VIVENCIAS. Philippe Chaillou, presidente de la Sala de Menores de la Corte de Apelaciones de París, llegó a Lima para compartir vivencias con sus colegas peruanos. Su experiencia en barrios violentos de París, epicentro de recientes estallidos sociales, es más que valiosa
Por David Hidalgo Vega
Un día se cansó de investigar crímenes de cuello blanco. El entonces fiscal sustituto Philippe Chaillou había llevado una carrera expectante a medida que se desbarataban graves entripados financieros en Francia de fines de los años setenta. De pronto, el hombre se presentó ante su jefe y en buena cuenta tiró al tacho una vocación que no tenía. "No me he metido a este oficio para ver balances de empresas. Voy a pedir mi cambio para ser juez de menores", dijo esa vez. El fiscal titular de Tolosa, la ciudad donde trabajaba, no comprendió lo que ocurría y le recordó que estaba calificado para avanzar mucho más en el escalafón del Ministerio Público francés. Chaillou insistió en que no le importaba, quería estar en contacto con personas y no con facturas. Al principio fue transferido a una corte de familia que resolvía divorcios. A mediados de los años ochenta fue asignado a un tribunal de menores y confirmó su camino. Desde entonces no ha dejado el tema. Ni siquiera cuando, transferido a París, tuvo a cargo uno de sus barrios más peligrosos. Chaillou, un hombre de gesto afable que endurece con asombrosa rapidez, siguió de cerca los recordados estallidos de violencia con quema de autos y otras tropelías de la desesperación urbana.
¿Por qué decidió dedicarse a este tema?
Cuando uno escoge un oficio como este, es porque resuenan en uno temas muy personales. Mis padres eran profesores de colegio. A mí me hubiera gustado dedicarme más a las letras, pero mis padres eran de condición modesta y mi padre me dijo: "si quieres ganarte la vida, mejor dedícate al derecho". Ocurrió que un joven fiscal sustituto vino a dar cursos a la universidad y tenía un carisma extraordinario. Jamás pensé que un juez podía ser así, yo tenía una imagen muy seria de los jueces, todos vestidos de negro. Este hombre era cálido, divertido, con una gran vitalidad. Creo que ese encuentro fue muy importante para elegir mi camino.
Debió ser un choque pasar de los crímenes de cuello blanco a los de menores...
Tal vez lo que más me conmovió al inicio no fueron problemas de delincuencia, sino de protección del menor. He visto situaciones dramáticas de niños que han sido golpeados o que eran objeto de abusos sexuales. Creo que el oficio más difícil de un magistrado está en este campo: hay que tener un oído muy fino para escuchar lo que quiere decirnos un pequeño sin caer en la compasión excesiva. Hay que mantener un espíritu crítico para tomar una decisión que puede ser violenta: sacar a un niño de su familia es muy duro para un juez, inclusive desde el punto de vista psicológico y personal.
Peor debe ser en los casos de menores delincuentes.
No es lo mismo, porque el niño delincuente no pide nada. Casi siempre es un niño con una gran depresión, un gran vacío. Y esta imagen de delincuente que da al exterior es lo que le permite mantenerse en la vida. El trabajo del juez y de los educadores es hacer que deje el disfraz de delincuente en el vestíbulo. Se trata a menudo de un niño o un adolescente que no tiene confianza con los adultos. Esta confianza es la que hay que recuperar.
Hace unos años uno de los delincuentes más peligrosos de Lima era un adolescente ('Canebo'). ¿Cómo hace un juez para decidir en un caso así?
Primero, el juez no es responsable de lo que ocurrió. Sus decisiones no aumentan nada a lo que el menor ya sufrió. Estos niños están suspendidos en el vacío, su destino también está suspendido y puede ir de un lado a otro. El juez debe procurarle apoyo, pero sería mentir decir que va a ser recuperable al 100%. Lo que compete al juez es darle la posibilidad de cambiar. ¿Cómo podríamos definir esta actitud? Es una firmeza acogedora, pero firmeza al fin.
¿Hubo algún caso que lo haya marcado especialmente?
¡Hay tantos! Una vez me trajeron un niño porque había cometido varios delitos. Me lo habían llevado varias veces, pero en la última había usado un cuchillo. Entonces le dije: "Aquí se acabó el asunto, te vas a prisión provisional. Eres peligroso para ti y para los demás". Ahí estaba la idea de no dejarlo caer, jamás dar una respuesta definitiva. En la gaveta de mi escritorio tenía una foto de un barco. Cuando me llevaban a un niño tres veces, sacaba la foto y le decía: "Tú decides: te vas en este barco de pesca o te vas a la prisión". Entonces llamaba a los educadores. Lo importante es nunca soltarlo.
Hay esta imagen popular, en cuentos y canciones, del niño pobre que debe delinquir por necesidad y luego se enfrenta al juez duro. ¿Le molesta?
Le diré que no es una imagen estereotipada o de cuento. Es una imagen que yo tengo, que he vivido muy a menudo. Y es la realidad de la justicia francesa: los procedimientos son cada vez más rápidos y no siempre es el mismo juez el que recibe al menor. Se trata de resistir a esta tendencia. Ahora, cuando yo tenía el barrio 18, donde hay familias muy pobres, también tenía el 16, que es muy elegante. A veces convocaba a personas del barrio 16, incluso hijos de embajadores que cometían infracciones, para que se encontraran con gente del barrio 18. La mezcla de personas en el corredor era sorprendente para hacerlos pensar.
¿Es cierto que la justicia francesa es más dura con los jóvenes migrantes?
Bueno, no se puede decir que haya más severidad del juez frente a un joven inmigrante, porque sería muy grave. Pero la realidad es que en los alrededores y en los barrios difíciles hay poblaciones migrantes y niños de esas familias que cometen infracciones y tienen que ir a la justicia. Ahí caemos en un problema político: es lo que en Francia llamamos "delincuencia de exclusión". Los poderes políticos quisieran que solo sea un asunto de policía y de justicia. Pero si las bandas se reconstituyen porque las circunstancias económicas y sociales son las mismas, ya no es responsabilidad de la justicia. La agravación de penas para menores no va a resolver el problema: otros menores van a reemplazar a los que están detenidos.
En Centroamérica se aplicó leyes duras contra las maras (pandillas juveniles) y los jueces se abstuvieron de aplicarlas porque no eran la solución.
Felizmente en Francia, aun cuando las leyes han evolucionado a mayor dureza, todavía dejan un margen de maniobra. Yo soy de los que consideran que el juez es testigo de las disfunciones sociales. Entonces mi papel es escribir artículos, ir a la radio y la televisión para decir cosas que puedo constatar. El estatuto de la magistratura en Francia lo autoriza. Cuando en noviembre del 2005 se desataron acontecimientos graves, tras la muerte de dos niños, yo esperé un tiempo y publiqué un artículo mesurado en "Le Monde", en el que planteé el tema de las relaciones entre los jóvenes y la policía, que es algo muy grave en Francia. La situación está muy degradada. No hemos tomado conciencia de eso. Tenemos en germen la posibilidad de una situación explosiva.
Usted instruye a otros magistrados con estas ideas...
La Academia de la Magistratura de Francia me ha pedido que haga la capacitación de quienes presiden los tribunales de menores. Es interesante. Cada uno de los participantes debe presentar un caso en el que ha tenido dificultades no solo jurídicas, sino personales. Es muy importante esta capacitación en ciencias humanas y en psicoanálisis. Un juez no solo debe estar adiestrado en los procedimientos.
Si usted tuviera que exponer, ¿qué caso contaría?
Tuve un caso de una niñita de 16 años que entra a una panadería frente a una comisaría y comienza a hacer un gesto de gallina a los guardias. De la fila del pan sale una policía de civil y le dice: "Usted debe respetar a la policía". La niña le dice: "Mando a la m - a los policías y me zurro en los jueces". Cuando la quieren llevar detenida, la niña arañó a la policía. Fue procesada por agresión e injuria. El juez de primera instancia la dejó libre, pero la fiscalía apeló. En el tribunal de apelaciones nos fastidió bastante decidir sobre este caso. Más allá del tema jurídico, me interesa comprender por qué estos asuntos son difíciles en lo personal para un juez. Si no está bien formado, puede cometer grandes errores. Puede haber aprendices de brujo que digan que es fácil, pero yo diría que es para tener mucho cuidado.
LA FICHA
Nombre: Philippe Chaillou.
Trayectoria: Presidente de la Sala de Menores de la Corte de Apelaciones de París; ex juez de menores y presidente del tribunal para menores.
Publicaciones: "Delincuencia de menores, la autoridad parental cuestionada"; "Guía del Derecho de la Familia y de la Niñez". Autor de numerosos artículos sobre niñez y justicia.