Por David Hidalgo Vega
El canto suena con tropiezos: "Desde lejos he venido/ flor de romero/ solamente por quererte/zambita canela/ corazón de almendra".
Ayane Matsuzaki tiene párpados políglotas, porque puede comunicar emociones en varios idiomas. Le basta con entreabrirlos de cierta delicada manera, mientras canta un huaino que la hace parecer adolorida. Su voz es fina y muy tierna, con un remoto parecido a la de ciertas divas andinas que ella no se molesta en disimular: lo suyo es una pasión por mimesis o al menos va por ese camino, mientras termina de dominar la pronunciación del quechua. "Ya conozco varias palabras, pero debo aprender más", dice en un español igual de rudimentario. Entonces, lo que no pronuncia bien lo dice con la mirada. El huaino tiene ojos lejanos, provoca decir.
Lleva casi veinte años en lo que parece un logro de la determinación: hasta donde recuerda, en su casa había unos pocos discos de música andina que un amigo de sus padres había llevado como una curiosidad. Ella fue la única que pareció hipnotizada por los sonidos. Con el tiempo fue buscando sola nuevas referencias, nuevos discos que circulaban en las comunidades sudamericanas en Tokio o grababa temas de un recóndito programa radial o aprovechaba los esporádicos conciertos de artistas peruanos que visitaban Japón. En algún momento tuvo amistad con un inmigrante ayacuchano que terminó de acuñar esa pasión.
Un día, Ayane y su compañero musical, Riuya Aoki, asistieron a un concierto en el Palacio de la Guitarra. Tocaba el maestro Raúl García Zárate y fue como el encuentro con su gurú. Al terminar la presentación, se acercaron al concertista con emoción de discípulos. Ella estaba vestida con su traje de mujer andina, que sorprendió al maestro. Lo saludaron y le contaron de su gusto por ese arte lejano. Incluso le regalaron una grabación casera, con la esperanza de que García Zárate la escuchara mientras regresaba. Antes de irse, Ayane se despidió en quechua:
--Ama qunqawaychu (No me olvides)-- dijo. Y se cumplió.
El canto suena a colores: "Desde lejos he venido/ flor de romero/ solamente por quererte/zambita canela/ corazón de almendra".
Aoki significa 'árbol azul' en japonés. El muchacho, aprovechando la semejanza fonética con su apellido, ha adoptado el nombre artístico de Auki, que significa 'abuelo' en quechua. Alguien podría leer en esa coincidencia el motivo de su carácter tranquilo y sus gustos remotos: aprecia tanto la música andina como la barroca, que ejecuta de oído en su guitarra. En el caso de Ayane Matsuzaki, su apellido significa 'escribir el sonido' y es como si un destino se completara: La música prolongó la vocación de ambos por la pintura.
Riuya Aoki pinta al óleo, Ayane prefiere la acuarela. Él recrea paisajes, ella prefiere los retratos. Se toparon en sus búsquedas musicales hace 16 años y desde entonces han llevado la música ayacuchana por varias ciudades de Japón, incluso antes de conocer el Perú. El encuentro con el maestro García Zárate los convenció de venir. "La música boliviana está más difundida, por la cantidad de emigrantes de allá, pero a mí me gustaba el huaino, el yaraví", reconoce la cantante de ojos rasgados y una extrema amabilidad oriental que se parece tanto a la andina.
Su viaje mítico se realizó en el 2001. Llegaron a Lima solos, con un español incipiente y un quechua cantado, a meterse donde los sonidos andinos los llevaran. Pasaron horas con el maestro, quien les dio referencias y les explicó el sentido de la música. Luego, con sus recomendaciones, partieron al pueblo de las guitarras dolorosas. "Fue muy impresionante", recuerda Ayane, quien además quedó fascinada con la cantidad de iglesias en la ciudad.
En Ayacucho frecuentaron círculos artísticos donde ambos lucían sus conocimientos con solvencia. Si bien surgieron como aficionados, su experiencia ya había tenido pruebas cruciales. La principal, para sorpresa de muchos , es que Ayane se presentó en el famoso Festival de Cosquin, Argentina, con dos temas peruanos que harían resquebrajar la piel a un indolente: "Cuando llora mi guitarra" y "Cruel martirio". "Me gusta la voz de Lucha Reyes, por eso escogí la segunda canción", explica ella. La sorpresa de sus colegas peruanos les ganaba simpatías.
Fue lo que ocurrió en una de sus primeras presentaciones en Lima. Estaban como invitados en un festival de guitarra y no figuraban en el programa. Eran el número sorpresa para un público entendido en el que no faltaban grandes maestros de la música ayacuchana. "Fue una cosa novedosa que gustó mucho al público y cayó bien entre los músicos", recuerda Alberto Eyzaguirre, del Círculo Cultural Tradiciones de Huamanga. Después de esa experiencia, Aoki fue invitado varias veces para acompañar a la estudiantina, como un gesto de buena voluntad que premiaba su esfuerzo. "Le falta depurar su técnica, pero tiene talento", señala Eyzaguirre.
El canto suena hondo: "Desde lejos he venido/ flor de romero/ solamente por quererte/zambita canela/ corazón de almendra".
Ayane luce una falda morada con manta y sombrero típicos. "Me los prestó mi amiga la Princesita de Pampacangallo", comenta. Aoki viste un sobrio terno negro. La sobriedad del traje es signo de su apego a lo tradicional: por estos días volverán a Ayacucho para seguir aprendiendo. Entre tanto, Ayane goza y sufre con lo que canta y el circunspecto guitarrista trata su instrumento como un médium de emociones sonoras. Un día, esperan, las palabras les saldrán perfectas y los sonidos conmovedores como cualquier dúo ayacuchano. Al menos sus ojos ya muestran esa emoción.