Por Federico Kauffmann, arqueólogo
La sed de oro que persigue a los saqueadores de tumbas destruye para siempre aquellos importantes vestigios que los investigadores tratan de hallar intactos, para desentrañar los misterios de los antiguos peruanos.
Sin embargo, en los entierros chachapoyas son muy escasos los objetos elaborados con este metal precioso, pues lo más valioso, aparte de la innegable importancia histórica de las propias momias, son los fardos funerarios que serían de interés para irresponsables coleccionistas.
Por eso el Instituto Nacional de Cultura y las autoridades policiales deben actuar con firmeza para detener estos ilícitos actos que afectan nuestro legado.
También es muy importante convencer a los pobladores de la zona sobre el hecho de que ellos mismos se conviertan en celosos guardianes de los vestigios de sus antepasados, pues pueden convertirse con el tiempo en un foco de atracción turística.
Saqueos como el ocurrido en Jalca Grande no pueden quedar impunes. Ha llegado el momento de poner un alto a la depredación y sancionar a los responsables.