Personaje y Testigo del siglo XX

Aurelio Miró Quesada Sosa: En el centenario de su nacimiento

Por Héctor López Martínez

El martes 15 del presente don Aurelio Miró Quesada Sosa hubiera cumplido cien años de vida. Poseedor de una inmensa capacidad académica que abarcó los predios de la literatura y de la historia, ejerció también, por vocación y tradición familiar, el periodismo. Si a esto añadimos su disposición de maestro universitario, que desempeñó en San Marcos a lo largo de muchos años y donde llegó a ser Decano de la Facultad de Letras y, posteriormente, Rector, tenemos que llegar a la conclusión de que su larga y fecunda vida, que se apagó en 1998, ha dejado huella profunda en la cultura nacional que lo recordará siempre por sus libros, sus centenares de artículos, mayoritariamente publicados en El Comercio, diario familiar del cual fue ilustre director, desde donde dictó también cátedra de sabiduría, ecuanimidad, profundo sentido de responsabilidad periodística y un liderazgo desprovisto de actitudes o gestos altisonantes, que era inherente a su persona. Quienes le conocimos cercanamente sabíamos que junto a sus maneras suaves, corteses, inmunes al exabrupto, había una inquebrantable firmeza dentro de un espíritu de equidad y justicia que le permitió tener a lo largo de los años, en todos los ambientes donde actuó o frecuentó, un prestigio sin eclipses.

Se habla como se escribe
Recuerdo claramente la primera vez que vi y escuché a don Aurelio. Fue el año 1954, en el Instituto Riva-Agüero, donde por espacio de algo más de una hora nos deleitó con una interesantísima conferencia sobre el mestizaje. Por entonces yo pertenecía al Seminario de Historia del IRA y había leído Costa, Sierra y Montaña y las primeras ediciones de Lima y El Inca Garcilaso de la Vega. Desde 1963, gracias a la buena amistad de Paco Miró Quesada, director alterno de El Dominical y de El Comercio Gráfico, con su primo Luis "Cartucho" Miró Quesada, inicié mi colaboración en el decano de la prensa nacional. Posteriormente ingresé a la Página Editorial de El Comercio y entonces llevé mis trabajos para el visto bueno - aunque por corto tiempo - a don Luis, y luego ya, diariamente, hasta la confiscación en 1974, la consulta la hacía con el director de guardia, el doctor Aurelio o el doctor Alejandro.

La elegancia idiomática que caracterizó la prosa de don Aurelio era, al mismo tiempo, de gran claridad, de un sello inconfundible por la diafanidad del concepto y la riqueza de la frase, siempre exacta y pulcra. Cuando he releído los nueve volúmenes que forman sus Obras Completas me asombró comprobar que el estilo de sus libros juveniles casi no difiere de los que escribió en su madurez. No cabe duda que fue un caso muy especial de precocidad en ese campo en donde algunos suelen evolucionar, para bien, y otros sucumben a la tentación, siempre pasajera, de las modas literarias.

En su oficina del primer piso del diario decano, en el escritorio que perteneció a su padre, entre sus muebles estilo Segundo Imperio, don Aurelio leía detenidamente un editorial o un artículo, con su bolígrafo Cross en la mano, para, cambiando de lugar una coma, hacer más preciso el texto; o, añadiendo o suprimiendo palabras, redondear una idea, iluminarla o darle mayor o menor fuerza. Don Aurelio era, entre muchísimas otras cosas, un incomparable corrector de originales, producto de un inmenso conocimiento del idioma castellano y de su mesura y ponderación para tratar todos los temas huyendo de los giros que pudieran tener una carga de mal gusto o ser agraviantes.

En la Isla del Gallo y en El Comercio
En marzo de 1965, el presidente de la República, arquitecto Fernando Belaunde, tuvo la feliz iniciativa de enviar una delegación integrada por el embajador Carlos Vásquez Ayllón, el doctor Aurelio Miró Quesada Sosa y quien escribe estas líneas a la Isla del Gallo, con el propósito de rendir homenaje a Francisco Pizarro y los "Trece de la Fama" en un lugar decisivo para la historia del Perú. Viajamos por avión a Panamá y allí abordamos el buque-escuela BAP "Independencia" que regresaba de un largo crucero de verano que lo había llevado a puertos europeos y a Israel. Iba también con nosotros el embajador de España en el Perú, el recordado Ángel San Briz. Cerca de la histórica isla, a bordo del destructor colombiano "Antioquia", esperaba el general Julio Londoño, presidente de la Academia Colombiana de la Historia. Don Aurelio presidía la nuestra. La ceremonia se cumplió venciendo muchas dificultades generadas por un clima durísimo, donde no cesaba de llover. A lo largo de los días de navegación, regresando al Callao, tuve oportunidad de conversar muchas horas con don Aurelio, que mezclaba erudición con amenidad en adecuadas y atractivas dosis. En 1970 don Aurelio tuvo la amabilidad de redactar un generoso prólogo a mi primer libro. Años después apoyaría mi ingreso como Miembro de Número de la Academia Nacional de la Historia y se hizo más estrecha y cordial la relación con mi jefe y amigo cuando por especial encargo suyo escribí el libro Los 150 años de El Comercio.

Mientras duró la confiscación de El Comercio, don Aurelio publicó Tiempo de leer y tiempo de escribir y Nuevos Temas Peruanos, el libro que cierra sus Obras Completas y que será presentado el martes 15. En esa triste etapa don Aurelio dio cumplida muestra de su dignidad y señorío que no doblegaron la adversidad y la ingratitud de algunos espíritus subalternos, por suerte pocos. Recuerdo que en 1979, con motivo del centenario de la guerra con Chile, don Aurelio dictó una notable conferencia en el Centro de Estudios Histórico-Militares titulada "El Comercio en la guerra del Pacífico". Un grupo de amigos le acompañamos y estalló una gran ovación cuando al concluir la lectura del texto dijo con inocultable emoción: "Y en cuanto a mí respecta, que si se me ha arrancado una vez de El Comercio por la fuerza, nadie podrá arrancar El Comercio de mis pensamientos y de mi vida". Un año más tarde, el 28 de julio de 1980, los medios de comunicación volvieron a sus dueños. Había retornado la democracia y, con ella, su pilar fundamental: la libertad de prensa.

Me parece ver cada vez que paseo la mirada por el hall de El Comercio -y así lo recordaré siempre - la figura menuda y enhiesta de don Aurelio, sus ojos claros y vivaces que cuando se tocaban algunos temas se cargaban de tristeza, sus finas manos de sosegado movimiento, la voz serena y cordial, el ademán discreto y señorial, la conversación siempre interesante, aleccionadora y a veces jovial. Su memoria era prodigiosa y su erudición vastísima, sobre todo en temas de literatura e historia. Él veía las cosas con larga visión, no con breve pasión. Era estrictamente responsable y puntual cumplidor de sus múltiples obligaciones como director de El Comercio y, desde la década del sesenta del siglo pasado, como director de la Academia Peruana de la Lengua y presidente de la Academia Nacional de la Historia, don Aurelio dejó ejemplo de esa y muchas otras virtudes que signaron su existencia.

 

Añoranza y homenaje
Al día siguiente de su partida sin retorno escribí estas palabras en las que me reafirmo al conmemorarse el centenario del nacimiento de quien fuera ilustre director del decano de la prensa nacional: "Los que tuvimos el privilegio de disfrutar de la amistad del doctor Aurelio, tenemos la certeza que él encarnó por excelencia la noble tradición de una familia que desde hace más de una centuria sabe que El Comercio es muchísimo más que una empresa mercantil. Al respecto solía repetir: 'No todas las cosas tienen sentido contable ni rentable', aludiendo a las obligaciones del diario decano con sus lectores, como institución nacional. La personalidad de Aurelio Miró Quesada Sosa lució con múltiples destellos: como periodista, como maestro universitario, historiador y fecundísimo escritor que ha dejado una ingente obra impregnada de peruanidad. Ahora ya no lo tenemos junto a nosotros. Quienes le profesamos afecto y admiración permanentes no lo olvidaremos nunca. Recordaremos siempre al hombre de una sola pieza, firme y lúcido en sus convicciones, que nos dejó como invalorable legado libros fundamentales para la formación de la conciencia nacional y el ejemplo de su pulcra, sabia y fructífera vida".