Un hombre más allá del tiempo

Por Milagros Leiva Gálvez

Cuando nació, su familia vivía en la casa de la Pileta de la Trinidad que tenía como puerta de fachada unas grandes planchas que parecían de barco. Mucho tiempo después, cuando lo entrevistaron por sus 90 años, Aurelio recordó cómo de niño cruzaba aquella puerta para dirigirse hacia la Plaza Mayor. Era su ceremonia personal. Quizá la primera señal de lo que sería su vida. Apenas el sol dormía, corría a observar el afán de los faroleros que parecían fantasmas con escaleras. Caminaban en silencio, dispuestos a encender los mecheros de los postes. Aurelio esperaba quieto ese momento , le gustaba contemplar a los hombres de la luz.

Así era este niño: curioso, avispado. Un observador impenitente.

Cuando nació, Lima solo tenía ciento cincuenta mil habitantes y la ciudad terminaba en el Parque de la Exposición y la plaza Colón. Una partida de nacimiento señala su tiempo: 15 de mayo, 1907. La capital peruana no conocía lo que era un aeropuerto. El día en que el avión de Juan Bielovucic irrumpió en el cielo chalaco, Aurelio tenía 5 años y paseaba por La Punta. Su alegría desmedida también fue un presagio. Veintiún años más tarde decidió recorrer el mundo por cuenta y riesgo, compró boletos de barcos y subió perplejo a los brazos del mar. Tardó cuarenta días en llegar al Japón. El 90% de las mujeres se visten con kimonos, los hombres también, escribía en sus memorias. Se quedó tres meses y de los japoneses aprendió a cultivar el culto por los antepasados y el respeto por la palabra honor. Muchos años después y cuando en reuniones administrativas las discusiones familiares subían de tono, él se encargaba de los paños fríos. No era solo un conciliador, era un amante de la familia.

Así era este hombre: un fiel creyente de la unión.

Aurelio se quedó mes y medio en la China y un mes en la India donde contrajo tifoidea. Enfermo y hospitalizado, sabía que no moriría lejos de casa. Una pitonisa le había augurado larga vida y él creía en el destino. Su recorrido fue el primer acercamiento periodístico de la prensa peruana al misterio del Oriente. Tardó dos años en regresar y un año más tarde viajó por las entrañas del Perú. No existía rincón que Aurelio no quisiera conquistar. Era un aventurero cuyo objetivo consistía en retornar para contar.

Así era este viajero: incansable. Un sediento de gente y de culturas.

El presidente Fernando Belaunde le dejó escrito su agradecimiento: leyendo su libro "Costa, sierra y montaña" he conocido y querido más el Perú. Sus lectores también se enteraron de los otros mundos con sus crónicas de viaje, pero antes ya habían quedado sorprendidos con un artículo sobre el entonces desconocido James Joyce que Aurelio publicó cuando tenía 19 años. Demasiado joven este muchacho como para escribir como adulto, decían los escépticos. Para sus conocidos el artículo sobre el autor de Ulises era simple consecuencia de su voracidad. Aurelio había aprendido a leer a los 3 años gracias a su madre Rosa y a la maestra Domitila González, una mujer entusiasmada con su avidez y que no tardó en obsesionarlo con las palabras.

Así era este lector: un día, un libro, fue su meta juvenil. Escribir libros antes de morir, su deseo personal. Lo cumplió todo. Cuarenta y cinco publicaciones, figuran en su ficha personal. "El Inca Garcilaso", de lejos su obra más apreciada.

Cuando Aurelio cumplió 5 años, El Quijote ya estaba en sus manos. La novela de Cervantes se convirtió en su libro de cabecera y a ella regresaba como amante ardiente: cualquier día, cualquier página. Nunca logró saber cuántas veces la había leído, pero sí recomendó con vehemencia su lectura. También sugirió a uno de sus autores guías: Marcel Proust. Los 15 tomos de "En busca del tiempo perdido" los terminó de leer justo antes de partir a conocer el mundo.

Así era este joven: insaciable.

Y si algo sabía Aurelio, era compartir. Testigos son sus tres hijas que hacían las tareas de historia y geografía usando su memoria como material de consulta; y sus siete nietos que no dejaban de asombrarse con la cantidad de anécdotas acumuladas; y los intelectuales y estudiantes de Literatura e Historia que escuchaban atentos sus hallazgos sobre Garcilaso y Lope de Vega; y los periodistas de su diario que nunca dejaron de agradecerle las precisiones que pedía y hacía a los textos.

Cuando nació, el diario El Comercio ya tenía 68 años de fundado. El decano de la prensa peruana era propiedad de su familia, pero Aurelio no solía hacer aspavientos o alardes innecesarios. Alguna vez le preguntaron cuándo fue consciente de su vocación periodística o cuándo supo que ese diario que veía en la sala de su casa era parte de su historia personal. No pudo responder. Casi había nacido manchado de tinta y durante su infancia no existió día en que no jugara en el patio grande donde se almacenaba el papel. De la azotea de su casa, cuando se mudaron a vivir a la calle de La Rifa, se veían las máquinas de impresión. Su carnet de periodista, incluso, era testigo de esa antigüedad: 25 de julio de 1927. Durante buena parte del siglo XX, Aurelio fue el periodista que tuvo el carnet más antiguo y el único que llevaba la firma de su abuelo José Antonio. El mismo abuelo que todas las tardes, después del almuerzo, lo recibía para contarle la historia del Perú.

Así era este periodista: un hombre respetuoso de la vejez porque en ella está la sabiduría.

De tanto escucharlo, Aurelio escribió la historia de su abuelo. De tanto leer y escribir pasó a ser el encargado de la edición especial cuando El Comercio cumplió 100 años. Fueron 216 páginas que supervisó con desvelo. Aurelio prefería el insomnio a la irresponsabilidad del error. Encargado de una página llamada Arte, Ciencias y Letras, fue él quien invitó a Jorge Basadre y César Vallejo a escribir columnas y crónicas. Del segundo le gustaba la independencia de su opinión.

Así era este intelectual: no rechazaba a la gente por su pensamiento y respetaba a quien sabía fundamentar su razón.

Cuando murió su padre, Aurelio lo reemplazó en el directorio de El Comercio. Entonces el director era su tío Luis Miró Quesada, quien tiempo después llamó a su hijo Alejandro y a él para ser subdirectores. Sufrieron juntos la confiscación militar de Velasco Alvarado y celebraron juntos el retorno a la libertad que solo otorga la democracia, pero el tío Luis nunca pudo regresar a la Casa de La Rifa. La muerte lo alcanzó. Convertidos en directores, los primos Aurelio y Alejandro fueron uno solo a la hora de defender la libertad de expresión. Eran distintos en carácter, pero tan parecidos a la hora de defender sus principios, que nunca hubo mayor problema. El 5 de abril de 1992, el día en que Alberto Fujimori anunció el cierre del Congreso, algunos periodistas discutían acalorados sobre esta medida que tenía amplio respaldo popular. Aurelio, que no era hombre de gritos, esperó el silencio apropiado para lanzar su frase dirimente: "Acuérdense de Barrabás", alcanzó a decir y todos entendieron que las mayorías no siempre tienen la razón.

Así era este director: de pocas, pero sabias palabras.

"No muere quien perdura en el espíritu de sus continuadores". La frase está enmarcada sobre el rostro tallado de Manuel Amunátegui, fundador del diario El Comercio, en el mismo lugar donde le sorprendió la muerte. Las palabras le pertenecen al abuelo José Antonio. En la oficina de Aurelio permanece este retrato, también la pequeña mesa donde solía leer línea por línea las notas de la sección Política y los artículos de opinión. Los muebles donde solía recibir a amigos y enemigos siguen intactos. Aurelio siempre trató de usted.

En otra oficina, el actual director del diario, Alejandro Miró Quesada Cisneros, recuerda a su tío Aurelio como un hombre sereno, de modales pausados, pero enérgico; de principios inflexibles: Fue un maravilloso motivador, quería probar que el periodismo puede imbuirse de un espíritu intelectual y literario. Nunca dejó de propugnar la buena pluma dentro de la buena manera de informar.

Así era este señor cuyo espíritu sigue caminando por los pasillos de El Comercio que ya cumplió 168 años. La leyenda sigue intacta.