Laberinto sin salida

Zodiac

Por Ricardo Bedoya

Zodiac, de David Fincher, es una película opaca, irresuelta, de exposición morosa, analítica, lenta, que apunta a líneas dispares del cine criminal pero sin afiliarse a ninguna. Pero esas características no son limitaciones; al contrario, le dan singularidad a este filme que parece llegado de otra época. Llegado de los años setenta, tal vez, cuando algunas películas norteamericanas se podían dar el lujo de ser reflexivas, informativas, maduras y se alejaban de esos estándares de emoción que son camisas de fuerza hoy. Los antecedentes de Zodiac hay que buscarlos en algunas películas de Alan Pakula, Sidney Pollack, Francis Coppola y, sobre todo, Sidney Lumet, apasionados por el tema de la investigación más allá del deber y de las posibilidades racionales de éxito, y enganchados con el asunto de la paranoia, de la observación permanente, de los laberintos de la verdad y las apariencias, de la amenaza criminal que lo contamina todo y de la sociedad como panóptico, construida con el dispositivo de una mirada omnipotente en la que todos se vigilan sin conocerse.

LA INVESTIGACIÓN COMO LABERINTO 
Y es que Zodiac, como La conversación, de Coppola, o Los tres días del Cóndor, de Pollack, The Parallax View de Pakula, The Anderson Tapes y, luego, El príncipe de la ciudad, de Lumet, es heredera del gran cineasta de la culpa difusa, de la verdad esquiva, de los mensajes cifrados, de las ciudades asoladas por el miedo, de la investigación como un laberinto en el que los indicios rebotan y se desvían como en una sala de espejos: de Fritz Lang.
Como en el Lang de Mientras la ciudad duerme o Más allá de una duda razonable, en Zodiac no importan las conclusiones ni el "whodunit" (la resolución final, con la identificación del culpable), sino la trayectoria, el camino, esa dramaturgia hecha de hipótesis que se reformulan, de conversaciones que dan materia y textura a la película, y de pistas que llevan solo a otras pistas. Es un recorrido mental, no físico, en el que priman lo discursivo y lo temporal. La película se extiende porque debe hacerlo, sea para hacernos compartir los vericuetos de la pesquisa o para señalar los cambios de la sensibilidad ciudadana frente a los crímenes y la presencia de Zodiac: del terror se pasa al aprovechamiento mediático, a la construcción de la mitología del asesino serial, al desgaste de la investigación, a la insistencia obsesiva del periodista, al olvido colectivo, a la memoria que se diluye. Zodiac es también una película sobre un trauma social y sobre el modo en que lo procesa el tiempo y la historia; una docu-ficción o una ficción documentada, a la manera de un dossier, sobre la ciudad de San Francisco, sobre su duelo y miedo iniciales y las heridas dejadas por un asesino que, para la mayoría, acaba convertido en un personaje de ficción, un villano psicópata y enardecido, una amenaza imaginaria: el Scorpio enfrentado a Harry el sucio en la gran película de Don Siegel con Clint Eastwood. Las dos horas cuarenta de duración de Zodiac forman parte de la extensión del laberinto y dan cuenta de la dificultad o imposibilidad de salir de él.

LA AUSENCIA DEL THRILLER
Zodiac se asienta sobre la ausencia de suspenso, que es la materia prima del thriller. O, mejor, sobre la decepción de las expectativas del suspenso. David Fincher dinamita el clima de sórdida amenaza que fue la marca de Pecados capitales (Se7en), su película más conocida. Allí dio su examen virtuoso de montaje tenso, fotografía desaturada y metálica y clima de miedo casi apocalíptico. Era una película de género, así como Zodiac rechaza el género y las clasificaciones. El tratamiento de los asesinatos, con relación al resto de la acción, es ejemplar al respecto. Los ataques de Zodiac son breves, acotados, filmados con un sentido de lo ineluctable que apunta a la tensión dramática pero no al suspenso: la única expectativa es la de saber en qué momento apretará el gatillo el asesino ya que el crimen mismo es la conclusión conocida. Ni la fotografía juega con las sombras de la amenaza; todo es equilibrado, medido, directo, con la luminosidad de la que carecen los indicios y los jeroglíficos del criminal. Y, luego, no siguen las consabidas escenas de frenesí policial y caza al hombre. La película se encierra entre las oficinas del diario u otros espacios para cotejar pruebas, hacer suposiciones, discutir el impacto de lo que pasa afuera, volver a fojas cero y recomenzar.
Se cancela la posibilidad del thriller para jugar con las variaciones del drama ambientado en una redacción periodística, el filme de investigación destinada a sucumbir en una montaña de signos e informaciones contradictorias o la película que recrea una época -sobre todo los setenta- hasta el punto de asimilar los rasgos de estilo del cine de entonces. Zodiac está más cerca de Serpico o de Todos los hombres del presidente que de Copycat o de Pecados capitales.

Fincher y su guionista James Vanderbilt retoman la figura de Zodiac como un signo de esa época, de fines de los sesenta y los setenta, pero para detectar síntomas de un malestar actual, el del terror agazapado, incierto, cifrado, causante de las reacciones paranoicas de protección a la seguridad colectiva. Zodiac es un signo de interrogación y un misterio permanente.