Por Ricardo León
En un largo instante de euforia interrumpido por el estruendo de cien matracas en un coliseo cerrado con no tan buena acústica, un pellizcón en el cachete sin previa autorización pudo significar, en los confines de su mundo, una sincera felicitación. Las palabras no importaron mucho. El tiempo que transcurrió entre que Joselyn levantó la mano y jugó con el rostro de Alejandro fue eterno. Los ganadores recién se habían bajado de la parte más alta del podio; habían sido tres las parejas finalistas en el concurso de marinera norteña. Quizá lo que más les gustó a los jueces fue el ritmo. El público prefirió lo inesperado, esos amagos de beso que se dio la pareja antes de dar la vuelta, pañuelos agitados, matracas del público ídem.
Pero eso fue al final. Minutos antes, la nota carismática del Quinto Concurso de Marinera Norteña-Fray Masías la puso la orquesta de niños especiales dirigida por la profesora Eliana Cabello. Una versión abreviada de la marcha de los Héroes del Cenepa, seguida de la marinera "La concha de perla", y el más grande hit de Beethoven --"El himno de la alegría"-- abrieron el marco para una exhibición de baile que solo se calificó numéricamente por cuestiones de protocolo: el espectáculo eran ellos mismos, no lo que hacían.
Ahora, claro, distinto es ver niños especiales haciendo música que bailándola. En ambos casos, sin embargo, el talento es una victoria personal que empieza en casa. Ángel Sánchez (12 años, autismo), uno de los encargados de la tarola con amplio dominio de los teclados, suele acosar cariñosamente a su madre para que le compre una tuba. La madre cariñosamente acosada no sabe de dónde Ángel consigue tantos sonidos, tanta música. Lo mismo que Joselyn Mendoza (14 años, síndrome de Down), que consiguió aprender la teoría de la marinera en la sala de su casa, mirando a su hermana. De ahí a descalzarse y acostumbrar los dedos del pie a curvarse y los dedos de la mano a mover el pañuelo, hubo solo un paso.
En la marinera el diálogo corporal decide si la pareja funciona o no: lo justo es decir que en la pareja ganadora la que llevó las riendas fue Joselyn; Alejandro, orgulloso, le siguió los pasos con un manejo escénico a prueba de matracazos de un público que ni siquiera se preocupaba en ver la puntuación que cada juez tenía en su tablero.
El resto fue un instante fugaz extendido en el tiempo: la premiación, el grito, el podio, las fotos, otro grito, el pellizcón en el cachete como clímax.