Viernes, 20 de abril de 2007
Cine: Viaje turístico por el dolor


Babel



Por Ricardo Bedoya

El año 2000, el mexicano Alejandro González Iñárritu hizo su mejor película, Amores perros. Narraba tres historias de violencia y muerte. La primera era notable; la segunda, interesante y claustrofóbica; la tercera, didáctica y subrayada. Era una cinta irregular, pero apasionante en su tratamiento directo, seco, visceral.

En sus dos películas siguientes, 21 gramos, y la reciente Babel, González Iñárritu convirtió la multiplicidad de tramas en sistema, en fórmula, en esquema, en recetario. Y, lo peor, sacrificó el costado áspero, la mirada rugosa, el estilo contundente. Lo cambió por el programa ilustrativo, el mensaje teledirigido, la gran metáfora del hombre que cae y ya no puede recuperar su estado de gracia original.

ARTE CON MAYÚSCULAS
Babel es una dilatada pirueta de guionista (escribe Guillermo Arriaga) dedicado a fabricar Arte Importante, así, con mayúsculas, a fuerza de apurar coincidencias, amarrar situaciones rebuscadas, encontrar puntos de intersección a dos o más caprichos narrativos, crear ganchos de conexión que ilustren una Idea superlativa: en esta inmensa torre de incomunicación que es el mundo -un verdadero valle de lágrimas-, todos estamos ligados por la desgracia inminente, por el dolor inevitable, por la imposibilidad de entendernos en cualquier lenguaje, incluido el no verbal, el de los signos de los sordomudos, o a través de
cualquier gesto, como el del exhibicionismo impúdico.

 
La bala de un rifle de caza disparada, con negligencia, por unos niños pastores en Marruecos, hiere a una turista norteamericana que ha dejado a sus hijos con una empleada mexicana de San Diego. Ella quiere ir a un matrimonio familiar en su tierra, llevando a los niños de modo ilegal a través de la frontera, mientras en Japón una chica sordomuda y urgida de sexo resulta hija del propietario original del arma.  El batir de las alas de una mariposa en un lado del mundo causa consecuencias inesperadas en el otro extremo del planeta, y la cámara está allí, en el lugar preciso, para mostrarnos el momento culminante, el ápice del cataclismo, el gran momento del fatalismo inevitable, acompañado de una música tonante, siempre patética, siempre dramática. La banda sonora que nos recuerda -como si hiciera falta- el sentido de la inmensa importancia con que Babel se mira a sí misma.

En este viaje turístico por el dolor humano globalizado, las desgracias llegan por decisiones equivocadas, por torpezas imperdonables, por descuidos increíbles, por la ignorancia de los más débiles. Felizmente que se olvidó de poner en el recetario la estupidez de los gobernantes del mundo y la rapacidad de los poderosos, fabricantes de no pocos cataclismos planetarios. De haberlos incluido, el diagnóstico de las causas de los males del mundo hubiera resultado tal vez más preciso, pero aún más ambicioso, dada la vocación de demiurgo del realizador. Aunque en ese caso, la cinta se hubiera cargado de tintes políticos antes que melodramáticos, y eso no le gusta a la Academia de Hollywood.


COSTURA DE ESTEREOTIPOS
Babel es una película formularia, una costura de estereotipos, hecha para propinarnos puntapiés emocionales a cada paso. Cate Blanchett y Brad Pitt son conmovedores desde el saque a causa de su trauma con el hijo muerto, lo que los protege de cualquier antipatía antiyanqui; la empleada mexicana se muestra, desde la primera escena, más amorosa con los niños "hueritos" que Sara García en un furibundo melodrama mexicano de los años cuarenta, lo que la protege de cualquier sospecha de segunda intención en sus actos; Gael García Bernal es tan afable, cariñoso y tolerante con los niños mexicanos y gringos en la fiesta con tacos, gallina decapitada y disparos -de color local teñido en el Canal de las Estrellas-, que resulta imposible pensar que su decisión de pasar borracho la frontera, sin papeles, y demás barbaridades que comete en su fuga, sea algo más que un impulso errado de supervivencia. Y así todos son insospechables de otra cosa que no sea un acto de negligencia que convoca el dolor del mundo. También hay "malos" por supuesto, pero de esos es mejor no hablar porque son caricaturas, como el obeso turista norteamericano que quiere partir dejando a Cate Blanchett en medio de  marroquíes a los que ve malencarados y con pinta de talibanes, o el policía que la emprende a patadas contra los campesinos porque los cree culpables. Es decir, si el dolor del mundo se produce por imprudencia, la maldad se reproduce por prejuicio. ¡Toda una filosofía!

 
Por cierto, el dolor "globetrotter" se resuelve bien para algunos -los niños norteamericanos son encontrados en el desierto mientras su madre se recupera- y mal para otros: uno de los niños marroquíes es baleado en una escena de patetismo incalificable y la "nana" mexicana regresa al lugar del que salió. El dolor es un recurso que se reparte por partes iguales,  pero su reparación no es equitativa: ¡otro mensaje de González Iñárritu!

 
Pero, a pesar de todo, Babel es mejor que Alto impacto (Crash), de Paul Haggis, a la que se asemeja en algunas cosas. Y es mejor porque González Iñárritu tiene más oficio, sabe filmar: aprovecha los espacios; usa la ampliación de16mm en las secuencias mexicanas para crear saturación del color y apiñamiento; define el foco, usa los campos abiertos  y enfría la imagen filmada en 35 mm en las montañas de Marruecos; aprovecha los espacios planos, sin profundidad de campo, de los interiores japoneses, para recorrerlos con su protagonista, ensimismada, buscando abrirse a otros, en la más sugestiva de las historias de la cinta, aunque la más desgajada del conjunto. Es mejor también porque aquí los actores destacan, sobre todo los niños marroquíes y Adriana Barraza. Pero sobre todo, porque Babel, aun siendo un sermón interminable y didáctico, carece de los momentos bochornosos de Alto impacto (Crash), que son casi todos.


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