Por David Hidalgo
La obra inédita más inquietante de Gerald Elías alude al talento del demonio. Es una novela de misterio acerca de un profesor de violín que, a pesar de ser ciego, en algún momento es acusado de robar un Stradivarius, el instrumento más perfecto de su tipo. La trama se complica, porque también lo acusan de asesinar a un profesor nuevo que seguramente amenazaba su puesto. En el curso de las páginas, que deben correr como una partitura del suspenso, el personaje lucha por encontrar al verdadero criminal. "Pero la historia en realidad trata de la música y lo que la gente hace en esta profesión, que puede ser noble y a veces no tan noble", dice el violinista y director de orquesta. Elías, un hombre de mirada encendida y gestos afables, quería escribir un libro que explicara a sus alumnos todo lo que representaba tocar el violín, pero de manera amena. En el camino, el relato lo llevó a una historia de intrigas y pasiones sonoras. El título que escogió es una clave para conocedores: "El trillo del Diablo".
En realidad se trata de la frase con que se conoce una sonata de Giuseppe Tartini, un compositor italiano del siglo XVIII, cuyos acordes dramatizan las intrigas de la novela de Elías. La pieza, famosa por su dificultad, tiene su propia leyenda: se cuenta que una noche Tartini soñó que el Diablo lo visitaba. Él le pidió que tocara su violín y el maléfico se lució con una pieza para quitar el aliento. Cuando se despertó, Tartini trató de escribir lo que había escuchado. El resultado era tan pobre frente a la melodía del sueño que --de haber tenido otros ingresos-- el compositor hubiera roto su violín. "En alguna parte de la historia los personajes vuelven a la época de Tartini", comenta Elías.
Ha sido una manera de canalizar su propia inquietud por la belleza del sonido. Gerald Elías, concertino de la Orquesta Sinfónica de Utah y profesor de música en la universidad de esa ciudad, tiene una visión casi metafísica de su carrera. Su padre era un oyente apasionado y sus hermanos desfogaron su juventud con rebeldía melódica. "Era casi un requisito para ser parte de la familia", recuerda. Él empezó sus clases de violín a los 8 años y nueve meses después ganaba su primera beca completa en una escuela de música de verano. Y por alguna razón parecida --que ahora él llama suerte-- tuvo su inicio profesional a los 22 años en la Orquesta Sinfónica de Boston, la mejor pagada de Estados Unidos, cuando otros violinistas pelean un puesto así por mucho tiempo.
Cada paso lo ha empujado con naturalidad a nuevos deslumbramientos: "La música no es otra cosa que vibraciones en el aire. Siempre me pregunto por qué ciertas vibraciones hacen que la gente se sienta de determinada forma", comenta. "Es un misterio, un maravilloso misterio".
Elías lo asume de manera divertida. Puede que un día decida mantener en secreto el programa de un concierto para que el público se sorprenda al reconocer las piezas que ha seleccionado cuidadosamente. Así lo hizo en mayo del 2003, durante una presentación benéfica en Salt Lake City, su ciudad. "La audiencia quedará encantada al oír sus antiguas y futuras piezas favoritas saliendo de nuestros sombreros", dijo poco antes, aludiendo al efecto de un mago en su público. Las reacciones que provoca le van a la medida: el crítico de un importante diario de Utah ha escrito de él que "es un músico sublime y excepcionalmente talentoso. Su musicalidad es impresionante y su técnica sin igual".
LECCIONES ARMÓNICAS
De los genios clásicos, el maestro Gerald Elías prefiere a Mozart. "Su música está integrada a la vida. Cuando la interpreto, siento exactamente lo que él quería decir. Es emocionante", comenta. De hecho, una de sus composiciones para cuarteto de cuerdas se titula "Cuando Mozart vuelve del baile a casa" y fue grabada en un disco que ahora figura en el programa de introducción a la música en muchas escuelas de Utah.
Elías tiene una acentuada inquietud por la enseñanza. Alguna vez, a mediados de los años ochenta, tomó un año sabático para irse a enseñar a Japón, Nueva Zelanda y Australia. Ahora, como catedrático en Utah, utiliza todo su ingenio para capturar el interés de sus alumnos, como en la novela de misterio que está lista para publicar. "Cuando un alumno mío da un concierto y sale bien, es mejor que si yo mismo hubiera tocado", comenta. Gracias a ese espíritu, muchos de sus alumnos, ya profesionales, mantienen contacto con él y lo visitan cada cierto tiempo. "Es como tener una gran familia", dice el hombre.
En su casa impera la misma determinación. Su esposa renunció a su carrera como intérprete de viola solo para convertirse en profesora de una escuela primaria. Le fastidió el ambiente competitivo de la música profesional. "Para ella la música es otra cosa, algo para disfrutar", refiere el maestro, quien además tiene una hija que es bailarina de danza moderna y un hijo que es pintor.
En ese ambiente inspirado acogió hace un tiempo a la joven peruana Shadai Flores Arce. Elías la conoció en el 2005, durante una visita a Arequipa. En la clase maestra que tenía programada, escuchó a la muchacha en una notable ejecución de la Sonata en Fa mayor de Hendel. Le dio unas indicaciones para mejorar su técnica y la muchacha captó la idea. Al regresar a Utah, tuvo la idea de ayudarla más: le consiguió una beca en la universidad donde él enseña y le abrió las puertas de su casa para que se alojara. "No fue solo la forma en que ella tocaba. Realmente comprendió lo que yo le quería decir. Estábamos en la misma frecuencia, de otro modo, yo hubiera reconocido su talento, pero no hubiera podido ayudarla", señala el maestro. Bajo su protección, la joven ha podido conocer algunos de los violinistas más prestigiosos del mundo.
En los próximos días, Elías volverá a Arequipa para otro concierto y tendrá ocasión de mostrar los frutos de su vocación: tocará una pieza del repertorio acompañado por esa afortunada alumna, que ahora es una músico tan apasionada como él.
SONIDOS PERFECTOS
Mientras dirige el último ensayo de la Orquesta Sinfónica para su concierto --programado para hoy, en el Museo de la Nación--, Elías da sobrias indicaciones de lo que quiere. En la platea del auditorio hay un grupo de mujeres embarazadas que ha llegado del hospital San José, del Callao. Algunas pocas se quedan dormidas al arrullo de la música, pero muchas disfrutan el momento con un gesto unánime que debe complacer al maestro. Son la prueba de lo que predica sobre los escenarios y en las aulas.
Es el poder de la armonía. "Cuando toco el violín, trabajo duro para conseguir el sonido que quiero. Pero cuando eres director, solo tienes que hacer un leve movimiento y obtienes un sonido tremendo, de ochenta o noventa músicos. Es milagroso", comenta. Ambas experiencias lo ponen en trances distintos pero complementarios. Elías se considera violinista antes que nada, pero, al menos en su caso, la música es un ejercicio total. Por eso asume el reto de la composición con los sentidos abiertos: a la hora de inspirarse no se limita a la música clásica, sino que apela a cualquier género que le transmita algo. Hasta ahora se siente orgulloso de unas doce piezas, la mayoría para cuartetos de cuerdas.
Se inspira en el estudio de su casa, donde guarda su tesoro personal: un violín construido en 1785 por el luthier napolitano Giuseppe Gagliano. Lo obtuvo de una manera imprevista. Recién había ingresado a la Sinfónica de Boston y un violinista estaba probando varios instrumentos. "Yo tenía uno bueno, que todavía conservo, pero él me ofreció uno que le había gustado. Lo probé y era hermoso. Entonces me dijo: "Quédatelo, deberías comprarlo". Otros compañeros que me escucharon tocarlo dijeron lo mismo. Era carísimo, pero lo compré. Y me alegra haberlo hecho porque los violines se valorizan con los años y ahora no tendría forma de pagarlo".
Ha sido otra de esas vivencias fascinantes que agradece a la música. La más cercana a otra que solo se presenta a los más afortunados: tocar un Stradivarius. Él ha podido hacerlo en algunas, siempre pocas, ocasiones. Todavía recuerda la sensación: "Cuando tocas un violín, incluso uno muy bueno, tienes que estar involucrado con el instrumento para hacerlo sonar como quieres. Con el Stradivarius no tienes que hacer nada, es como si el violín por sí mismo estuviera creando el sonido por ti". De ese pálpito está impregnada tanto su novela como su vida: de episodios y electricidades que están más allá de las partituras. Que no tienen explicación ni por las palabras, sino por vibraciones. Que son como el sueño de Tartini con el diablo.
Las gracias de una alumnaElla empezó con el violín a los 4 años. Lo dejó por temporadas, pero esta oportunidad la ha puesto en carrera: le faltan dos años de estudios y ya piensa en la maestría.