¿Cuál ha sido una de las más nefastas políticas que nuestros diferentes gobiernos han aplicado? ¡Abandonar las fronteras! Y las repercusiones negativas para el país y los miles de compatriotas que radican en esas zonas, donde la presencia del Estado es prácticamente nula, las conocemos de sobra.
Naciones vecinas nos dan lecciones todos los días sobre la importancia de sus fronteras, entendidas como territorios geopolíticos y estratégicos, o como polos de desarrollo donde la soberanía no solo se garantiza sino que se reafirma.
Basta ver lo que sucede en la frontera norte donde, como ha mostrado nuestro Diario, el Gobierno Ecuatoriano facilita las labores de desminado y resguardo de sus militares. Para cumplir esa tarea, sus tropas gozan de vivienda, servicios, comunicación y hasta de entretenimiento, que ya quisiéramos en el lado peruano.
En cambio, la realidad en nuestra frontera norte es vergonzosa. Los miembros del ilustre Ejército Peruano carecen de duchas, baños y hasta de sistemas de agua. Parecen exiliados dentro de su propio país que, en lugar de alentarlos en la abnegada y peligrosa labor que cumplen, no les proporciona condiciones de trabajo óptimas.
Si esto pasa con el Ejército, no hace falta mucha imaginación para suponer el grado de precariedad que afrontan otros rubros, como la educación, la salud, el transporte y las actividades comerciales y extractivas en todas las fronteras. Cuán lejos está el Estado Peruano de cumplir el precepto constitucional de establecer y ejecutar la política de fronteras y promover la integración, el desarrollo y la cohesión de las zonas fronterizas.
El gobierno aprista tiene hoy mayores oportunidades de revertir esta lamentable situación de desatención y desamparo. Así, además, podría reducir los sentimientos de exclusión que prevalecen en los peruanos que radican en las fronteras.