Sábado, 31 de marzo de 2007
La historia fue su aventura


IN MEMÓRIAM. José Antonio del Busto, uno de los más grandes historiadores del país, falleció el lunes a los 74 años y ayer se cremaron sus restos en el Cementerio Británico. Con casi cinco décadas de maestro y más de cincuenta libros, fue un intelectual genial

Por Miguel Ángel Cárdenas M.

Haber sido alumno de José Antonio del Busto en la Universidad Católica era una experiencia de altamar. Generaciones enteras embarcaron sus vidas para siempre surcando sus clases, encallando y naufragando en sus exámenes (un 20 de nota era tan posible como sacarse las 20 mil leguas de viaje submarino de Verne).

Era uno de esos privilegios capitanes, de quien tenía delante a un descendiente homérico: alguien que intimidaba con su carácter de Aquiles --una vez hizo ingresar a un alumno hasta la primera fila para hacerlo retirar por la puerta de atrás, porque había osado llegar a las 8:11 de la mañana, un minuto después de su tolerancia--. No obstante, una vez cerrada esa temible puerta podía convertirse en el Odiseo épico y lírico que contaba la historia del Perú con un estilo de trovador naviero... y que hacía soñar con que esa atemorizante puerta no se abriera jamás.

Y se entiende por qué este erudito en el siglo XVI tenía olas y mareas en la sangre. La vocación navegadora de José Antonio del Busto era deslumbrante: había cruzado seis veces el Océano Atlántico, dos veces el Pacífico, había surcado el Índico por el estrecho de Bass y recorrido el Antártico, siguiendo la corriente de Humboldt. También había atravesado diez veces la línea ecuatorial y cuatro veces los trópicos de Cáncer y de Capricornio y luego el Triángulo de las Bermudas. Había recorrido la Polinesia, la Melanesia, Australia y Nueva Zelanda. Y en 1977 había navegado entero el Amazonas, desde Cabo Pantoja, remontando el río Negro hasta el puerto brasileño de Manaos; a remo y a la deriva. E hizo lo mismo en el lago Titicaca. José Antonio disfrutaba aventurarse por islas que no figuraban en el mapa y padecer los celajes o los espejismos del agua --análogos a los espejismos del desierto--, como la vez en que zarpó del Callao y llegó a Filipinas. Cuando pasó una temporada en la Antártida la resumió como "blanca, fría, solitaria y silenciosa".

El mar era una copia de su corazón: "Es que nací junto a él y viví en Barranco hasta los 18 años".

VOCACIÓN Y PASIÓN
En Barranco fue "un mataperro que perdió su espíritu travieso en aras de la seriedad académica". Tiene un libro de extraordinario estilo y prosa exquisita sobre los personajes de su barrio. Sin embargo, conversando con él confesaría que nunca había escrito ficción. "Pero siempre he disfrutado la literatura del siglo de oro español".

Era gran admirador del estilo de José de la Riva Agüero, "el hombre que mejor ha escrito el español en el Perú", y aficionado dilecto a los arcaísmos de las crónicas españolas: "Me impresionó la palabra cuajarón, que es un trozo de sangre sólido; y al mismo tiempo me encontré en la crónica de fray Diego de Córdova y Salinas la palabra goteroncillo, un diminutivo".

El interés voraz por el período de la Conquista le viene desde niño, cuando su madre le mostraba libros con las figuras de Pizarro y Atahualpa: "Yo era muy inapetente y mi madre se angustiaba porque pensaba que iba a crecer desnutrido, así que inventó el método del plato de arroz con frejoles. Esto es como Cajamarca, me decía, los arroces son los españoles y los frejoles son los indios. La batalla la ganaron los españoles, pero vamos a ver quién gana en el plato. Y así, unas veces ganaban los españoles, y otras, los indios". Dudó en ser abogado, "pero iba a ser malo y además pobre. Por otro lado, no es que iba a ser un buen historiador, pero sí iba a vivir a gusto así sea pobre".

Aquel "flaco fuerte" que adolescente toreó en Zalamea la Real, en España, y que también fue nadador y caminante, se hizo un robusto especialista también en genealogía y descubrió que el emperador Carlomagno era un ascendiente del Inca Garcilaso de la Vega y que el dictador Augusto Pinochet descendía del inca Pachacútec.

Se convirtió en el mayor especialista mundial en la figura de Francisco Pizarro. Su trabajo para el futuro fue su libro "Túpac Yupanqui, descubridor de Oceanía"; en el que aportó treinta pruebas contundentes de que el inca fue el primero en llegar a aquel continente y equiparó su figura con la de Cristóbal Colón. "Túpac Yupanqui es un conquistador al que se ha querido halagar llamándolo el Alejandro Magno del Nuevo Mundo. Pero cuando medí las distancias de las conquistas de Alejandro, Túpac Yupanqui ha conquistado mucho más".

Impresionantemente prolífico, nunca dejó de producir, hasta lo último publicó un libro sobre Santa Rosa de Lima. Ya había inquirido sobre el culto a San Martín de Porres hasta en la Antártida. (Para Salomón Lerner fue el mejor hagiógrafo nacional).

LAS GRANDES PREGUNTAS
Cuando fue estudiante, Del Busto se encontró con el debate entre hispanistas e indigenistas, "pero yo opté por la corriente peruanista, que me ha permitido hacer una historia unitaria y sin conflicto, yo no soy un atormentado al hacer historia ni atormento a mis lectores". Y se hizo un pertinaz defensor del mestizaje racial y cultural: "No creo en el mestizaje porque soy mestizo, sino porque el Perú es mestizo es que resulto mestizo yo". Del Busto tenía sangre blanca, india --de Ayabaca-- y negra --una sexta abuela de casta lucumé, del Níger--; por eso, escribió una "Breve historia de los negros en el Perú". "El día que nos digan cholo y nosotros reaccionemos como si nos llamaran hombre o peruano, habremos alcanzado el equilibrio". Ni superior ni inferior, sino distinta, es como él clasificaba a la gente. Y defendía el Perú como una realidad compuesta de patria, estado y nación. Del Busto estuvo de rehén una semana cuando se produjo la toma de la residencia del embajador japonés por el MRTA. Pero no les guardaba rencor: "Tenían sus convicciones, querían el Perú a su manera, discrepábamos, ellos me respetaban, yo los respetaba. Nada más".

Hablando sobre "las grandes preguntas", el doctor decía: "Sobre esas grandes incógnitas, cósmicas y universales, me quedo tranquilo, porque no soy la persona llamada a indagar. Por mucho que piense no voy a llegar a ninguna conclusión. De manera que tengo mi mundo organizado, que es simplista y creo en algunas cosas que son muy prácticas. Por ejemplo, para mí de todos los filósofos me quedo con Parménides de Elea, el que solo dijo: Lo que es, es y lo que no es, no es. Allí empieza y termina mi filosofía".

Siempre evadía las nostalgias: "No añoro nada, a pesar de que soy historiador no soy de evocaciones. He tratado de ser muy frío, incluso con los míos y lo mío". Pese a ese carácter vivía encontrándose con ex alumnos hasta en Nueva Zelanda, Sierra Leona, Japón, la Antártida. "También soy frío con ellos, aunque soy casado con una ex alumna mía". Eso decía, pero cuando entraba en confianza era capaz de dar consejos encriptados: "Ser profesor te convence de buscarte una mujer que no sea frívola, porque si te casas con una mujer así estás reventado, vas muerto". Y hasta ensayar alguna nostalgia: "Donde uno se ajusta la mano es con los hijos, porque sigues siendo profesor y a veces te falta ser padre". Y hasta allí llegaba.

La muerte lo tenía sin cuidado. Aunque ella quiso imponérsele hasta en tres veces: en 1977 estuvo a cincuenta metros de que su avión se estrellara. En 1988, casi perece presionado por los hielos en el mar de la Antártida. Y venció un cáncer anterior. Sobre el cáncer que lo había alejado de la enseñanza y ocasionó su fallecimiento decía: "Tuve un derrame pleural, me llenó un pulmón de agua, pero la lucho porque me da vergüenza no lucharla. Hay una terquedad ancestral que me viene de los Del Busto, todos murieron en olor de terquedad".

José Antonio del Busto nunca creyó en la suerte, solo en la causa y el efecto. Por eso, la causa fue su trabajo histórico. El efecto: la propia trascendencia histórica de su navegante trabajo histórico.

LA FRASE
"Su esposa, Teresa, el gran amor de su vida, fue de mi promoción. Ella se quedó impresionada como nosotros con este joven profesor"
SALOMÓN LERNER
EX PRESIDENTE DE LA COMISIÓN DE LA VERDAD Y RECONCILIACIÓN

"Él decía: 'El Perú es nuestra patria y la queremos como uno quiere a su madre, con sus arrugas y defectos de la edad'"
PADRE ARMANDO NIETO
TEÓLOGO E HISTORIADOR

"Era muy bromista aunque tenía una apariencia imponente"
MARGARITA GUERRA
INSTITUTO RIVA- AGÛERO

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