Un documental que despierta polémica
Por Martha Bátiz Zuk
Cuando una película hace que uno se ría de nuevo hasta las lágrimas varias horas después de haberla visto, algo bueno debe de tener. Es el caso de Borat: Cultural Learnings of America for Make Benefit Glorious Nation of Kazakhstan, protagonizada por el cómico británico Sacha Baron Cohen en el papel de Borat. Esta cinta pretende ser un documental realizado por un reportero de Kazakhstan que viaja a los Estados Unidos para aprender su modo "civilizado" de vida y llevar sus nuevos conocimientos a su país de origen. Borat es un personaje que se hizo famoso en la televisión, y que en Canadá hizo noticia precisamente porque durante una de sus filmaciones tuvo un altercado con la policía estadounidense y los funcionarios de la embajada de Kazakhstan, que no se sienten nada felices con el retrato que este personaje está haciendo de su país en el mundo.
Kazakhstan es una de las ex repúblicas soviéticas; tiene frontera con Rusia, China y los países centroasiáticos de Kyrgysztan, Uzbekistán y Turkmenistán, además de un litoral en el mar Caspio. Poco se sabe en Occidente sobre este país -exportador de diamantes y potasio, entre otras cosas-, y de esto se ha aprovechado Baron Cohen para hacer su agosto como Borat. Lo primero que tengo que decir, como advertencia sobre esta película, es que es perfecta para quienes no creemos en la corrección política y somos tolerantes con el humor 'pesado': es decir, quienes consideran que es impropio hacer chistes machistas o racistas, o no soportan ver a un hombre obeso desnudo corriendo por el pasillo de un hotel, no la van a disfrutar. Sin embargo, si uno se lo propone, puede ver una película realmente buena. ¿Por qué? Porque Borat hace algo similar a Michael Moore: una crítica de la cultura y la vida norteamericanas dejando que se muestren por sí mismas.
Borat llega a Nueva York con su amigo productor, un camarógrafo que nunca vemos y una gallina. En realidad el Kazakhstan que pinta podría ser cualquier pueblo tercermundista, a propósito incivilizado al límite hasta causar risa. El machismo es rampante. Todos se ríen o se burlan de las personas con "capacidades diferentes". Las casas se están cayendo y en cada una vive cualquier cantidad de gente. Obviamente, Estados Unidos es sorprendente para Borat, quien primero piensa quedarse solamente en Nueva York, pero al descubrir que el nuevo amor de su vida vive en California, decide atravesar el país para buscarla. Las escenas absurdas se suceden y uno pasa de la risa a la carcajada y al horror a medida que el viaje del personaje avanza.
Baron Cohen se hizo pasar por Borat en todos los lugares por donde pasó, y grabó con su cámara las reacciones de la gente, como cualquier documentalista. Es decir, esta película es una hora y media de algo así como "cámara escondida", llevada hasta sus últimas consecuencias. El protagonista tiene sus fobias: es antisemita, machista, y lo primero que pregunta cuando va a comprar un coche en Estados Unidos es si sirve para atropellar gitanos y a qué velocidad debe ir para asegurarse de matarlos a todos. Al manifestar sus fobias abiertamente, Borat invita a que los demás dejen ver sus prejuicios ocultos, y entonces lo mejor son las respuestas que obtiene de la gente, la franqueza con la que se despojan de la máscara de la corrección política y la civilidad. En una de las mejores escenas en un rodeo texano, el público aplaude a rabiar cuando Borat pide apoyo para las tropas en Irak, y luego cambia su discurso a que "Bush beba la sangre de todos los hombres, mujeres y niños iraquíes" -aplausos- y "en su desierto no pueda vivir ni una miserable lagartija en los próximos cincuenta años" -aplausos, con cara de confusión, pero aplausos igual-. Esta reacción, además de la que obtiene de un ranchero homofóbico, dan pavor. Y no están actuadas.
En su entrevista con un grupo de mujeres neoyorquinas de una prestigiosa asociación feminista, sus comentarios machistas le valieron que lo dejaran hablando solo. Los diarios locales y estadounidenses han hablado mucho de las reacciones de los participantes "involuntarios" de las bromas. Unos estudiantes que aparecen borrachísimos haciendo comentarios espeluznantes en contra de la mujer y a favor del regreso de la esclavitud, ya demandaron a la 20th Century Fox por, supuestamente, mostrar una cara equivocada de ellos y dañar su reputación. El pueblo rumano donde se grabaron las locaciones de lo que se dice es Kazakhstan contempla entablar una demanda también. La productora del noticiero donde Borat engañó al entrevistador e interrumpió el reporte del clima, perdió su empleo a partir de eso y está furiosa. Un grupo de apoyo a los gitanos alzó una protesta en su contra por presentar a Borat como un "ex cazador de gitanos", y por violar leyes contra la discriminación. Oficiales de Kazakhstan amenazan con demandarlo por difamación por la manera en que retrata al país y a su gente, aunque Baron Cohen se defiende diciendo que le parece inverosímil que haya gente que crea que existe en el mundo un país como el Kazakhstan que él pinta, donde los homosexuales tienen que usar un tipo de sombrero específico, a las mujeres las enjaulan a la menor provocación, y la bebida favorita de la gente es orina de cabra fermentada. En una entrevista que acaba de conceder a la Rolling Stone, se confiesa sorprendido ante el revuelo que ha causado su película (la inversión de 18 millones de dólares en producirla ha obtenido más de ciento veinte millones de ganancias en taquilla a quince días de su estreno). Otros, en cambio, han tomado la broma con calma. Todos los involucrados firmaron un acuerdo antes de ser filmados, y el alcance legal de sus demandas es menor.
La verdad es que Baron Cohen es egresado de la Universidad de Oxford y además es judío. Su intención al hacer comentarios antisemitas y extremadamente racistas como Borat es mostrar lo absurdos que son los prejuicios. A lo largo de la cinta, en su encuentro con una pareja judía encantadora, lo que sale a relucir es que la necedad de Borat y su sentimiento antisemita, tan arraigados, le impiden ver la generosidad de sus anfitriones, que sí es evidente para los espectadores. O sea, va el punto bueno para la pareja judía, y el punto malo para Borat: una muestra transparente de la fundamenta los prejuicios, que impiden apreciar la individualidad y la calidad humanas (no estaría mal que los norteamericanos, en medio de su islamofobia, aprendieran algo de esto).
El clímax se da cuando Borat aparece en una de estas iglesias cristianas donde los fanáticos protestantes se congregan a rezar cantando y colapsarse de la emoción -o del exorcismo-. Borat escucha el discurso enfebrecido -plagado de desprecio hacia los que no creen lo mismo que él- de un congresista estadounidense, que pertenece a esta iglesia, y también de un miembro de la Corte, que no son actuados. Está muy bien logrado el paralelismo entre las fobias y las necedades de Borat y las obsesiones de estos fanáticos: cada uno con sus peculiaridades, son igual de repulsivos. Los ciudadanos que salen mejor librados de su encuentro con Borat no son los que se jactan de sus buenas maneras o de su alta educación, sino en general la gente de las clases trabajadoras, especialmente los afroamericanos, que contradicen el esterotipo de agresión y peligrosidad que se maneja de ellos en los medios, y se muestran como seres abiertos y receptivos de los que Borat, no sé si en reciprocidad, no se burla con saña.
Ahora bien, cabe aclarar que la película no es una joya cinematográfica, ni digna de un Oscar ni nada por el estilo, pero tiene muchas escenas que hacen que duela el estómago de tanto reírse, y lo mejor viene al final, cuando Borat por fin cumple su sueño de declararse al estilo kazakhstan ante su amada (¿ya dije que su amada es Pamela Anderson? Imagínense). Esa escena por sí misma vale toda la película.
Hay que ir con la mente muy abierta, en sintonía medianamente adolescente, pero con los ojos bien abiertos para admirar la tolerancia de muchos incautos que con toda honestidad tratan de ayudar al extranjero extravagante que acaban de conocer, y también para detectar la manera en que otras personas comunes y corrientes que se topan con Borat resultan ser igual de nefastos, o peores, que él. Y en esta última instancia lo grave es que Borat es un personaje ficticio: los demás son ciudadanos norteamericanos.