El octavo loco

Sobre un manuscrito suicida del escritor argentino Roberto Arlt

Por Jorge Zevallos-Quiñones Pita

¿Quién no ha garrapateado un trozo de papel en los momentos más angustiantes para exponer sus pesares: aquel amor imposible, el fracaso, el dolor, el efecto expansivo de la mala suerte, la partida del ser querido, la inefable soledad? Paradójicamente, se trata de situaciones capaces de originar notables procesos creadores. Ahí están Van Gogh mutilándose la oreja, nuestro Vallejo y su infinito hambre en París y Miguel de Cervantes Saavedra, preso en Argel, esbozando su Quijote desde promiscuas mazmorras.

En esa línea se encuentra el autor de Los siete locos y de Lanzallamas, el escritor Roberto Arlt (Buenos Aires 1900-1942), un clásico buceador del alma y sus conflictos y acaso junto a Borges, uno de los grandes renovadores de la narrativa argentina del siglo XX.

Luego de radicar en Córdoba por la tuberculosis de su mujer, publica en 1926, en Buenos Aires, El juguete rabioso, considerada la más autobiográfica de sus novelas y en donde filtra, entre ficción y realidad, las miserias y los fracasos de su adolescencia y de su incipiente adultez.

Allí, el personaje Silvio Astier (alter ego de Arlt), asoma a la delincuencia juvenil, sigue su periplo como ayudante en una librería de viejo y se convierte en escriba de la absurda vida cotidiana de sus patrones. El mal trato que recibe de ellos, hace que Silvio le prenda fuego al negocio sin que ello motive la destrucción de un solo libro.

Un suicidio fallido, la expulsión prematura de la escuela de mecánica de la aviación y una alianza sui géneris con un modesto lavador de carros, a quien traiciona en un frustrado robo, cierran, cual absurdo ramillete, la seguidilla de desgracias de Silvio Astier, o sea, Roberto Arlt.

UN HALLAZGO
Son harto conocidas las dieciséis cartas y los catorce manuscritos arltianos que su hija Mirtha donara en su momento al Instituto Iberoamericano de Berlín (Iberoamerikanischen) y por eso resulta un extraordinario hallazgo encontrar una carta de él -de gran contenido e inédita- en Lima.

Este tesoro de puño y letra de Roberto Arlt está dirigido al escritor argentino Ricardo Güiraldes. No está fechada pero se advierte que fue escrita en 1926, antes de la publicación de El juguete rabioso (Octubre de ese año). Todo el contenido de esta carta pareciera salir de boca de Silvio Astier.

De entrada, Arlt agradece a Guiraldes el envío de su Don Segundo Sombra: "...aquel que lo lea se sentirá inclinado a amarle y a retribuirle a usted de una manera u otra, con palabras o con hechos...". Conviene reparar en esta frase porque, con algunos cambios, es la misma que se plasmaría luego en El juguete rabioso.

Luego detalla sus terribles padecimientos familiares : "...he aprendido el oficio de periodista y el de apuntador de descarga en el puerto. Con los dos oficios juntos puedo aspirar a morirme de cualquier cosa. Por otra parte y para mayor gloria de Dios, las cosas me van peor que nunca. Mi hermana tiene que volver al sanatorio de tuberculosos, la casa donde trabajaba mi padre ha quebrado, posiblemente en estos días vengan a vivir a mi casa. Mi señora también está tuberculosa, si las cosas no mejoran tiene el proyecto de ponerse a trabajar de sirvienta o mucama...".

Mucho (y muy íntimo) es lo que cuenta Arlt: "...Y yo..yo no sé hasta donde me voy a hundir. A momentos tengo la sensación de que estoy descendiendo por un pozo. El disco de luz del brocal se hace cada vez más pequeño y las tinieblas más espesas. Y yo bajo y bajo....y estoy tranquilo....veo a mi mujer cada día más triste y más sufrida y estoy tranquilo. Eso sí, de vez en cuando se me sube a la boca una puteada pero como eso es de mal gusto....bajo, bajo y estoy tranquilo. Un buen día se me morirá mi mujer y yo estaré tranquilo...y sabré sin embargo que he sido yo el que la mató a privaciones...".

La carta es un catálogo de lamentos. Arlt, incluso, tiene el tupé de anunciarle a Guiraldes que no irá a saludarlo, invocando su derecho a ser un perdedor: "...Querido Ricardo, yo no le visitaré a usted. Si usted quiere verme vaya a mi casa, no podría irlo (sic) a ver a su casa. Cuando uno es tan infeliz, adquiere el derecho de no visitar a nadie...".

Fama tuvo, fortuna no. Y como tantos, tuvo que apelar a múltiples oficios para sobrevivir. Los últimos meses de vida los dedicó obsesivamente a inventar una máquina que fabricara medias de mujer que no se pudieran correr, pero un infarto acabó con él. Tenía apenas 42 años.

Amigos solo algunos, como el arequipeño Alberto Hidalgo. Enemigos, muchos, Borges a la cabeza, quién decía de él: "...era un malevo desagradable, extraordinariamente inculto. Hablábamos una noche con Ricardo Guiraldes y con Evar Méndez de un posible título para una revista. Arlt, con su voz tosca y extranjera preguntó ¿ Por que no le ponen El Cocodrilo ? . Ja, ja. En Crítica estuvo dos días y lo echaron porque no servía para nada. No sabía hacer absolutamente nada...". 1

1 Alvaro Sarco et. al. Alberto Hidalgo. Cuentos. (2005) p. 134 nota 7