Uno de los escultores más celebrados de la actualidad. Tony Cragg es un nombre fundamental en la escultura contemporánea. Su trabajo, que es una notable reflexión sobre la materia y su diálogo con el hombre y el mundo, se puede ver en el Museo de Arte de Lima hasta mediados de junio.
Por Diego Otero
Nacido en Liverpool, Inglaterra, en 1949, Tony Cragg se pasó los primeros años de su juventud en un laboratorio de química, apuntando los resultados de los experimentos que los científicos, a su alrededor, realizaban. Era 1968 y afuera, en la calle, explotaban las luces psicodélicas de una Europa ansiosa de nuevos caminos. Cragg, entretanto, mataba las largas tardes de trabajo dibujando. Sin segundas intenciones. Pero un buen día alguien le dijo que sus dibujos no estaban mal, y que si tanto le aburría el laboratorio, debía probar con la escuela de arte. Desde entonces, su carrera de escultor no ha dejado de sorprender a la crítica. Al principio con la asimilación desprejuiciada del arte povera y el minimalismo -Cragg elaboraba instalaciones escultóricas a partir de una personal noción de reciclaje y contextualización- y luego con una abierta aproximación a los materiales escultóricos como vehículos de conocimiento y experiencia.
Conversamos con él mientras desembalaba las grandes esculturas que se exhiben desde el pasado viernes en el Mali.
Su trabajo, a pesar de todos los cambios que ha experimentado, sigue siendo en algún sentido una reivindicación de lo material como generador de sentidos. Por qué esa constancia.
-Hacer esculturas es una actividad inusual. Los seres humanos recurrimos a algo que podríamos llamar una estrategia existencial para transformar el material: ocupamos ropas, sillas, habitaciones, edificios, calles, ciudades. Y todas esas cosas son como una enorme extensión de nosotros, en los materiales. Pero en todos los casos se trata de un uso utilitario del material. Y un uso utilitario significa también un vínculo económico. Lo utilitario es un sensor que limita las posibilidades de la forma alrededor de nosotros. Entonces, a partir de todo esto, yo veo en la escultura una oportunidad muy particular para tomar el material y hacer cosas que nadie más está interesado en hacer. Y que nadie más hará. Veo a la escultura como un modo de pensar junto con el material.
Usted tiene más de 30 años de carrera, y el mundo en estos 30 años se ha movido muy rápido. A su modo de ver, ¿algo ha cambiado sustancialmente en el arte?
-Ha habido cambios asombrosos en el arte desde que yo empecé. En los sesenta, y a inicios de los setenta, había muy poca gente interesada en lo que se hacía entonces. Incluso en Londres, por ejemplo, solo dos o tres galerías exhibían arte contemporáneo. La historia del arte contemporáneo, en ese sentido, ha sido un éxito enorme. Ahora en Japón hay 15 museos dedicados al arte contemporáneo; en Perú se hace arte contemporáneo; en todas partes. Es muy estimulante, en un nivel. Pero creo que lo problemático, o por lo menos lo que evidencia el cambio de parámetros, es que cuando yo fui a estudiar arte mi padre se puso furioso. Era una cosa inútil y loca hacerlo. Ahora, por lo menos en Europa, el asunto es diferente porque el arte es una opción de carrera: hay un mercado. Para muchos artistas jóvenes, el asunto se convierte en un juego de estrategias. Miran el trabajo artístico como un territorio que debe ser conquistado. Y necesitan establecer una posición. De modo que miran en qué lugar pueden poner una marca, una bandera.
¿Un arte sin voluntad de decir cosas?
-Así es, por eso muchos de los trabajos son sobre arte, como una especie de reiteración vacía. Y el público en los distintos rincones del planeta no se está dando cuenta de que todo el mundo hace lo mismo. Tenemos una suerte de academicismo global contemporáneo. Lo cual tampoco importa, al final, porque siempre habrá unos pocos que hacen cosas interesantes. El problema es que un artista debe tener un tema: debe estar interesado en algo, debe buscar ese algo: sea botánica, funcionamiento cerebral, sociedad, o lo que sea.
Por otro lado, diera la impresión de que la escultura no es uno de los espacios más transitados del arte contemporáneo. Cómo ubica usted su obra frente a esta situación.
-Yo soy un materialista radical. Creo que nuestra inteligencia y nuestras emociones son fenómenos de lo material. Y en tanto somos materia, y materia muy desarrollada, tenemos una responsabilidad con el resto de la materia del mundo. El asunto es que estamos cambiando mucho alrededor del planeta en términos materiales. Y se sigue diciendo que la madre naturaleza limpiará esto o que Dios nos salvará de aquello; que alguna instancia superior nos castigará por no hacer lo correcto; pero nadie hace lo correcto por las razones justificadas en la materia. No hay sentido en tratar de resolver las cosas en términos de creencias, en cambio sí se puede intentar resolverlas en términos materiales. Y lo material puede ser el agua, el petróleo, pero también cosas más elementales: nuestra relación con el planeta, por ejemplo. Todo eso le concierne a la materia. Y la escultura es un arte que invierte una enorme cantidad de concentración y emociones en la materia.