Sábado, 31 de marzo de 2007
Unas pinceladas de jazz


EXPLORACIONES. El pintor Piero Quijano es conocido por sus imágenes urbanas, con mirada de explorador del caos. Pero desde hace un tiempo ha liberado su pasión musical sobre el lienzo. Su nueva muestra incluye retratos de cantantes e instrumentistas a quienes debe largas compañías.

Por David Hidalgo Vega

Sobre una pared de rojo sangre, hacia el fondo del bar, hay un cuadro de James Brown que está a punto de saltar a gritos. A un costado reluce la clásica sonrisa invidente de Ray Charles. Sobre unos sillones de descanso estalla sin sonido un par de bandas anónimas trazadas en acrílico sobre tela. Un músico de carne y hueso prueba el sonido para su concierto de esta noche, rodeado por los tótems rítmicos de Piero Quijano. El pintor rescata ahora los genios que acompañaron sus sesiones creativas. Va del blues al gospel, del funk al rock, géneros que "siempre tienen ese fondo del abuelo blues, que es como el huaino de esos campos de algodón, el innombrable antepasado del que todos escapan". Una premisa que bien podría señalar algunas motivaciones de su propia obra.

Buena parte de tu trayectoria es de imágenes urbanas. ¿Cómo entras al tema musical?
Hice una exposición en el 2002 tratando de seguir la figura humana, casi lindando con la caricatura. Incluí dos cuadros de músicos de jazz. Y para Somos pinté unos músicos de soul. Y también hice unos grabados con un pata que hacía serigrafía con músicos de jazz y blues. Era algo que siempre tenía al costado. Un día me pidieron exponer algo en un bar y vi la oportunidad de soltar esto. Empecé a pintar gente que conocía y admiraba, Dizzy Gillespie, Chet Baker, Gerry Mulligan, Billy Holliday, Art Tatum. Pero el jazz tiene un montón de héroes anónimos y quería reflejarlos. Por ejemplo, hay un bluesero que era un forajido, hacía canciones que cantaba en la cárcel y aparece en traje a rayas. Era una manera de abordar el tema, a través de los intérpretes.

Eres melómano conocido.
Para mí el jazz es algo especial. En realidad, es la música de la libertad, porque si al inicio se tocaban cosas formales, después empezaron a soltarse, agarraban una canción conocida y como que la desarmaban para tocarla como querían. El blues es una música fuerte y sentimental que viene de los esclavos liberados. Ser esclavo ya era bastante malo, pero después ser libre y no saber qué hacer era bastante chocante. Todo eso se expresaba allí. El rock, el jazz, el soul tienen esa raíz común.

¿Y por qué tus trabajos anteriores se concentraban en lo urbano?
No sé. Era lo que me rodeaba inmediatamente. Al principio no sabía qué pintar y empecé por copiar fotos de periódicos. Cuando pintas en abstracto, sin tener una idea, gastas un montón de pintura pero nos sabes adónde vas. Una foto me daba una estructura, así como hacen los jazzistas, que agarran una partitura y se la pasean. Pero después me fue ganando la anécdota de la foto. Sacaba imágenes de accidentes, carros, ómnibus, gente. Además, me gustaban los edificios de Lima, no de estilo colonial ni republicano temprano, sino esos edificios abandonados del centro, diseños cincuenteros, sesenteros. Eran como un carro clásico cargando cajas de fruta varada. Todo ese ambiente desgastado me atraía.

¿Era una visión del caos?
Más bien era rescatar de ese caos lo que puede ser duradero. El caos no me gusta sino como algo que puede ser mejorado, conservado.

Curioso, porque te suelen incluir entre los artistas que expresan la choledad de Lima, del Perú. Pero la choledad es caótica...
Pero eso no se opone. Lo ideal hubiera sido que toda la masa de migrantes tuviera una ciudad que los recibiera, que les dé vivienda, educación. El Perú los empujó a vivir acá: Si estás enfermo, si quieres estudiar, si necesitas hacer un trámite, tienes que venir a Lima, porque afuera estás veinte peldaños más abajo. Lima no estaba preparada y no le interesaba.

Tú has vivido en varios lados.
Viví en Chile de niño. Luego en Jesús María con mi viejo. Pasé tres años en Brasil y desde hace un tiempo, cuando nació mi hija, vine a Barranco.

Brasil es una sensación total.
Claro, está la música, la gente, el sol. Los olores son más fuertes, todo es más rápido. Viví en Río, que es una ciudad hecha para que sus habitantes la disfruten. Por muy desigual que sea como país y por más que haya gente que se muere de hambre, no es como acá, que te quitan hasta las playas. Allá la playa es un patrimonio. Hasta las veredas diseñadas por Burle Marx son un símbolo para la gente. Una ciudad hasta puede ser fea arquitectónicamente, pero si es democrática, si está volcada hacia la gente, puede ser 'mostra'.

¿Y por qué te regresaste?
Porque no me alcanzaba para vivir, solo para pagar la renta y comer. Era para echarme a la playa, pero no para pensar cosas a largo plazo. Si quería exponer, tenía que comprar materiales y mi visa era de estudiante, no podía trabajar. Me regresé, aunque en la práctica seguía viviendo como un extranjero.

¿El afán explorador es influencia de tu padre (el destacado sociólogo Aníbal Quijano)?
De él tengo la curiosidad de las cosas, tratar de ver qué hay detrás, no creer todo lo que dice la televisión y los periódicos, sino buscar por tu cuenta. Ahora, con la experiencia, mantengo esa curiosidad.

¿Le debes tu melomanía?
Bueno, en mi casa había música clásica, de otros lados. Cuando era chico no quería escuchar canciones infantiles. Escuchaba Los Monkeys. Hasta que un día llegó mi viejo con el Sargent Pepper's Lonely Hearts Club Band y fue a dar varios pasos más arriba. Mi viejo no estaba metido en el parlante, pero yo sí. Luego empecé a escuchar Led Zeppelin, Santana. Y uno se da cuenta de que todo tiene un origen común: escuchas a Jimi Hendrix y piensas que es algo recién inventado, pero en realidad es blues. Y lo mismo cuando escuchas salsa y vas llegando a la música cubana.

¿Cuál es el primer cuadro de música que hiciste?
Unas bandas que sacaba de una foto, pero con un tratamiento propio. Con el tiempo me di cuenta de que tenía varias cosas, dibujos, grabados. Siempre estuve haciéndolos, algunos por encargo, otros porque quería. Recuerdo un dibujo que iba a ser para un artículo sobre jazz peruano: mezclaba bandas de huaylarsh con cajón, quijada de burro, arpa andina y al medio un heladero D'Onofrio como un Miles Davis. Un pata se quedó el original.

¿Alguno es especial?
Todos. Puede resultar uno mejor que otro, pero al momento de hacerlos te concentras. Siempre pongo música y me conecto bien.

Tienes tus discos favoritos como todo melómano.
Claro. Hay uno que es una recopilación de John Golden, "My Favorite Things", que yo pensé que era de él y luego me di cuenta de que era la música de "La novicia rebelde". Una versión rarísima, excitante. Hay varias canciones de Chet Baker, un trompetista y cantante que no es una gran voz, pero te crea una atmósfera íntima. Y hay un disco de Gerry Mulligan con Astor Piazzola que es muy melancólico. Y así hay un montón. También me gusta Dylan, Led Zeppelin, Hendrix. Hago selecciones y le doy vuelta.

¿Música peruana?
Poco.

¿Y qué piensas cuando se te incluye en esto de la choledad?
Yo hice una exposición que se llamó "Lujo moderno", sobre una frase de Paul Gauguin cuando se fue a vivir a la Polinesia. Allá encontró toda esa vida lujosa, todavía no había llegado el progreso. Era como ir a la selva y encontrar una comunidad que no esté diezmada por las enfermedades, los caucheros o los madereros. La gente es bella. Yo le di vuelta al nombre original. Y puse gente que no aparece en los comerciales, una chica corriendo olas en un caballito de totora, por ejemplo. Era poner en perspectiva que todo eso es posible, pero habría que cambiar 180 grados.

Esa es una visión más optimista.
No más optimista, más exigente. Este podría ser un país de la pm, pero sabemos que no lo es. Y no es casualidad: alguien se hace rico porque otros se mueren de hambre.

Alguna vez me han comentado que tu pintura es dramática.
Bueno, pero la pintura no puede ser ligera. Ese no es mi negocio. Hay gente que la percibe más cargada. Seguramente lo es.

¿Has pensado qué música le pondrías a esos cuadros?
Me acostumbré a pensar que le puedo poner varios tipos y la combinación de imagen y sonido te puede producir sensaciones diferentes, complementarias o no.

¿Algo que revele tu ánimo?
No, porque no lo pondría.





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