La otra cara de la frontera

HERIDAS NO CERRADAS III. En la guerra, las tropas ecuatorianas tenían la ventaja de estar en una zona más accesible que la peruana. Lo mismo sucede con el desminado. Los soldados peruanos no gozan aún de las comodidades necesarias para desarrollar un trabajo estresante como este

Por Ricardo León

Dicen los aguarunas que la shushupe, una culebra venenosa del monte, persigue a su potencial víctima humana hasta atraparla o hasta que se le arroje una prenda para que la muerda y con ello ganar tiempo y escapar. En el mundo militar la baja moral tiene un mecanismo de ataque similar. La moral resume el estado de ánimo de un militar. En un combate se puede perder un brazo o una pierna, nunca la moral. Si pierdes la moral, pierdes la guerra.

Los desminadores peruanos del puesto de Chiqueiza, en una zona inhóspita al norte de Amazonas, pelean con el calor, los mosquitos y la moral; su trabajo es buscar y desactivar minas, pero tienen otras cosas en que pensar. En resumen: que se solucione el pago atrasado de su estipendio, que el Ejército Peruano disponga de un helicóptero para poder trabajar, ser evacuados en caso de emergencia o trasladarse a sus casas en los días de descanso.

Recién entonces pueden ponerse a pensar en encontrar un pedazo de plástico y metal que estalla si lo pisan en un terreno habitado por insectos pequeños (arañas) o medianos (culebras como la shushupe). La baja moral es así, persigue a los soldados hasta que se escapan de ella distrayendo la mente con lo que sea, jugando fulbito, haciendo ejercicios, leyendo, viendo películas de guerra (aquí Schwarzenegger es ídolo y los espartanos de "300" también) o conversando con sus colegas ecuatorianos, cuyo puesto está a solo 15 minutos caminando. Allí conversan, comparten semejanzas y comparan diferencias. Por ejemplo, del lado ecuatoriano, que tiene fácil acceso por vía terrestre (a Chiqueiza se va por agua o por aire) y donde el trabajo de desminado tiene más de tres años, las comodidades son, digamos, envidiables. Una rápida visita lo confirma. El hecho de tener un acceso fácil les permite llevar lo necesario para acomodarse en medio del monte. Pero, además, es un tema de coordinaciones y de un presupuesto que permita trabajar con relativa tranquilidad.

Los trabajos de desminado humanitario se dejaron de lado al final del gobierno anterior. El Ejército, la cancillería y el Ministerio de Defensa insisten en que la atención está puesta en este tema. Los organismos internacionales que apoyan los trabajos (la OEA, en este caso) esperan que así sea. Esa es la intención. Sembrar una mina cuesta en promedio tres dólares; desminarla vale unos 800 dólares. Por eso el trabajo demora. Y en el Perú hay por ahora pocos desminadores. Y los que hay no están trabajando en óptimas condiciones. Y lo que es peor, con la baja moral rondando.