Si bien la participación ciudadana en las elecciones ha sido masiva y más entusiasta de lo previsto para elegir a las nuevas autoridades municipales y regionales --en lo que debe reconocerse la labor de los órganos electorales-- los resultados preliminares muestran una modificación del mapa político nacional a partir de un voto bastante disperso.
No solo se enfatizan las diferencias entre Lima y el resto del país sino que en esas zonas se demuestra la desconexión y debilidad de los partidos ante los movimientos independientes que son preferidos por las mayorías.
El triunfo de Unidad Nacional en la capital y la mayoría de sus distritos es, antes que nada, un reconocimiento a la gestión eficiente del alcalde reelecto Luis Castañeda Lossio y también un llamado al consenso, el orden y la integración. El reto ahora es consolidar una administración metropolitana unitaria que afronte los acuciantes problemas de seguridad, transporte urbano, planificación urbana e informalidad. Desde este punto de vista, los nuevos gobiernos locales tienen una oportunidad inmejorable para convocar la mayor participación ciudadana y trabajar con el Gobierno Central en una jurisdicción tan peculiar y compleja como Lima.
En cuanto a provincias, los partidos tienen que hacerse una severa autocrítica y sacar lecciones positivas para el futuro. Tras reconocer, a partir de esta votación, su desconexión con el interior, deben trazarse como objetivos la urgencia de fortalecerse como partidos o alianzas de un modo organizado y sostenido, a partir de idearios y programas que respondan a las preocupaciones y problemas de todo el país y no simplemente a intereses electoreros coyunturales.
Veamos: El Apra ha perdido hasta su tradicional arraigo en el llamado sólido norte; el humalismo, cuyas expectativas de constituirse en una oposición nacional, luego del aluvión de las elecciones generales pasadas, han sido negadas por las urnas; y el fujimorismo, al que la ciudadanía ha dado la espalda de modo casi categórico. Incluso, en un futuro mediato, deben pensar seriamente en la vigencia de su inscripción electoral.
En cuanto a Unidad Nacional los resultados deben motivar a los líderes de la alianza, que reafirma su base limeña, a descentralizarse y movilizarse a trabajar en provincias, más aun si se proyectan a las elecciones del 2010 y del 2011.
De cualquier modo, a la espera de resultados definitivos, los políticos tienen que respetar la voluntad popular expresada en las urnas. Al Gobierno Central, como ha dicho el presidente Alan García, le corresponde trabajar concertadamente con las nuevas autoridades regionales, aunque no sean de su partido; a los nuevos alcaldes y presidentes regionales iniciar sus gestiones con la mayor transparencia, usar eficazmente los mayores recursos y prerrogativas que ahora tienen y apostar por la fusión de regiones; y a los ciudadanos asumir una actitud de permanente alerta y fiscalización dentro del marco de la legalidad democrática.
A propósito de esto último, sigue pendiente la tarea de promover la formación cívica y democrática de los peruanos, tanto para entender que sin partidos sólidos y organizados corremos el riesgo de caer en la tentación de elegir caudillos de última hora, cuanto para considerar que la confrontación de ideas es fundamental en un proceso de alternancia democrática.
En tal sentido, tenemos que reflexionar sobre la mejor manera de depurar estas lides de indeseables que ocultan sus antecedentes para postular, así como de obligar a los contrincantes a debatir públicamente sus programas, lo que ha faltado en esta campaña, sobre todo en Lima.