Domingo, 16 de abril de 2006
Cine: Match Point
La suerte perversa. El pequeño hombre de Manhattan se muda a Londres para narrar un cuento moral sobre la culpa, la impunidad y la suerte, que no tiene moral. Woody Allen cambia su balcón sobre Central Park por unos ventanales sobre el Támesis y desde allí, en plan de entomólogo, se dedica a observar el comportamiento de los ricos y ambiciosos, de los plebeyos y arribistas, de los de arriba y de los que quieren llegar desde abajo y mantenerse en la cúspide.

Match Point es companion piece de Crímenes y pecados, la película que Allen hizo en 1989. En ambas se mata por pasión, pero también por miedo y lucro, para mantener un estatus. Pero si en Crímenes... el ojo de Dios lo vigila todo y hace que la culpa sea insoportable para el victimario, en Match Point los designios de la responsabilidad personal son impuestos por el azar, por el golpe de los dados, por la trayectoria de una pelota de tenis o de ping pong sobre la net. Match Point es la versión laica, amoral, escéptica y cínica de Crímenes y pecados, que sigue siendo, junto con Manhattan, una de las mejores cintas del director.

Lo más atractivo de Match Point es el ángulo de la mirada de Allen. El neoyorquino cruza el Atlántico para recrear un mundo social de rigidez extrema y pactos de conveniencia, que conoce muy bien por su apego a la literatura clásica inglesa. De allí toma la idea del extranjero pobre que se fascina con las luces de la ciudad y se envuelve en la hoguera de las vanidades. De Tom Jones a Barry Lyndon, los personajes del aventurero y el arribista están en el centro de novelas británicas que también son crónicas del ascenso social. La mirada "plebeya" de Woody Allen sigue, con una mezcla de curiosidad y complicidad, desde arriba, para abarcarla mejor, la trayectoria de Chris (Jonathan Rhys Meyers), el irlandés que se ajusta a su nuevo medio social después de probar su suerte enseñando técnicas de tenis y casándose con Chloe Hewitt (Emily Mortimer).

Luego de cambiar la ligereza del jazz de New Orleáns por la gravedad de la ópera como música de acompañamiento, Allen describe estereotipos. La familia Hewett protege a los hijos hasta sofocarlos y el padre, apenas lo mira, descubre en su yerno Chris a un financista en potencia que hará feliz a su hija. Las partes más débiles de Match Point se encuentran en la descripción de esa familia descrita con trazos gruesos, que dice lugares comunes, se mueve en ambientes de supuesta sofisticación cultural, y chirría en medio de la supuesta gravedad de las situaciones y la opacidad de la fotografía.

Saltada la valla familiar del matrimonio con la heredera y de la complacencia familiar o del clan, aparece un nuevo personaje: Nola, la inquietante e irresistible Scarlett Johansson, que arrasa con Chris, lo somete y seduce. El problema es que Nola es novia del cuñado de Chris y eso pone en cuestión todo su plan personal y familiar. Conforme avanza la historia, la película acentúa un tono cada vez más sombrío y dramático. El patético pero afortunado arribista se convierte en un personaje sacado de Ambiciones que matan, la adaptación de la novela Una tragedia americana de Dreiser.

¿Pero es Match Point dramática de verdad o es, acaso, un relato cínico de apariencia grave y final sardónico? ¿Actúa Woody Allen como el Hitchcock de Frenesí, que convertía el crimen en un revelador de tensiones sociales y conyugales tan grotescas como cómicas? ¿Las óperas de Verdi hacen las veces de atmósfera solemne o de contrapunto irónico a las preferencias de Chloe por las obras de Andrew Lloyd Webber?

Match Point es una película perversa. Nos hace desear el triunfo social y económico de un personaje sin escrúpulos, a la vez que nos lleva a admirar su gran departamento y su relación con la espléndida Johansson. Nos identifica con sus crímenes y pecados, aun con los peores, y nos hace testigos de los límites que franquea su ambición. A pesar de eso, sentimos cierto escalofrío ante la posibilidad de que lo descubran y atrapen. Al final, la película nos tranquiliza con la imagen de la familia acogiendo a su nuevo miembro, que recibirá como herencia la suerte del padre.

Es decir, el drama cargado y siniestro es un chiste malvado que descubre a Woody Allen jugando al dramaturgo fallido: los fantasmas de los personajes que suprimió le reclaman al asesino su torpeza al eliminarlos; es decir, impugnan el guión y le piden sensatez y verosimilitud. Mientras tanto, los policías que investigan la historia -nunca Allen fue tan hitchcockiano- debaten sobre la realidad y la mentira del caso tratando de darle a la película un final de lógica dramática y sanción moral tradicional, con el consabido castigo al culpable. Final imposible, porque la suerte no tiene lógica ni moral.



Ricardo Bedoya



¿Qué temas urgentes, en materia económica, debería resolver el próximo Presidente del Perú en los primeros 100 días de su mandato?
4 Envíe su opinión


Copyright Empresa Editora El Comercio S.A.
Derechos reservados
Contáctenos

Edición impresa