Por David Hidalgo Vega
Bajo los músculos tonificados de su cuerpo tiene que haber una estructura hecha de alguna clase de metal ardiente. Evelyne Binsack está sentada ahora en una tranquila banca de El Olivar de San Isidro, pero viene de pedalear su bicicleta desde Salt Lake City, en Estados Unidos, a través de las porciones de tierra que vienen hasta los Andes. En el camino se ha dado tiempo para trepar algunas montañas, como para no perder la costumbre de escaladora consumada. "En realidad me considero más alpinista que ciclista", dice a la manera de quien escoge una afición doméstica para pasar los domingos. En su caso esto de las preferencias adquiere proporciones monstruosas, porque su palmarés de nómada registra una subida al pico más elevado de los montes Himalaya y el paseo en dos ruedas de ahora, que no es sino una travesía solitaria hacia la Antártida.
Binsack tiene 39 años, es alta y sonríe con inusual frecuencia para alguien que pasa tanto tiempo sola. De hecho, su recorrido empezó en la puerta de su casa en Suiza, atravesó en bicicleta parte de Europa y se embarcó hacia un punto de América en la misma latitud, con la idea de bajar al frío del sur. "A veces me preguntan si no hubiera sido más conveniente tomar un vuelo hasta Chile para iniciar la expedición, pero eso es demasiado fácil, no tiene mayor mérito", comenta. Lo suyo está cerca de una afición por la desmesura: tiene incrustada la idea de poner los pies en los puntos extremos del Polo Norte y del Polo Sur del planeta.
PALABRAS DE FE
Durante una década fue guía de montaña en Suiza, ese país donde escalar hielos parece apenas otra forma de matar el aburrimiento. "Me encantan los Alpes, conocía cada camino, cada lugar para acampar", recuerda. Tiene una licencia que acredita su habilidad para los retos extremos de las alturas. También es instructora de ski y piloto de helicópteros. Pudo ser suficiente, pero un día se enteró de que ninguna mujer de su país había llegado a la cima del monte Everest y nadie pudo quitarle la idea de que el puesto la estaba esperando.
El 23 de mayo del 2001 pudo clavar sus botas en las nieves del lado norte de esa cima. Era el lugar que había escogido para celebrar sus 34 años. "Hubiera preferido hacer esa ruta hasta los Himalaya a la manera de los antiguos, en tren y a caballo, pero de todos modos fue estupendo", dice Binsack. Cuando regresó a su país ya era una celebridad. Una encuesta la ubicó como la cuarta persona más popular de Suiza, en una lista que incluía a políticos, músicos y estrellas de cine.
Pero sobre todo la hazaña le permitió ingresar a esa comunidad de intranquilos que a fuerza de retarse a sí mismos ahora son predicadores del positivismo. "Empecé a dar conferencias sobre motivación, la manera como uno puede trazarse una meta y cumplirla", refiere. Parece el destino de los que rompen fronteras: está el caso de Peter Hillary, uno de los exploradores y conferencistas más famosos del mundo, hijo de Edmund Hillary, el primer hombre que se paró en la cima del Everest; o Gary Guller, el primer hombre que subió al mismo pico con un solo brazo (el otro se lo amputaron) y sin guía; o Sue y Phill Ershler, la primera pareja que completó la escalada del pico más alto en cada uno de los siete continentes.
Todos figuran en la página web Everestshistory.com, que cuenta las hazañas de los mejores montañistas del mundo. Allí se refieren a Evelyne Binsack como "una mujer para observar en los próximos años". De modo que sus pasos desde entonces tienen el aura de una reputación que se va construyendo sobre los límites de la resistencia. "La gente se sorprende de estas cosas, pero para mí es algo normal, natural". Es otra manera de decir que nada parece suficiente.
VIAJE AL SUR
La aventura de ahora empieza por los ojos: "Quería saber qué paisajes hay entre Suiza y Punta Arenas, Chile, donde empezará mi expedición al Polo Sur", explica. Su punto de partida, en Estados Unidos, está en una zona de grandes parques nacionales cuyos paisajes la hipnotizaron. Luego pasó a México, donde la experiencia no fue tan placentera. "Me habían dicho que tuviera cuidado, pero no estaba preparada para el machismo".
Evelyne Binsack, una mujer acostumbrada a superar abismos y acantilados, sintió el impacto de las distancias culturales. "En mi país es natural que una mujer hable con desconocidos, con todo respeto, pero allá se interpretaba mal. Y pensaban que por ser europea tenía una mentalidad abierta a ciertas cosas, pero yo no soy así", recuerda. Ya en su país había corrido el riesgo de las carreteras, pero en el comienzo de su ruta latinoamericana se sintió más insegura que nunca. Entonces recordó un detalle que ha quedado como parte de sus charlas motivadoras. Un día, en los primeros kilómetros de la carretera suiza, sintió que el paso de camiones a grandes velocidades doblegaba las flores del camino. Sin embargo, a los pocos segundos los tallos se enderezaban y el paisaje volvía a la normalidad. Binsack tomó ese detalle como una lección de que hasta las plantas más delicadas se recuperan de los golpes que reciben.
Ella pudo superar las malas experiencias con dos consuelos: la escalada hasta las alturas del volcán Iztaccíhuatl, a 5.286 metros, y la visita de su novio, también piloto de helicópteros, quien tomó una semana de vacaciones para acompañarla en coche mientras ella pedaleaba por la carretera. "Eso fue importante, porque a veces me quebraba. Pasó que --como era de esperarse-- en el camino me topé con gente amable y gente que no lo era para nada. Por eso digo que México fue la parte más dura de este viaje. Lo demás ha sido mucho más sencillo", comenta.
El trayecto por Centroamérica tuvo un aliciente: un antiguo compañero de alpinismo, el primer hombre de esa región que escaló el Everest, a quien Binsack había ayudado cinco años antes durante un contratiempo, leyó en Internet de su aventura y le ofreció ayuda cuando pasara por su país. El apoyo fue mayor, porque gracias a ese amigo Binsack tuvo protección policial mientras atravesaba las pistas de El Salvador, Honduras y Nicaragua. "Las cosas siempre se dan por algo: justamente esta travesía tiene también por meta ayudar a una aldea que recoge a niños de la calle en Nicaragua, el país más pobre de esa región".
Tramo final
El paso a Sudamérica le ha traído mejores experiencias. Para empezar, ha escalado más. Solo en Ecuador ha subido a los volcanes Cotopaxi y Chimborazo. Y al llegar al Perú, no pudo resistir la tentación de dejar la bicicleta para subir por su cuenta a la Cordillera Blanca. Lo hizo sin guías locales, porque Binsack considera que muchos no tienen la preparación adecuada. Alguna experiencia que no quiere contar debió llegar a sus oídos. Siempre consulta la guía de Lonely Planet. Allí están las características de las montañas, el grado de dificultad que presentan. Con eso pudo manejarse. "Puedo decir que la Cordillera Blanca tiene las montañas más preciosas que he escalado, junto con las del Himalaya", comenta.
Faltan pocas horas para que retome el camino y Binsack da unas vueltas de costumbre por El Olivar, en una bicicleta que a esta hora ya está cargada con sus veinte kilos de equipaje. Lleva sus cosas bien distribuidas en pequeños estuches rojos a ambos lados de las llantas y los asientos, para ganar equilibrio. Las marcas en la armazón dan cuenta de las batallas que ha librado en esta travesía exagerada. "Quisiera ver las líneas de Nasca y luego tomaré la ruta hacia Puno, para conocer el lago Titicaca. Me han dicho que es hermoso", comenta. Sus mapas la llevan a Bolivia y luego a Chile, donde empezará a entrenar su espalda para jalar el trineo sobre los hielos del continente blanco. Habla de esos cambios como si se tratara de ajustar una fina y poderosa máquina. La misma que la ha llevado a sus límites, solo para darse cuenta de que siempre buscará más.