Juan Carlos, 10 años, huantino
Es la primera vez que Juan Carlos trabaja en el cultivo de la hoja de coca. Hasta diciembre del año pasado vivió en Huanta, con su mamá Narcisa y su hermana Carla. A inicios de este año, el propietario de una chacra en Carmenpampa (San Francisco) los contrató para que deshojasen la coca. Desde entonces, Juan Carlos hace su mejor esfuerzo para acostumbrarse a la faena (de eso depende su matrícula escolar), pero no puede evitar que sus dedos se adormezcan. Cuando se acostumbre, sus manos serán duras como las de un adulto y las hojas de coca ya no le harán heridas. Narcisa dice que con lo que ahorren Juan Carlos y Carla podrán asumir los gastos de matrícula.
Los Óscar, 15 y 12 años, huancavelicanos
Los Óscar han trabajado en la chacra de sus papás toda su vida, pero un día, alertados por el trabajo remunerado en el valle cocalero de los ríos Apurímac y Ene, aceptaron la propuesta de un propietario de chacras en Sivia (Ayacucho) y abandonaron su natal Huancavelica para trabajar por tres soles diarios. Ellos deshojan, secan y embolsan las hojas.
El futuro incierto del valle
A fines del año pasado, medio gabinete presidencial recorrió el VRAE para conocer la realidad de la población de este valle formado por Ayacucho, Cusco y Junín. La visita gestó el plan VRAE con el que se busca mejorar la calidad de vida de su población. Sin embargo, no cuenta con un presupuesto extraordinario.