Por Eduardo Torres Arancivia
Vivimos en una sociedad eminentemente autoritaria. Sí, a pesar de que nuestra Constitución y nuestras leyes proclaman derechos de avanzada, a pesar de que todos somos ciudadanos, que podemos elegir y ser elegidos; el autoritarismo encuentra la manera de colarse en nuestra vida nacional. Sería muy simple echarle la culpa a las dictaduras que han señoreado este país desde su fundación en 1821 (o 1824 o 1826, como se prefiera). Claro, la dictadura es el summun del autoritarismo pero ¿y si volteamos el argumento? Es decir, si comenzamos a meditar en el hecho de que el autoritarismo también se expresa por y entre nosotros, simples y comunes ciudadanos; que no solo ronda por los antiguos salones del Palacio de Gobierno, sino que también puede transitar por la ciudad a través de una combi; que aun está latente en nuestros atávicos prejuicios, en nuestra impuntualidad, en eso que nos gusta llamar la criollada, en la informalidad, en la preferencia por el amiguismo más que por la carrera basada en méritos y en la antipática superioridad de la que hace alarde el que lo tiene todo frente al que no tiene nada.
(...) Las estructuras históricas no pueden desaparecer de un día a otro, pero los fundadores del Perú republicano pensaron que sí o creyeron que, tras un breve lapso, las bondades de la democracia le harían comprender al nuevo peruano que había resultado un buen negocio salir de la condición de súbdito para pasar a la de ciudadano. Sin embargo, como el nuevo Estado no había pasado por procesos como una revolución burguesa, una revolución a la francesa de 1789, una revolución industrial y una revolución liberal; surgió ese híbrido: la República-Monárquica.
¿Qué debemos entender por ese término tan contradictorio por no decir paradójico? Que el auroral proyecto republicano peruano recogió más del Antiguo Régimen --este concepto define el período histórico comprendido entre los siglos XVI y XVIII-- que de la modernidad. De esta manera, la república resultó ser una quimera. El mismo Flores Galindo la definió como "una república sin ciudadanos" y es que los cambios se produjeron a nivel de leyes y estatutos, pero estos no tuvieron su correlato en la realidad. En vez de virreyes comenzaron a gobernar presidentes, pero resultaba que estos tenían más poder que los primeros. (...) Los criollos, que constituyeron la élite desde el siglo XVII, no fueron capaces de conformar una clase dirigente; por el contrario siguieron manteniendo sus hábitos cortesanos y rentistas y así dejaron un vacío de poder que fue llenado por el autoritarismo de caudillos militares durante casi todo el siglo XIX.
(...) Lamentablemente, la república-monárquica se prolongó al siglo XX y así la situación se fue agravando permitiendo que el autoritarismo campeara a lo largo de esa centuria. Las dictaduras y los gobiernos autoritarios se sucedieron unos a otros, mientras que los escasos regímenes democráticos no llegaron a funcionar por el propio viciamiento del sistema y así hasta los tiempos más recientes. Hagamos un breve repaso: Hay presidentes que contratan sobrinos y hermanos, eso es cortesano; hay omnipresentes asesores en el entorno palaciego que parecen estar sobre la ley, eso es cortesano; importa más lo personal que lo profesional, eso es cortesano; existen argollas exclusivas y excluyentes en nuestros ámbitos laborales, eso es cortesano; nos desvivimos por la ceremonia y el boato, eso es muy cortesano; los gobernantes peruanos creen que el Estado es su patrimonio y que pueden repartirlo a su antojo entre serviles y aduladores, eso es el summun de la cortesanía.
LA FICCIÓN DEMOCRÁTICA
Como Eric Hobsbawn que catalogó al siglo XX como el siglo más violento de la historia universal --con las salvedades del caso--, bien podría decirse que el siglo XX peruano no solo fue el más violento de la historia (desde el siglo XVII) sino también el más autoritario. El más violento porque las muertes que el fracaso democrático trajo es posible que hayan alcanzado cifras que superen las cien mil personas (calcúlese los muertos producto de la explotación cauchera en la selva, de los conflictos sociales y políticos de los años 30, de la dictadura de los años 50 y de la violencia terrorista de los años 80 y 90) y el más autoritario porque los pocos proyectos democráticos que se consolidaron en la centuria se estrellaron contra una realidad que aún no había superado su herencia colonial.
EL ABSOLUTISMO PRESIDENCIAL
Si el autoritarismo en el Perú ha encontrado campo fértil se debe en buena medida al absolutismo presidencial. En este punto no debe confundirse absolutismo presidencial con régimen dictatorial. El segundo es, como se sabe, un régimen de facto, cuyo origen espurio y principalmente por la fuerza, lo vuelve ilegítimo. El primero, por su parte --y para el caso peruano-- está sustentado en la propia legislación. En otras palabras, en el Perú, la historia jurídica republicana ha fomentado siempre una figura presidencial fuerte, con mucho poder, casi omnímoda. Tal circunstancia llevó a decir a Víctor Andrés Belaunde en un célebre discurso dado en la Universidad de San Marcos en 1914 que "el presidente de la República es un virrey sin Monarca, sin Consejo de Indias, sin oidores y sin juicio de residencia". Pero la afirmación de Belaunde se quedaba corta: ningún virrey del Perú tuvo tanto poder como un presidente peruano actual.
LA ARGOLLA y LA CORTE
El Perú de inicios del siglo XX estuvo bajo el poder de una argolla: la oligarquía peruana. Fue Jorge Basadre el primero en darse cuenta de lo cerrado que era el grupo que detentaba las riendas del país: se trataba los descendientes de los antiguos aristócratas peninsulares que se habían enriquecido en la época del auge guanero y que --ya consolidados como grupo-- se encargaron de reconstruir al país tras la guerra con Chile. Si una clase dirigente civil no se pudo consolidar en 1821, más o menos lo hizo en 1899, solo que esta nunca llegó a madurar de tal forma que deviniese en burguesía. El desarrollo que propulsaron fue limitado y enmarcado dentro de la antedicha noción de la modernidad dentro de la tradición.
IMPUNTUALIDAD PERUANA
La impuntualidad en la que incurren los peruanos también puede ser considerada una expresión autoritaria. Al tolerarse la transgresión por la supervivencia de las antedichas estructuras antiguorregimentales, el volverse dueño del tiempo frente a un subordinado es una forma de ejercer autoridad. Las tardanzas del presidente Toledo fueron una prueba de ello: él podía llegar tarde a sus citas pues entendía que nadie lo iba a reprender o lo iba a obligar a cumplir una agenda establecida. De la misma manera lo entendió Ollanta Humala cuando hizo esperar a Alan García en el debate presidencial: frente a una población que permite criollamente la transgresión, la tardanza del candidato bien podría convertirse en un buen golpe publicitario (tal vez sus asesores buscaron resaltar con esa conducta una pose de caudillo que puede dejar en ridículo a su adversario, más aun si este era un ex presidente). Y tales cuadros se reproducen en la vida cotidiana teniendo al tiempo como objeto en disputa. Así, el argot peruano también conoce aquella frase que dice "si quiere esperar, que espere".
LA FICHA
Eduardo Torres Arancivia es Licenciado en Historia por la Facultad de Letras y Ciencias Humanas de la Pontificia Universidad Católica del Perú. Su especialidad es la historia política e institucional virreinal (siglos XVII y XVIII). Ha publicado "Corte de Virreyes. El entorno del poder en el Perú del siglo XVIII" y "La Sociedad Filarmónica de Lima 1907-2007"; además de diversos artículos sobre política virreinal.