Su primer Día de la Madre

EL PADRE ESCRIBE. ¿Cuánto cambian las mujeres cuando se enteran de que van a ser madres? ¿Cuánto cambia la relación de pareja? Decidimos pedirle a Enrique Planas, escritor y periodista de la sección Luces, un testimonio de parte. Quique acaba de ser padre

Por Enrique Planas

Malú acaba de tener un bebe. Tiene una cabeza, un tronco y cuatro extremidades. Veinte dedos. Un par de ojos grises y una boca que a veces es del tamaño de un botón y otras adquiere dimensiones solo imaginables en personajes de dibujos animados. Nació con abundante pelo y le hemos llamado Joaquín. Como mi abuelo. Nació pesando casi cuatro kilos y hoy ya lleva acumulado 500 gramos más después de pegar un estirón de cinco centímetros. Utiliza un promedio de siete pañales diarios y, en diferentes ocasiones, nos ha bañado con su orina transparente o disparado a quemarropa con una pasta lúcuma y maloliente en el momento en que lo enfrentamos en cada cambio de ropa. ¿Qué más se puede decir de un bebe? Pues que, aunque suene a frase hecha, nos ha cambiado la vida. Han tenido razón las miles de parejas sabias que nos lo advirtieron. El problema es que nadie sabe cómo se manifiestan esos cambios hasta que uno los vive a diario. Y los hombres somos los menos indicados para darnos cuenta de ello. A veces, no hemos llegado a darnos cuenta del todo de que hemos perdido la soltería y ya debemos ser conscientes de nuestra responsabilidad como padres. Son ellas las que se transformaron en cuerpo y alma, y nosotros los que enfrentamos el nuevo tiempo convertidos en una especie de observadores atónitos.

Las transformaciones físicas aparecen detalladas en las enciclopedias de maternidad que Malú deja a medio leer en cada rincón de nuestro departamento. Pero son las emocionales las que más me sorprenden. No deja de parecerme increíble su resistencia a la falta de sueño, por ejemplo, su claridad para definir cuáles son las nuevas prioridades de la casa, su estoica abstinencia sexual durante el tiempo del puerperio, cómo lleva orgullosa su cicatriz y su capacidad para recordar dónde están guardadas las medias amarillas o las cremas para las escaldaduras, su capacidad para cambiar el pañal con solo una mano, su total y paciente entrega a esa criatura interesada solo en conseguir leche y compañía. Intento encontrar una explicación satisfactoria: La menos dulce, la que jamás aparecerá en un comercial del Día de la Madre con Penélope Cruz como modelo, tiene que ver con los efectos de la química en el organismo. En una enciclopedia olvidada sobre la refrigeradora descubrí, por ejemplo, la importancia de la oxitocina. "Una hormona relacionada con los patrones sexuales y con las conductas maternal y paternal. También se asocia con la afectividad, la ternura y el acto de tocar", dice la siempre útil wikipedia. Influyendo en funciones tan básicas como el enamoramiento, el orgasmo, el parto y la lactancia, esta hormona afecta la conducta de las mujeres preparándolas para el cuidado de sus bebes. Para demostrarlo, científicos estadounidenses introdujeron una cría en la jaula de una rata virgen para observar luego cómo esta la devoraba. Sin embargo, si le administraban previamente una inyección de oxitocina, el roedor intentaba cuidarla como si fuera suya.

Aunque soy ateo por la gracia de Dios, no me interesa explicar el origen de los sentimientos por la simple secreción de sustancias producidas en el interior del cerebro. Así que continúo observando y para ello, no hay tiempo mejor que vivir el momento del parto. A Joaquín lo tuvieron que sacar por la madrugada sin pedirle permiso. A primera vista, una cesárea parece bastante dramática. Como una Matrioshka, la muñeca rusa, las mujeres parecen ser divididas en dos mitades para ofrecer la pequeña réplica de sí misma que durante nueve meses permaneció escondida en su interior. Y los padres estamos presentes solo para tranquilizarlas y decirles al oído que todo va bien, que falta poco, que está hermosa y que no podemos sentirnos más orgullosos. Entonces nace el bebe y las olvidamos en la mesa de operaciones para lanzarnos sobre el médico que le corta el cordón umbilical y acompañarlo como un guardaespaldas cuando se lo llevan a la sala de recién nacidos. Solo media hora después de contemplar a Joaquín a través del cristal, me di cuenta de mi error. ¡Ni siquiera me despedí de Malú!

Más tarde, cuando llevaron al bebe a la habitación, fue un instante increíble que solo días después me doy cuenta de que se manifestó de forma muy diferente para ambos. En mi caso fue todo un descubrimiento. Para Malú, un reencuentro. Un sentirlo diferente, fuera de sí misma, un esperado reconocimiento. Nuevamente el hombre va en desventaja. Nos toma largo tiempo acomodarnos a la idea de ser padres, mientras que a ellas nadie tiene que explicárselo, el mecanismo de adaptación es automático. Y eso es lo mejor. Porque las explicaciones que vienen de todas las madres amigas que cruzan información muchas veces obsoleta cuando no contradictoria, que compiten para describir con precisos detalles lo traumático que resultó su parto o lo terrible que es pasar los días sin dormir, suelen reafirmarnos en la idea de mantenernos encerrados en casa mientras resolvemos solos, equivocándonos y corrigiéndonos, nuestros asuntos frente a Joaquín.

Me sucede todavía llegar a casa y saludar a Malú pasando por alto al bebe, como si aún su presencia no fuera real. Y entonces ella siempre me hace darme cuenta del error. No importa que Joaquín no me responda el saludo, algún día lo hará. Tramitar sus partida de nacimiento y ver su nombre impreso en letra de molde me sirve para entender que el muñeco que duerme con nosotros en el dormitorio es un ser de carne tibia y huesos.

Pero no se me malentienda. Que diga que muchas veces a los hombres solo nos queda desarrollar la capacidad de observación no quiere decir que me considere un inútil para colaborar con las tareas de la casa y del bebe. Lo que sucede es que realizo labores que podríamos considerar de subcontrata; es decir, apoyo en las partes más sencillas de las más complejas acciones. Soy el encargado, por ejemplo, de mantener las piernas de Joaquín mientras Malú le limpia esa pasta amarillenta del poto con las toallas húmedas. Me especializo también en provocar sus eructos cuando Malú queda en estado vegetativo después de dos horas seguidas de lactancia y, además, me corresponde la delicada misión de mantener quieta su cabeza mientras ella le lava el pelo durante la feliz hora del baño. Puede ser que con el tiempo se me ofrezcan tareas de mayor responsabilidad, pero creo que por el momento cumplo satisfactoriamente en mis oficios asistenciales. A veces me sorprende mi buen rendimiento, por ejemplo, al hacerlo dormir con los temas más suaves de los Stones, al aceptar sin lágrimas la evaporación de nuestro tiempo de ocio, a comprender y servir de terapeuta informal cuando Malú se muestra irritable, exigente, agotada, llena de dolores y desconsolada creyendo que su cuerpo no volverá a ser el mismo. Creo que en algo sirvo como padre cuando logro calmarla secándonos juntos una botella de cerveza helada.

La lactancia es otro momento donde lo único que podemos hacer es mirar. E incluso, como reflexionaba el poeta José Watanabe, sintiendo envidia al reconocer que jamás alcanzaremos esa conexión carnal con nuestro hijo. Observo a Malú librar su pecho izquierdo de su blusa y acercar el rostro de Joaquín hacia la fresa de su pezón. Como un pequeño y seductor vampiro, él succionará queriendo vaciar el interior de su madre, mirándola con los ojos muy abiertos. Desde fuera, el mecanismo, aunque tierno, parece doloroso y poco excitante. El bebe mama con fuerza alternando con eventuales mordidas desdentadas, mientras con su manita izquierda acaricia la teta como quien protege un valiosísimo tesoro. Y en un tiempo increíble que puede fluctuar entre diez minutos y dos horas, se duerme. A veces observo sus gestos que confiesan el tema de sus sueños, especialmente las sonrisas que preceden simulacros de succión. No hay sueño más feliz que el de un bebe. Son los únicos que pueden hacerse realidad de inmediato. Joaquín soñará con futuras horas de lactancia y al despertar, después de un berrido enfático, será el pecho de Malú lo que se encuentre.

Por mi parte, mi sueño es conseguir con Joaquín algo, aunque sea un fragmento muy pequeño, de la comunión que logra con su madre. Sé que nunca podré conseguirlo, pero desearlo funciona como motivación cuando dan las cuatro de la mañana y en lugar de dormir, Joaquín prefiere mirarme con sus enormes y redondos ojos sorprendidos. Y en esos momentos de silencio nocturno, en que solo existimos nosotros dos en un abrazo tibio, me doy cuenta de que yo también he empezado a cambiar. Comprendo, por fin, todo lo que tuvieron que pasar mis propios padres.

Este domingo será su primer Día de la Madre. Quisiera aclarar una cosa: ambos odiamos las efemérides, sobre todo las más sentimentales. Por eso imagino que Malú me echaría de la casa si le regalo una licuadora como nos aconsejan los catálogos de las tiendas y sus ofertas de temporada. Pero con tantas transformaciones que hemos atravesado en estos primeros días, y esperando otras muchas que vendrán más adelante, creo haber alcanzado una certeza: Que para entender realmente el valor de este día, debes sufrirlo en carne propia. Será por eso que, en los últimos días, he visto a Malú entornar los ojos cada vez que le pregunto cómo le gustaría celebrar por primera vez. Supongo que es parte del cambio.