La escritura etnoperiodística

Por Jeremías Gamboa

Pese a su escasa difusión y discusión crítica, la obra periodística de José María Arguedas, casi siempre abocada al rescate de las manifestaciones culturales andinas, representa una de las líneas de fuga más significativas de la obra total del autor de El Sexto. Arguedas tenía veintiocho años cuando empezó a escribir laboriosamente unos textos en los que se abordaba "in situ" los cambios de una cultura viva, la andina, mediante una confluencia original de periodismo, literatura y etnología. Pareciera que el joven escritor tenía muy claro que, más allá del propio ejercicio de la ficción y de la participación en el debate académico, un trabajo dirigido a revertir prejuicios sobre una cultura percibida por los sectores privilegiados como "simple" e "inferior" -proyecto que no abandonó nunca- debía apoyarse en un medio de difusión masivo. En su percepción, era necesario mostrar la riqueza cultural en todo su esplendor con el fin de fijarla y preservarla ante el avance de la penetración cultural criolla y transnacional. Este tipo de escritura -que Silvia Spitta llamaría "etnología de urgencia"- no se detendría sino con la propia muerte del escritor.

El cenit de esa producción etnoperiodística, sin duda, es el ciclo de colaboraciones que el escritor peruano sostuvo con el periódico argentino La Prensa entre los años de 1939 y 1949. A través de una serie de entregas seriadas el joven Arguedas ordena, clasifica y presenta con observación rigurosa y un profundo compromiso espiritual y estético, las más diversas prácticas culturales y artísticas de los pueblos de la sierra peruana o de todos aquellos en los que hay una fuerte presencia de carácter qechua. Estos escritos, que en lapso de una década parecen describir de modo indirecto (y algunas veces muy explícitamente) el proceso de construcción autorial que media entre el joven autor de Agua y el ya consolidado narrador de Yawar Fiesta próximo a encontrar el estilo propio de Los ríos profundos, escenifican para nosotros prácticas musicales, artes escénicas, ceremonias religiosas y paganas, costumbres y hábitos fundamentales en la edificación del universo qechua, todo ello a través de una mirada de intacto candor e interés. Han sido reunidos por la viuda del escritor y publicada por Editorial Horizonte bajo el título Indios, mestizos y señores (Anteriormente Ángel Rama los reunió bajo el rótulo Señores e Indios). Bajo una estricta disposición cronológica, los textos parecen configurar ante el lector la cartografía cultural de un viajero que a través de su errancia por Ayacucho, Cajamarca, Cuzo, Puno, Arequipa o Lima, construye laboriosamente la delicada urdimbre de un horizonte cultural de gran nivel estético, vastedad y complejidad.

Parte de la luminosidad de estos textos etnoperiodísticos se explica por el momento personal del escritor que los concibió. Tras su liberación del penal de El Sexto y posterior instalación en el colegio Mateo Pumaccahua de Sicuani, en Cusco, como profesor de escuela, el Arguedas de aquellos años emprende, con la misma fuerza pasional e ilusión, una serie de proyectos complementarios. Su correspondencia da cuenta de un hombre en estado febril: por un lado daba forma a su primera novela, se encendía en atizadas polémicas sobre métodos educativos que llevaba a la práctica en su labor docente, se iniciaba en los misterios del ejercicio fotográfico y en la labor de campo que le exigían los textos que escribia para La Prensa y que le brindaron la maravillosa oportunidad de cumplir una labor similar a la que en otro momento realizara otro consumado viajero, Felipe Guamán Poma de Ayala (El propio Arguedas le dedica un artículo al cronista indio, "Doce meses").

De ello se desprende también la dimensión política de estos textos. Si la experiencia penitenciaria deja en Arguedas el mal sabor de una acción política planteada en términos ideológicos -su representación será fundamental en El Sexto-, la posibilidad de contribuir a la construcción de lo nacional a través de la reposición de lo andino no como una mera abstracción histórica sino en tanto realidad viva y mensurable, parecen galvanizarlo lo suficiente. El viajero que ve al "indio vivo" contrastar, en su percepción, con la actitud de los intelectuales de la generación del 900, de los que Arguedas marca una enorme distancia. "Analizan la historia y reivindican la grandeza del imperio incaico", escribirá de ellos años más tarde en "El indigenismo en el Perú", "pero no se ocupan del indio vivo, marginado de todos los derechos constitucionales republicanos. Lo ignoran".

La manera de revertir esa visión dominante echará de manos tanto del registro científico e imparcial cuanto de prácticas expresivas propias de la literatura, algo que Rowe ha llamado una suerte de "etnología de carácter pasional". En los textos de Indios, mestizos y señores, el tejido textual oscila entre el registro autobiografico propio de las primeras ficciones del escritor -recordemos los cuentos de Agua- y el mas bien impersonal de sus posteriores trabajos antropológicos. De este modo, estos textos exhiben una preponderancia de una tercera persona que incorpora libremente la primera y tambien acoje por momentos un ambiguo y sutil "nosotros". Las mudas se dan de una manera imperceptible y continua. Arguedas pasa, como en la parte final de de su texto sobre "La muerte y sus funerales", de ser de testigo a participante de los rituales y de ser la voz que narra las prácticas a ser "nuestra" propia voz, lo que nos obliga a adoptar posiciones distintas y fluctuantes ante las ceremonias y rituales descritos en el libro.

Los hallazgos estilísticos de estos textos, además, son invalorables. Es revelador descubrir que una de las últimas colaboraciones, "Acerca del intenso significado de dos voces quechuas", publicada en 1948, y en el que el autor urde las digresiones sobre los sufijos illu e illa, es casi el arranque mismo del soberbio capítulo VI de Los ríos profundos, Sumbayllu. Ambas características, la hábil estratagema de apelación al lector y el logro formal, tienen su cénit en el texto "El carnaval de Tambobamba", que culmina con una atenta y sentida descripción de la canción coral que se entona en el momento central de las fiestas: "Una incontenible desesperación despierta ese canto, una tristeza que nace de toda la fuerza del espiritu. Es como un insuperable deseo de luchar y de perderse, como si la noche lóbrega dominada por la voz profunda del río se hubiera apoderado de nuestra consciencia (.) Es un desenfreno de tristeza y de coraje. Toda la esencia del vivir humano agitada con ardiente violencia en todo nuestro mundo inferior sensible" (119).

Escuchar al propio Arguedas cantar ese tema en los discos que la Escuela de Folklore, que lleva su nombre, ha editado y leer al mismo tiempo este texto puede ser uno de los acercamientos más intensos al universo andino en general y al arguediano en particular. Allí parece sostenerse que hay zonas de experiencia irrepresentables en un texto. El dolor del canto que refiere la pérdida de un campesino en las aguas torrentosas del río es referido con hondura por Arguedas en su escritura, pero una zona solo parece ser transmitible a través de las modulaciones de su voz desgarrada y por momentos en trance. Para decirlo con los términos de Martin Lienhard, es como si ante las limitaciones de la "huella" escritural, solo la materialidad de la "voz" puede referir aquello que las condiciones y el talento de Arguedas le impusieron representar.