Por Miguel Ánfel Cárdenas M.
ELLA
Le llaman la jaula, pero allí María Fátima se siente libre. En esa jaula técnica de protección, de siete metros de alto por siete metros de largo --diseñada con mallas metálicas para que contenga el disco volador sí identificado y no dañe a nadie--, la adolescente de 15 años pone cara de rudeza mezclada con guapeza... la misma que tendría una bombera que apaga un incendio con la lengua, en el subconsciente, para darse ánimo. En un deporte tan solitario, su rostro --la combinación de sus ojos ligeros y sus mejillas pesadas-- debe darle a su cuerpo el mensaje de pesadez y ligereza que necesita para ser un humano resorte (según el diccionario, un resorte es "capaz de almacenar energía y desprenderse de ella sin sufrir deformación permanente cuando cesa el esfuerzo al que se le somete").
"Me gusta este deporte porque lo siento femenino, más que lanzar pelota, bala o martillo, que también hago", dirá después María Fátima Ramos Marrufo, a quien, del mismo modo, le encanta lanzar discos de música a su reproductor de CD y bailar samba. Ya habrá efectuado un giro de 360 grados en una zona que tiene dos metros de diámetro, adoptado esa posición de toreo atlético que perennizó el escultor griego Mirón en su Discóbolo, dado dos pasos incisivos y lanzado a pie firme con fuerte velocidad un disco de un kilo lo más lejos que puede. Esta vez ese disco de fibra sintética y bordes de acero llegó a 32 metros.
ELLA Y LOS OTROS
Se siente un intuitivo privilegio al mirar a esta muchacha en acción. Después de conversar con ella, es como si se hubiera grabado su voz en un disco de vinilo, sabiendo que en unos años la grabarán completa en discos superiores al compacto. María Fátima tiene el futuro demasiado presente. Es evidente que solo se atisba un tercio de su talento. El imbatible récord nacional está en 38,80 metros desde hace 23 años. Y ella hizo 38 en un entrenamiento.
En Ica --vive al costado de las dunas y estudia el quinto de media en el colegio Salesiano-- ya la han nombrado hija ilustre con certero sentido de anticipación.
Cuando tenía 13 años, participó en un interescolar de atletismo en Ica y quedó quinta en esa especialidad de lanzamiento de disco, que parecía un juego entretenido. María Fátima lloró amarga porque "no era un simple juego, no me había preparado y con la ilusión no se hace nada. Mi papá me dijo que si quería ser alguien tenía que entrenar. Y dije sí".
Su padre, Martín Ramos, fue un atleta que en la década pasada participó en juegos Odesur, Sudamericanos y Bolivarianos como levantador de pesas. En el 2004, todavía sin entrenamiento, pero con más seriedad, Fátima participó en uno de los Semilleros de Atletismo que organizan El Comercio, el Banco de Crédito y el Patronato Nacional del Deporte. Y quedó en tercer puesto. Ese día lloró solo un poquito.
Su padre la resondró: "Mira, hija, de aquí para adelante, usted no se me va a una competencia si no ha entrenado bien". Y se convirtió en su entrenador. María Fátima llegaba del colegio a las dos de la tarde, almorzaba y se iba a entrenar con su padre de cuatro de la tarde a siete de la noche en un parque industrial, al costado de una fábrica o en un bosque; porque en Ica no hay instalación alguna para ese deporte. "Corría, hacía un poquito de pesas, me entrenaba en tener velocidad". En vacaciones lo hizo en doble turno. Y en marzo del 2005 pasó a la tercera fase en los juegos interescolares y vino a Lima a la gran final en julio.
"Vino, lanzó y rompió el récord nacional y sudamericano de su categoría con 31,46 metros. El segundo lugar se quedó en 22 metros", recuerda el padre. Era para no cerrar la boca: la gente hablaba de la gordita que antes daba pena verla llorar y ahora brindaba esa radical sorpresa. Como si se hubiera olvidado de quemar etapas y quemara los pronósticos, viajó a Argentina y quedó subcampeona sudamericana. Una chilena lanzó el disco cuarenta centímetros más que ella. Al regresar ganó el nacional de infantiles --su categoría-- y en el 2006, "tuve un atrevimiento, la federación nos mandó una invitación y decidimos participar en la categoría de mayores". Su padre-entrenador cuenta lo que sucedió como si fuera el representante y a la vez el presidente del club de 'fans' de una floreciente cantante juvenil: "Compitió con atletas de la talla de Rosa Peña, que tiene el récord nacional, que a sus 36 años tenía 16 años consecutivos de ganar la prueba. Vino Fátima y les ganó a todas. Se quedaron boquiabiertas, tenía 14 años". Ese año ganó la Sub 15 de cadetes, la Sub 17 de menores, la Sub 20 de juveniles, la Sub 23 y la de mayores. "Cinco categorías en el año. Eso es un hecho histórico en el deporte porque no ha habido una atleta de esa edad que gane las categorías altas".
ELLA Y SUS SUEÑOS
Fátima mide un metro sesenta, pesa 75 kilos y sueña con subir a un podio muy alto y cargar una medalla muy pesada en una olimpiada o un mundial. Y para eso se prepara. "Para el mundial de República Checa se necesita la marca mínima de 41 metros y sí puedo, porque en Ica ya estoy haciendo 39 metros".
En el colegio le va regular, es buena en letras y de números solo le gusta sumar o restar marcas. "Terminando quisiera estudiar Ciencias del Deporte en Cuba. Me gustaría porque allá están las campeonas mundiales; está Gipsy Moreno, la campeona de lanzamiento de martillo", confiesa la muchacha que no puede comer harinas ni grasas para cuidar su estado atlético y a la que el banco auspiciador del semillero le ha proveído vitaminas.
La abultada fuerza de sus brazos origina bromas entre sus amigos del colegio. "Siempre dicen: 'No te metas con ella porque te mata'. Hace dos años un chico me quiso meter la mano, pero antes lo pesqué y le metí un cachetadón. Al día siguiente vino su mamá y me terminó dando la razón porque también es mujer. Una vez me quisieron robar el celular, el chico estaba medio drogado, y le metí un manazo que lo dejó ahí nomás".
Su familia es fundamental, para ella, en su proceso. Además del padre --y también el abuelo-- atleta, tiene una mamá de origen italiano que es profesora de inglés y que la apoya sin parar. El papá esgrime: "Por eso ella tiene lo mejor de mi raza negra y la europea de su madre". El hermano mayor de 20 años fue también campeón nacional de levantamiento de pesas.
El padre dice que en la Federación de Atletismo existe una argolla a favor de las atletas limeñas. Esperemos que, de ser cierto, el expectante talento de María Fátima se imponga de un tirón.
El área que sigue a la jaula de protección se va abriendo en un ángulo de 45 grados y se va distendiendo poco a poco a lo largo y ancho, hasta donde llegue el disco. La carrera deportiva de María Fátima se abre igual, sin detenimiento alguno.