografiar a una persona en ese estado.

Pero ha sido parte de tu profesión... Tú has estado en Iraq, en Haití, acercándote a la parte más oscura del ser humano.
Sí, he sentido mucha violencia. Me gustaría saber que mis fotos hayan servido a cambiar algo, a pensar que la violencia es inútil.

¿Qué presenciaste, qué retrataste allí?
En Iraq no estuve tan cerca. Pero en Haití he visto cómo una persona mataba a otra, con un arma de fuego, y he estado cerca de una persona, di unos pasos, escuché un balazo y cuando regresé estaba muriendo. Hay tanta angustia como fotografiar a una persona que muere de sida, aunque sea por gotitas.

En ese sentido, la fotografía siempre es de claroscuros... de ángeles con demonios.
Sí, claro. Con un lado te puedes enfermar y con otro te puedes curar. Y si buscas la enfermedad como una forma de cura, también la encuentras fotografiándola. Lucho encontró una forma de curarse o vivir a partir de su enfermedad y yo encuentro la forma de curarme algo a partir del encuentro con esa enfermedad. Y en otro plano, si lo muestro, curar a la gente cuando reacciona a las fotos.

La necesidad de exorcizar un demonio... tu necesidad de afecto.
Algo he exorcizado, en algo me ha ayudado. No es gratis que recién después de trece años de iniciar este proyecto, decida mostrarlo ahora, esto es parte de esa terapia.





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