Rincón del autor: ¿Números o poesía?

"La medición trae un orden desapasionado y meritocrático. Pero nuestro espíritu exige que sigamos valorando la poesía de un gol de chalaca"

Por Richard Webb

Desde la infancia nos enseñan a usar la regla, inocente instrumento escolar, para trazar líneas rectas y medir distancias. ¿Será que su nombre y propósito encierran el mensaje más hondo del reglaje? El mensaje es aun más directo en el idioma inglés, donde la regla escolar es 'ruler', o sea, el rey. En la escuela, la poesía espontánea del niño se choca con la disciplina de la vida civilizada, cuyo instrumento más poderoso es la medición.

Cuando la riqueza principal era la gente, empezaron los censos. Para el rey, cada habitante era un potencial contribuyente, soldado u obrero en el trabajo forzado. El primer censo que se conoce habría sido el de Babilonia hace casi 6.000 años. En la China, Confucio editó un manual para el conteo de gente. Los romanos censaban cada seis años y, según San Lucas, fue el censo de un gobernador romano de Palestina el que obligó a José y María a regresar a Belén en vísperas del nacimiento de Jesús. El control político de los incas descansaba tanto en su capacidad guerrera como en la base de datos que llevaban en sus quipus.

La medición ha sido siempre un instrumento de control, pero lo de antes palidece en comparación con la erupción numérica de hoy. Poco a poco, sin darnos cuenta, nos envuelve y nos encierra una nube de números. Hoy es difícil sentarnos frente a un buen almuerzo sin contabilizar calorías. Toda opinión política se precisa en números. Las empresas evalúan a su personal y se someten a las mediciones de los ISO y de los certificados verdes. Las universidades, antes islas de autosuficiencia, ahora corren para ser certificadas en el extranjero. Marcamos a los políticos con los niveles de aprobación. Escuchar o leer las noticias es someterse a una avalancha de cifras de temperatura, bolsa, logros deportivos, encuestas, peligros ambientales, inversiones, votaciones, y rátings crediticios. Es con números que conocemos la condición social de cada distrito del país: su grado de pobreza, desnutrición e Índice de Desarrollo Humano.

Ya no solo el gobernante usa los números para controlar. La democracia se logró justamente poniendo los números de la votación al servicio de las mayorías, las cifras electorales fueron el instrumento de su triunfo, y la democracia se defiende con estadísticas de opinión y de niveles de transparencia, de corrupción y de eficiencia administrativa que publican diversas ONG, pero también entidades como las Naciones Unidas y el Banco Mundial. En el Perú nos resistimos a la invasión disciplinaria de los números. Recientemente, hemos sido testigos de una manipulación de evaluaciones para el Tribunal Constitucional y de la resistencia de los maestros a ser evaluados. Las autoridades descuidan la buena estadística y la población en general acepta de mala gana los llamados de la puntualidad, a las velocidades de tránsito, y a los concursos basados solo en los puntajes y no en las relaciones.

Lo bueno, pero también lo malo, de los números es que matan la poesía. La medición trae un orden desapasionado y meritocrático. Pero nuestro espíritu exige que sigamos valorando la poesía de un gol de chalaca, de la sonrisa de un cliente poco rentable pero agradecido, de un héroe que pierde la batalla pero gloriosamente. El comunero hace caso omiso a su ráting de pobre extremo y se manda con una fiesta donde se derrochan fortunas en vestimentas, música, comida y trago. En esas locuras del alma puede estar la receta para sobrevivir la disciplina aritmética sin ser encarcelados por los bancos de datos y sin perder la poesía de la creatividad humana.