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Erasmo en el Perú

Un texto de Aurelio Miró Quesada Sosa

Aurelio Miró Quesada Sosa siempre hizo gala de una profunda erudición, desplegada en los numeros estudios y artículos que publicó, algunos de ellos en las páginas de El Dominical. Es el caso, precisamente, de "Erasmo en el Perú", aparecido en este suplemento el año 1981 y que hoy ofrecemos en memoria de su notable trabajo intelectual. Este artículo forma parte del volumen IX de sus Obras completas, que El Comercio presentará el próximo martes 15.

Hace ya más de cuarenta años, en un discurso pronunciado por José de la Riva-Agüero en Madrid en 1939 (recogido en sus Obras completas, t. II, pág. 594), el ilustre maestro reveló que tenía en su archivo familiar un documento en que constaba que en la almoneda de bienes del Obispo Vicente de Valverde se habían vendido, entre otros libros, comedias latinas y tratados de Erasmo. La noticia no había sido recogida, hasta que en un artículo reciente en "El Comercio" el joven investigador Teodoro Hampe ha comentado el manuscrito que existe en el archivo del Instituto Riva-Agüero. Allí se confirman los datos mencionados. El 19 de febrero de 1542 se remataron en la Plaza de Lima 178 libros del vituperado y culto Obispo. Entre ellos se hallaban efectivamente, junto a comedias de Terencio y el Arte retórica de Antonio de Nebrija, un libro en romance castellano de Erasmo, que adquirió el Padre Henao y una Inquisición (sic) de Erasmo, que se vendió a Alonso de Requejo por dos pesos y tres tomines.

Por cierto que hay que corregir una errata. No hay ninguna Inquisición del insigne Erasmo de Rotterdam. Se trata nada menos que el Enchiridion, o Enquiridion o Manual del Caballero cristiano, obra fundamental del humanismo renacentista, publicada en latín en 1503 y traducida por primera vez al español en 1526 por el Arcediano Alonso Fernández de Madrid.

El Enchiridion resume toda la filosofía y el pensamiento vivo de Erasmo de Rotterdam. Es un Manual profundo de cristianismo interior, de apreciación de las esencias con desdén y denuncia de los aspectos formales o accesorios. En sus ocho capítulos y sus 22 reglas se halla todo el espíritu, al mismo tiempo sereno y combativo, comprensivo y audaz, de un pensador que busca directamente a Cristo. "Monachatus non est pietas", dice Erasmo; o sea, en forma popular, el hábito no hace al monje; las ceremonias y las exterioridades no se pueden tomar por lo interior. Erasmo, teólogo, maestro, filólogo, propone un humanismo cristiano, una renovación de la vida espiritual, con eliminación de lo superfluo, rechazo del fariseísmo, de la vanidad de la escolástica, de la venta de bulas e indulgencias, del apego supersticioso a las reliquias, e insta a la tolerancia, a la paz entre Príncipes cristianos y, como insigne intelectual, a la lectura directa y a la interpretación auténtica y cabal de los Evangelios.

Pocos autores han tenido la resonancia y la influencia en el mundo occidental que tuvo Erasmo. Sus obras en latín se traducían a casi todos los idiomas europeos; se carteaba o tenía relación personal con Papas, Reyes, consejeros políticos, humanistas: Adriano VI, Julio II, Paulo III, Carlos V, Enrique VIII, Francisco I, Tomás Moro, Budé. Esa espléndida generación intelectual llegó por varios años a identificarse entre sí y a vibrar con fervor erasmista.

Pero esa misma magnífica afirmación de libertad intelectual llegó a perderlo. Después del éxito brillante, vino su hora de condenación. Erasmo, o la razón pura, fue denostado por unos y por otros, dentro de la tormenta espiritual que vivió Europa a principios del siglo XVI. Sobre todo, desde el punto de vista religioso, los protestantes, que lo habían considerado en cierto modo un precursor, le reprocharon no romper con el Papa, acatar a la Iglesia de Roma y enfrentarse a Lutero en su Diatriba sobre el libre albedrío. Los católicos ortodoxos, a su vez, lo consideraron como un aliado de Satán, un emboscado sinuoso de la Reforma que, como en una frase sarcástica, "había puesto el huevo para que Lutero lo empollara"; y empezaron por condenar sus tratados devotos, hasta que veinte años después de su muerte el Índice de 1559 prohibió su obra total por herética.

Dentro de la extraordinaria vastedad de su pensamiento, Erasmo no llegó a preocuparse por América. Sólo al pasar, como observa Bataillon, puede decirse que se refiere al Nuevo Mundo en el Eclesiastés, cuando junto a las citas de Asia Menor y de África menciona "los países hasta ahora desconocidos que se descubren cada día". O cuando, en un rasgo de ironía, escribe en una de sus cartas que en Europa se cree que España tiene países lejanos donde todo el suelo es de oro puro.

En cambio, América recibió el influjo, primero directo y después indirecto y soterrado del erasmismo. El admirado Marcel Bataillon, en su magistral estudio sobre Erasmo y España, ha revelado pormenorizadamente hasta qué punto el pensamiento erasmista se extendió entre las mejores cabezas españolas y cómo el ilustre Cardenal Cisneros quiso llevarlo a España; cómo compuso para Carlos V la Institución del Príncipe Cristiano y la Querela Pacis, querellas o quejas de la paz y cómo circuló la savia erasmista en Alonso y Juan de Valdés, en la Universidad de Alcalá, en Luis Vives, en Pero Mexía. Hasta sus últimos reflejos en Fray Luis de León y aun en Cervantes.

El Nuevo Mundo era tierra abonada para ello, no sólo como prolongación de las letras de España, sino porque se prestaba para hacer realidad el cristianismo renovado, la libertad de examen, la reforma de las costumbres que se desprendían de las obras de Erasmo. En 1536, el mismo año de la muerte de Erasmo, el novelesco Diego Méndez -como ha precisado José Almoina- otorgó testamento en Valladolid y dejó a sus hijos, que quedaban en Santo Domingo, diez libros comprados en España para completar la biblioteca que tenía en su hogar americano; entre ellos cinco de Erasmo. Pedro Henríquez Ureña ha recordado al erasmista Lorenzo Bejarano que, también en Santo Domingo, en su rechazo a las autoridades eclesiásticas decía que para entender la Sagrada Escritura "no se curen de ver doctores, sino que lean el texto". José Torre Revello ha probado que entre los libros que dejó el Adelantado Pedro de Mendoza, primer fundador de Buenos Aires, había obras de Erasmo; y Francisco Fernández del Castillo y Julio Jiménez Rueda en México y José Toribio Medina en Chile han encontrado ejemplos semejantes en la primera mitad del siglo XVI. De mayor significación es lo que ha demostrado Bataillon: que en su Doctrina Breve, de 1544, el ilustre Obispo de México Fray Juan de Zumárraga, sin mencionar a Erasmo, cita casi literalmente párrafos del Enchiridion y de la Paraclesis del humanista de Rotterdam.

No estaba así solo en sus lecturas el Obispo Valverde. Lo que asombra es que, a sólo pocos años de ganada la tierra, entre ciudades incipientes y contiendas civiles, los libros de Erasmo circularan por ríos y montañas y boscajes de América. No eran, pues, tan analfabetos los primeros pobladores españoles del Nuevo Mundo.

Pero cuando se condenaron las proposiciones consideradas heréticas de Erasmo y sobre todo después del Index romano de 1559 y el del Inquisidor General Valdés en España del mismo año, ya no llegaron más libros erasmianos a América y los que aquí estaban quedaron ocultos. Hasta 1583 se salvaron a lo más de esa condena obras menores como los Adagios, por encontrarlos de sabor popular y de gracia; e Inrving A. Leonard, en su Books of the Brave ha podido registrar, extrañamente, en los inventarios libros de Erasmo enviados de Sevilla a México en 1576 y en 1600, a pesar de la presión antirreformista. La Inquisición, sin embargo, estaba atenta y era muy grave riesgo tener al antes alabado y ahora vituperado Erasmo en los estantes. En el caso del Perú, por ejemplo, Ricardo Palma ha citado el auto de fe realizado en Lima el 13 de abril de 1578 contra Mateo de Enters, flamenco, quien entre sus libros vedados tenía el Enquiridion de Erasmo en romance. (Según Guillermo Lohmann la relación del auto se halla en la Real Academia de la Historia, Madrid, Col. Salazar, F-18, fol. 127).

Desde entonces, las huellas de Erasmo en el Perú no sólo disminuyen sino parece que se pierden. Únicamente se salvan algunos de sus Adagios, seleccionados por inofensivos y entreverados con los de otros autores, antiguos o modernos. Recordemos, para terminar, que en su Declaración de las reglas que pertenecen a la Sintaxis, dedicada al ex-Virrey Marqués de Montesclaros (Madrid, 1622), el limeño Francisco de Reyna Maldonado anunció entre otras obras, en el prólogo, "un tratado muy curioso de sentencias y adagios sacados de dichos de Terencio, de Erasmo y otros graves autores".

Publicado en el suplemento Dominical de El Comercio. Lima, 15 de febrero de 1981.