Genios y figuras

La medición del mundo de Daniel Kehlmann. Una historia basada en un encuentro ficticio entre Humboldt y el matemático Gauss se convirtió en una de las novedades literarias más importantes de la última temporada en Alemania. Su autor, Daniel Kehlmann, estuvo de paso por Lima, invitado por el Goethe-Institut.

Por Jorge Paredes

A fines del siglo de las luces, dos hombres soñaban con medir el mundo. Uno, era un viajero temerario, que se había internado por el Nuevo Mundo, escalando volcanes y perdiéndose en selvas inconmensurables. El otro era un matemático y astrónomo que nunca había salido de Alemania, pero que con sus cálculos había revolucionado la aritmética y la astronomía, trazando las órbitas de planetas desconocidos para su tiempo. No se sabe si ambos se conocieron, pero es probable que en 1828, ya viejos y célebres, Alexander von Humboldt y Carl Friedrich Gauss se hayan encontrado en Berlín en un congreso de naturalistas. La medición del mundo de Daniel Kehlmann asume este encuentro y traza la historia paralela de dos vidas, de dos hombres incomprendidos por sus contemporáneos, principalmente porque sus mentes brillantes pretendían dominar con la exactitud de la ciencia y la razón un mundo todavía oscuro y salvaje. Contada desde la literatura, esta historia demuestra también cuanto de extravagante y de hilarante puede haber en la vida de los genios.

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Cuando tenía ocho años, un malhumorado profesor le pidió sumar todos los números del uno al cien. El maestro, que pecaba de severo, solo quería descansar sin ser molestado y más aún esperaba un resultado equivocado para atizar la palmeta con más fuerza que de costumbre. Pero no pasaron ni tres minutos, cuando Gauss se levantó y tembloroso acercó el siguiente resultado: cinco mil cincuenta. (Rápidamente se había dado cuenta de que todos los pares, cien más uno, noventa y nueve más dos, noventa y ocho más tres, daban siempre ciento uno. Entonces multiplicó ciento uno por cincuenta y obtuvo la respuesta). El maestro quedó petrificado. De inmediato descubrió que si no sacaba a ese niño de aquel colegio de hijos de jardineros y sirvientes, y lo llevaba al instituto, su talento se perdería para siempre.

A la misma edad, Humboldt, nacido en un hogar aristocrático, se perdía en el bosque recogiendo y clasificando escarabajos según pautas ideadas por él mismo. A los nueve años logró copiar el pararrayos de Bejamin Franklin y lo colocó en lo alto del palacio de la ciudad donde vivía. Y antes de salir de la adolescencia solía pasar seis horas bajo tierra con una linterna minera inventada por él, tratando de comprobar si el núcleo de la tierra era helado como afirmaban los neptunistas. Teoría que desbarataría años después en su travesía por los volcanes de la América del Sur.

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Daniel Kehlmann cuenta que mientras más investigaba en la vida de Humboldt, más encontraba situaciones cómicas en sus viajes, producidas en gran medida por su carácter alemán y por esa obstinación propia del iluminismo que lo llevaba a internarse entre caníbales o a quedar suspendido por horas en una montaña, de la cual bajaba al borde de la muerte. "Entre su vida y la de Gauss había dos contrastes enormes. "Humboldt había viajado por todo el mundo y Gauss sin salir jamás de su casa había cambiado todo el concepto del espacio. Eran dos humanistas con vidas completamente contradictorias. Entonces, sentí la urgencia de escribir el libro, y más bien me sorprendió que nadie lo haya hecho antes", dice Kehlmann.

Uno de los contrapuntos que mejor desarrolla la novela es la relación entre Humboldt y su ayudante francés Aimé Bonpland, quien lo acompañó durante todo su periplo por las Américas. En una escena de la novela, el alemán encuentra al francés teniendo relaciones sexuales con una india y al parecer preso de los celos lo recrimina fuertemente. "Es pura fantasía", dice Kehlmann, "pues nunca se comprobó si Humboldt realmente era homosexual. Lo que yo hago es explotar su personalidad, su lucha, y si es verdad que siente algo diferente, entonces yo recreo ese rasgo reprimido, sin que ello signifique que esté convencido de su homosexualidad".

A inicios del siglo diecinueve, el mundo cambia deprisa. Aparecen los vapores, las distancias se acortan, y los instrumentos usados por Humboldt y Gauss para medir el mundo son cada vez más de uso corriente. Los genios también envejecen. Ambos llegan a su cita de Berlín con un sentimiento de desazón, pues saben que la vida no les alcanzará para lograr lo que en el fondo buscan, alcanzar la felicidad a través de la ciencia y la razón. El matemático se dará cuenta de que envejecer finalmente no es trágico, sino ridículo. Y Humboldt empieza ya a dudar de quién conoce más el mundo: si él que viajó allende los mares o su amigo que nunca salió de su casa.

Perfil
Daniel Kelhmann (31 años) ganó ha ganado el premio de la Fundación Konrad Adenauer. La medición del mundo se mantuvo por cuarenta semanas en la lista de libros más vendidos en Alemania.