Por Gustavo Rodríguez, Publicista*
Hace unas semanas, mientras manejaba mi auto, escuché en la radio un anuncio parecido a: "Si en tu universidad estás aprendiendo más sobre nanotecnología que acerca de tu carrera, trasládate a nuestro instituto". Tal campaña parecía cumplir un objetivo totalmente claro y, por lo tanto, no merece ninguna crítica profesional. Lo que sí amerita una llamada de atención es lo que subyace tras ella con respecto a nuestro desarrollo nacional. Me refiero al desprecio tácito que en nuestro país se le tiene a las carreras tecnológicas. Puedo imaginar a un padre inflando el pecho al decir: "Mi hijo es un diplomático". A una chica decir con cierto orgullo romántico: "Mi novio es poeta". Pero tampoco me cuesta mucho imaginar a cualquier jovencito decir con burla: "Mi hermano es un 'nerd': es científico".
Viendo la lista de las carreras que más quieren estudiar nuestros jóvenes, pareciera que pensamos que, para desarrollarnos como país, bastaría con saber administrar bien nuestros recursos naturales, y no necesariamente con crearles un valor agregado. Lamentablemente, seguimos tomando por cierta aquella frase de Antonio Raimondi que el sabio jamás dijo en realidad, y que hemos vivido repitiendo y repitiendo hasta creerla como una verdad: que somos un mendigo sentado en un banco de oro. Creer esto de verdad es pensar que la gran oportunidad de nuestra nación descansa bajo las nalgas del mendigo, cuando en realidad, nuestra riqueza por explotar está en el cerebro que descansa sobre sus hombros.
Cuando pienso en esa tierra inhóspita que es Finlandia e imagino esos celulares Nokia que la mayoría de los lectores de este Diario llevan en los bolsos y bolsillos me da la rabia de pensar de que quizá tener tanta riqueza en un solo país, más que bendición, ha sido una maldición: nos distrajo en la tarea de explotarlos y no en la de exprimir nuestros cerebros para crearles un valor agregado en base a investigación y a desarrollo tecnológico. Suiza es un pequeño país de siete millones de habitantes que no tiene un recurso natural importante, pero sí una sociedad con cultura científica. Tal es la razón por la que tiene más exportaciones que Brasil, Argentina, Uruguay y Paraguay juntos, es decir, todo el Mercosur. Suiza, de la misma forma que esos países asiáticos que eran junglas hace solo cuarenta años, alienta la investigación científica, la innovación tecnológica y la ingeniería en todos sus aspectos, es decir, todos aquellos procesos creativos que son capaces de transformar una materia prima en una experiencia de vida. ¿Cuánto invierte nuestro país en investigación y desarrollo de tecnologías? Una cantidad ínfima, según el último informe de las Naciones Unidas sobre el desarrollo humano. Un pellizco de telaraña. Una pelusa al viento. Un ridículo 0,1% de nuestro PBI, al igual que lo hacen con el suyo Nicaragua, Ecuador y Trinidad y Tobago. Argentina y México nos cuadruplican en el índice: 0,4 % de su PBI. ¿Y Estados Unidos, que tiene un PBI enorme comparado con el nuestro? ¿Qué porcentaje de esa cantidad monstruosa es la que invierte en investigación y desarrollo? Pues un índice 26 veces mayor. Un 2,6 % que le otorga lo suficiente para ser una potencia tecnológica. Ya que nombré a Argentina hace unas líneas, quizá convenga decir que su caso es un emblema de lo que puede sucederle a los países que no invierten en tecnología. A principios del siglo XX, este país amigo era la décima economía mundial. Y hoy no se acerca a esa posición de ninguna manera. Poniendo a la historia bajo un microscopio, la lección es clara: es mejor ser un país nanotecnológico que un país enanotecnológico.