Domingo, 17 de setiembre de 2006
Nuestro cercano (lejano) oriente
El mundo de los asháninka. Casi cuarenta años después de su primera edición, el Fondo Editorial del Congreso reedita La sal de los cerros del historiador y antropólogo peruano Stefano Varese, un libro capital de los estudios sociales peruanos, que marcó un hito en las investigaciones sobre nuestra amazonía y sus poblaciones originarias.

Por Jorge Paredes

La historia tradicional peruana suele ser una historia incompleta: atrapada con frecuencia entre los Andes y la costa, ha dejado fuera de su radio de acción a esa selva inexpugnable, cuyas poblaciones, para muchos, todavía están inmersas en un espacio anacrónico, lejos de la modernidad, del progreso y del mercado, por lo que historiar sobre ellas resulta poco menos que exótico. En 1968, cuando apareció la primera edición de La sal de los cerros, esta premisa todavía era más pesimista, y se dudaba incluso de si estas etnias estaban conformadas realmente por personas con derechos y deberes.

En este escenario, marcado además por la irrupción de las guerrillas marxistas, este libro escrito por un hijo de inmigrantes italianos, ferviente seguidor de Gramsci, descubrió al mundo académico nuestro cercano y lejano oriente, la tierra que circunda los márgenes de los ríos Apurímac, Ene, Perené, Tambo y Alto Ucayali, así como el Gran Pajonal y la orilla derecha del río Pachitea. El territorio de los asháninka, entonces conocidos como campa.

Las dos casas

¿Quiénes eran estos extraños hombres y mujeres que cada cierto tiempo cumplían una especie de peregrinación al cerro de la sal, ubicado en el Gran Pajonal, de donde tomaban un insumo para ellos sagrado? El trabajo de Varese fue una revelación. Los campa-asháninka reproducían un sistema de vida que los hacía resistir desde por lo menos cuatro siglos la invasión occidental, multiplicándose por la selva en un territorio de más de 100.000 km2.

Los capítulos más interesantes de La sal de los cerros son precisamente los referidos a la vida familiar campa-asháninka y a los efectos que tuvo en esta población la rebelión de Juan Santos Atahualpa en el siglo XVIII.

Los asháninka se dedican al cultivo de yuca y en menor medida a la caza y la pesca. Las tierras del Gran Pajonal no son aptas para una agricultura sostenida, por lo que cada cierto tiempo, ellos deben cambiar de lugar de residencia, levantando una nueva chacra en el espesor de la selva. Muchas de estas tierras con el tiempo fueron dadas a colonos, en la creencia de que estaban "abandonadas". Cada familia tiene dos casas: la intómoe y la kaápa. La primera es la de los hombres solteros y de los huéspedes, mientras que la segunda es la casa femenina, donde vive la familia nuclear, donde se cocina y se duerme. El hijo varón vive en esta casa hasta la pubertad y luego pasa a la kaápa, desde donde saldrá a cazar, a realizar actividades comerciales y sobre todo a buscar compañera. Este cambio a veces es traumático. Varese cuenta que un muchacho le narró que lloró durante muchas noches, solo, rodeado por la oscuridad de la selva. El matrimonio asháninka pasa por un periodo de prueba, donde el varón "presta servicios" en la casa de los padres de la futura esposa. Solo si la unión se consolida, le será permitido formar su propia kaápa. Por eso, para una familia asháninka es importante engendrar hijas mujeres, que traerán yernos a la casa; en cambio los hijos varones son siempre móviles.

El dilema de la inclusión

Por siglos, los cronistas creyeron que los asháninka no tenían religión porque, a diferencia de otros pueblos, no exhibían grandes ritos paganos. Varese descubre en ellos un "sentimiento mesiánico" que desde los tiempos iniciales los impulsó al intercambio de bienes con sus pares y otros pueblos en la creencia de que este flujo satisfacía a un dios que algún día vendría al mundo a restablecer el orden, alterado por la presencia de los viracochas (blancos) y chori (mestizos).

Obviamente que La sal de los cerros no vislumbró que dos décadas después los asháninka serían protagonistas de un terrible fuego cruzado en el corazón de la selva central (se estima que por lo menos unos cinco mil de ellos fueron asesinados por las huestes senderistas). Sin embargo, sí intuyó que para estas poblaciones amazónicas cada vez el cerco se angostaba más.

Al final, se incluyen dos apéndices y cuatro ensayos que colocan el estudio de Varese (catedrático y director de estudios indígenas en la Universidad de California) en el debate actual: ¿Es necesario incluir estas poblaciones en el proyecto de la modernidad o es mejor reconocerlas y respetarlas como tales? ¿Una cosa excluye a la otra? ¿Ha funcionado la integración de estas etnias o solo las ha destruido y proletarizado? El debate de fondo de La sal de los cerros sigue abierto.



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