Arguedas y Roa Bastos, una introducción

Por Claudia María González

Las novelas Los ríos profundos (1958) e Hijo de hombre (1960), de José María Arguedas y Augusto Roa Bastos, son muestras poco comunes del genio literario de dos grandes escritores latinoamericanos, con raíces indígenas e hispánicas, uno peruano y el otro paraguayo.

La valoración de las obras de Arguedas y Roa Bastos ha sido objeto de encuentros y desencuentros críticos, lo que revela, en parte, no sólo la complejidad de las mismas sino también el espíritu profundo que las anima. Un espíritu-río que "corre entre bosques negruzcos y mantos de cañaverales que sólo crecen en las tierras quemantes" (Los ríos profundos), cuya voz despierta en la memoria del viajero "los primitivos recuerdos, los más antiguos sueños" (Los ríos profundos). Un espíritu-río al que Macario Francia evoca al explicar la esencia del ser humano y, creemos, la perspectiva de Roa Bastos con respecto a su compromiso como escritor: "El hombre, mis hijos -nos decía- es como un río. Tiene barranco y orilla. Nace y desemboca en otros ríos. Alguna utilidad debe prestar. Mal río es el que muere en un estero." (Hijo de hombre).

Lo que llama la atención en ambas obras es la dualidad antagónica que se narra desde una escritura en la que se produce la fusión de raíces, lo indígena y lo hispánico, vitales, divergentes y complementarias que nos traducen, desde dentro, la posibilidad de un proyecto común.

Escribir "desde dentro", significa, por lo tanto, escribir desde la consideración de un "otro" incluido, desde el respeto de su diversidad. y desde la reivindicación de los que habitan los márgenes y que pueden hacer el milagro de lo nuevo. Arguedas y Roa Bastos asumen la utopía de lo posible. Es decir, la unidad de lo antagónico y la inclusión del "otro" en una sociedad en la que se acepta que existe un proceso de occidentalización impostergable y se entiende que este proceso no necesariamente implica que los pueblos renuncien a sus valores ancestrales.

Por lo tanto, narrar "desde dentro" de lo indígena e hispánico implicará escribir desde las trincheras de la transculturación. Y, en este sentido, debemos entender que el concepto de transculturación se refiere a esa capacidad que tiene Arguedas de "asimilar las técnicas narrativas 'occidentales' de los siglos XIX y XX, sometiéndolas a una transfiguración acorde al marco histórico-cultural del mundo andino y el Perú de todas las sangres" (González Vigil). De igual manera, para el caso de Arguedas y Roa Bastos, al pensar en el concepto de transculturación debemos considerar el mismo se refiere a "un fenómeno exitoso de traducción cultural. Se trata de una especie de 'interpelación inclusiva' que aspira a la formación de un nuevo proyecto nacional muy diferente al paradigma 'civilización-barbarie' que había dominado la producción latinoamericana durante el siglo XIX y los inicios del XX" (Vich).

Arguedas, nacido en Andahuaylas y proveniente de una familia de hacendados, desarrolló desde pequeño sólidos lazos con los indígenas, lo que lo motivó a aprender la lengua y asimilar con profundidad la cultura quechua. Roa Bastos, por su parte, también es un escritor cuyo universo está escindido y marcado por la dualidad entre lo indígena y lo hispánico. Nacido en Asunción, desde niño vivió con su familia en Iturbe donde aprendió a convivir con lo guaraní, aprendió la lengua e hizo suyas las tradiciones de esta cultura.

Por lo tanto, para ambos escritores el ejercicio de lo literario se traducirá en el trabajo minucioso de la expresión de un universo transculturado, sobre el que se articulará la formación de un concepto nuevo de lo nacional. La escritura representará ese deseo vital de retratar al otro "desde dentro" e intentará plasmar la autenticidad de esa diversidad que constituye y nombra a nuestras naciones.

Arguedas y Roa Bastos intervienen de manera creativa para expresar, a través de la literatura, ese compromiso asumido frente a la problemática nacional. Una problemática que se identifica con la alucinante visión de una tragedia colectiva que por muchos años ha enfrentado a explotadores y explotados, a blancos e indios, a masculino y femenino, a centros y márgenes, a costa y sierra, a ciudad y campo. Víctor Vich diría: "Arguedas entendía a la literatura como una intervención creativa y nunca como un mecánico 'reflejo' de la sociedad. En ese sentido, su voluntad de escribir fue, en efecto, su verdadero acto político: su necesidad de comenzar a construir otro país y formar una nueva conciencia nacional". Y esto es perfectamente aplicable también a Roa Bastos, un escritor paraguayo cuya palabra atenta contra las estructuras de poder que generan relaciones diglósicas, siempre en detrimento de los de abajo.

A manera de conclusión, podríamos, entonces, considerar que tanto la escritura de Arguedas como la de Roa Bastos asumen un sentido de denuncia no tanto de las causas cuanto de los efectos de la alienación del "otro". Mediante ella, expresan sus ideas con relación a esa problemática de lo nacional que se identifica con la alucinante visión de una tragedia colectiva que durante años ha visto enfrentarse a costa y sierra, ciudad y campo, centro y margen.

Arguedas y Roa Bastos escriben "desde dentro", desde esa multiplicidad de lo nacional que nos revela la complejidad de nuestros países en los que antagonismos innegables no diluyen, sin embargo, la posibilidad de la inclusión del "otro" en la instauración de un nuevo concepto de nación, sustentado por principios que reivindican la dignidad y la validez de los movimientos sociales contra los diversos autoritarismos de vieja y nueva estirpe.

Arguedas: la literatura como viaje
Por Gabriel Icochea Rodríguez
La obra de José María Arguedas parece recorrer el camino de una complejidad creciente. De los relatos iniciales (Agua o Diamantes y pedernales), en los cuales el espacio social se divide entre indios y gamonales, a la diversidad de voces en un Chimbote industrial en El Zorro de arriba el zorro de abajo, hay un margen muy grueso. Esta transformación fue observada oportunamente por Antonio Cornejo Polar y suscrita por otros intérpretes como Alberto Flores Galindo.

Dicho tránsito parece repetirse sin descanso desde otros enfoques. Es además un paso de lo rural a lo citadino, de la feudalidad a una incipiente industrialización, de lo homogéneo a lo diverso. El español empleado por el escritor refleja bien estos cambios: de unos relatos salpicados de quechuismos hasta el español popular de los suburbios en los Zorros.

El trayecto puede ser visto como un encuentro con el mestizaje que aquí equivale -según sea la lectura- a una solución o a un completo fracaso. Un fracaso que abarca los dos lados, tanto el artístico como el personal. Arguedas constantemente incomprendido como hombre de dos mundos no logra adaptarse del todo a ninguno de estos y el mestizaje, además, no es el fin social de las contradicciones. Y al revés: es probable que la solución final sea un mestizaje con otras reglas.

En el tipo de modernidad naciente no somos mestizos porque se hayan suprimido las tensiones y las desigualdades; sino porque han surgido otras desigualdades, otras diferencias y otras violencias. Por eso, el Chimbote de El zorro de arriba y el zorro de abajo parece un espacio atravesado por la violencia. No es la agresividad individual de las personas aisladas; es la violencia de la modernidad. Es la brutalidad que se impone en los inicios de toda industrialización. Surgen las discriminaciones basadas en la lógica instrumental del capitalismo. En Chimbote como ciudad prostibularia no solo están en venta las prostitutas ni las relaciones de injusticia se reducen a clases sociales con intereses económicos contrapuestos.

En el tercer diario de El Zorro de arriba y el zorro de abajo, el autor habla de la imposibilidad de seguir escribiendo por una falta de cultura de la ciudad. El autor que ha emprendido la aventura de hacer una gran novela debe detenerse ante el desconocimiento porque, por lo demás, él es conciente de que su valor radica en un aspecto documental. Arguedas empieza a escribir para corregir la visión sobre los indios que formularon en el pasado autores como López Albújar o Ventura García Calderón. Es una visión documentalista y realista de la literatura.

Pero es comprensible captar la obra de Arguedas como un recorrido en torno a la función del acto creativo. La escritura cumple un rol purificador. Más allá del tópico vargasllosiano de la escritura como una liberación de los demonios, la literatura en el caso de Arguedas pasa a convertirse en un baremo de la vitalidad: estamos vivos mientras podemos escribir. Arguedas comprueba que su vitalidad ha colapsado en la medida en que ya no puede escribir. Ese es el testimonio de los diarios en El zorro de arriba y el zorro de abajo. Este viaje directo a la muerte se ha testimoniado en los diarios de los Zorros de forma meticulosa, como una línea con ondas. El autor no está convencido de la opción suicida, lo embargan las dudas acerca de la elección de un método que lo libere del dolor. Las contramarchas son un recorrido por una paulatina extinción de sus fuerzas.

Este es el punto, sin duda. La obra de Arguedas es un viaje. Un viaje a la tradición, al floclor, es decir, un viaje al pasado; un viaje a un futuro poco diáfano que podría ser el ideal socialista; un viaje a las mezclas étnicas y raciales; un viaje al proceso de autoextinción por abandono creativo, a una modernidad traumática.

La condición del viaje permite una visión más versátil de lo representado. El viaje revela que Arguedas no se dogmatizó. Sus bocetos sociales se hicieron más complejos, fueron abandonando poco a poco la simple lógica de la victimización. El viaje revela, además, a un autor que se interna en los demonios de la interioridad y que no se hace concesiones, y finalmente, acaba con su propia vida.