Por Miguel Ángel Cárdenas M.
Teresa te reza. Te suplica que quisiera mantenerse como siempre: en su soledad anónima; que jamás le tomen fotos, que los investigadores, curadores y periodistas se ocupen de su hermano José: quien se volvió escultor, vive en Estados Unidos y a quien ayudó toda su vida para que se volviera famoso. No a ella, que a sus 60 años dice estar ya cansada para que la reconozcan como la rueda viviente de una prestigiosa tradición familiar.
Su humildad y su timidez pueden ser hirientes. Lo corroboró Estela Miranda, la historiadora del arte que la buscó en Chulucanas y, después de venidas y contravenidas, la encontró en una zona intemporal de Chaclacayo. "No quería hablar, se ponía de mal humor, solo quería continuar sola o con sus talleres silenciosos por las provincias", confiesa Estela. Pero María Teresa Yamunaqué Bermejo, la mujer que se crio en El Alto de la Paloma, cerca de una zona arqueológica de Vicús --una cultura que dejó atrayentes piezas de orfebrería y cerámica, que Teresa readaptó a la historia moderna--, se fue ablandando.
Una tarde, sonrió por un par de minutos. Al día siguiente ya se animaba a contar partes atractivas de su vida. La semana posterior consintió que la incluyeran en una exposición. Una mañana asintió a la solicitud de visita de un periodista.
SALIENDO DEL SILENCIO
Su padre fue el alfarero Severino Yamunaqué Pantaleón, nacido en Catacaos, en la localidad de Simbilá --que se caracteriza por sus sombreros de paja y su chicha--, y quien luego partió a Chulucanas buscando un presente mejor. Su abuelo fue el gran Baltasar Yamunaqué Sosa, quien contaba que aprendió sus técnicas de cerámica de sus padres, quienes a su vez "lo aprendieron de las huacas". "Lamentablemente sus otros nietos quemaron las cosas de mi abuelo, es una costumbre que hacen allá cuando mueren. Ellos no saben de arte, él tenía tejidos lindos". Su madre María Candelaria dejó la agricultura para ayudar a don Severino en sus diseños de alfarería. Pero en secreto, "porque era mujer". Fue María la primera en salir a cara limpia para traer arcilla al taller de su padre en lomo de burro. Y regresar, a cara sucia, por las burlas del pueblo.
"Nos gritaban los de la chacra que las mujeres teníamos que estar cocinando, lavando. Mi mamá decía que tenían razón, pero mi papá los corría gritándoles "ociosos". Él decía que las mujeres debían aprender a valerse por sí mismas o, si no, iban a sufrir. Tuvo una visión: decía que algún día las mujeres trabajarían, que con los años todo iba a cambiar y tuvo razón".
Sus primeros recuerdos son vagabundos. Ella veía a su padre preparar la arcilla mezclándola con agua en desmejoradas tinajas y la dejaba reposar dos días para una vez en su punto amasarla y estrecharla con las manos o con los pies como en vendimia. Para elaborar recipientes grandes, Severino se ayudaba de un trapo mojado, antes de ponerlos a la sombra por otro par de días. Para la decoración, y con la vasija todavía húmeda, empleaba una clase de sello ovalado llamado labradora, hecho con tierra cocida, que tenía a ambos lados dibujos incipientes.
Lo primero que le enseñó su padre a Teresa fue a hacer las asas y pegarlas; cuando hubo dominado la técnica aprendió el torneado y el paleteado --un 'sello de ánima' de la familia-- y el bruñido a piedra caliza. Ella trabajaba en la chacra de día y a las seis de la tarde trotaba al colegio, pero así solo pudo aguantar hasta cuarto de primaria.
Teresa muestra la técnica con concisa nostalgia: coge su paleta de algarrobo y una piedra demacrada del río. La paleta achata los bordes de una masa de arcilla y la piedra la sostiene y la tornea. Es el mismo procedimiento que aprendió a los 9 años. Es decir, "hace 50 años. Al principio me salían de lado, los bordes más gordos, no finitos como después".
Luego hace un chorizo con otra masa arcillosa y la coloca como sello en el cuello del cántaro que quiere hacer. "La terracota es distinta, ensucia más, tiene más grasa, pero obtiene más brillo". Y utiliza luego con rauda constancia una madera en forma de cuchillo para dejar todo parejo.
La imperiosa pobreza fue burlada por la muchacha cuando aprendió a hacer las multivendidas cholitas hilanderas. Pero a los 20 años tuvo que abandonar los juguetes para hacer cosas más funcionales y comerciales: cántaros, fuentes y jarrones. Sin embargo, en la historia de la artesanía peruana figurará que ella y su hermano, a los 15 años, fueron los primeros en hacer populares las representaciones de mates en cerámica, "de cuerpo natural y pintado de rojo o morado en la tapa y lo burilamos con incisiones de motivos florales". (El que era conocido y explotado hasta entonces era el mate burilado).
La inspiración espontánea para este acabado fue el abuelo Baltasar, que "conservaba el piqueo --cancha, pescado, comida-- en los mates".
CONSOLIDACIÓN DE UN ESTILO
Lo que Teresa llama el grafiado es el diseño a voluntad de estilo crochet. Ella recuerda haber conocido al pintor José Sabogal, quien estaba interesado en sus técnicas. Los hallazgos arqueológicos de la cultura Vicús, a comienzos de los años 60, con el redescubrimiento de la técnica del positivo-negativo, la influyeron sobremanera. En 1965 la religiosa norteamericana Gloria Joyce, admiradora del arte popular peruano, contactó a Teresa, le sugirió que hiciera "negativos con colores y no solo con negro" y la animó a participar en ferias como la de la Mujer Campesina en la Universidad Agraria de La Molina. Además Teresa, sin ego ni egoísmo, enseñó todo lo que sabía del humeado en horno a artesanos como Gerásimo Sosa y Max Inga.
Hasta que un mediodía se vino a Lima para ayudar a su hermano José, "el artista, el talentoso", y decidió quedarse. En 1983 pasó una larga temporada en Huaraz difundiendo el mate en cerámica. De vuelta a Lima, inició en 1986 las clases de cerámica en un taller de Barranco, al canto de un árbol. "Esto fue un remedio cuando hubo el terrorismo y los atentados en Miraflores. Bastantes señoras venían para quitarse el miedo haciendo vasijas de Chulucanas, allí se olvidaban de todo". Y comenzó a dar talleres en la selva. Cuando al hermano lo becaron en Italia, ella viajó por el Huallaga y por el pueblo de Chazuta en Tarapoto. "Descubrí un lugar metido, por Rioja, donde las mujeres trabajan y los hombres están en la casa".
Cuando cumplió 35 años tuvo a su único hijo con otro piurano que se dedicaba a las filigranas. El niño ahora tiene 24 años: "Lo recuerdo de chiquito, cuando fuimos a hacer talleres a Huaraz, tenía año y medio y ya cogía su paleta. Y fue captando bastante. A los 8 años ya sabía humear las piezas. Ahora él es el único que queda de la herencia familiar".
En 1996, Teresa se fue a vivir a Chaclacayo, a esconderse de quienes le decían artista popular, de quienes la invitaban a eventos en el extranjero o querían tomarle fotos para álbumes de historia de la artesanía. "Espero que después de esta entrevista ya no me busque nadie más, por favor".
La cerámica de Chulucanas