El ilusionista
Por Ricardo Bedoya
El ilusionista es una película de perfil bajo que descubre a Neil Burger -éste es su segundo filme- como un director hábil, narrador seguro, notable creador de atmósferas, ilusionista él mismo.
La cinta cuenta la historia del mago Eisenheim, encarnado por Edward Norton, que hechiza a los públicos de la mítica Viena de fines del siglo XIX y comienzos del XX. Experto en ilusiones imposibles y desafiantes, Eisenheim es más un hombre frágil que un mago todopoderoso. Y es que El ilusionista no es un espectáculo de trucos logrados con técnicas sofisticadas y mil efectos especiales; es más bien una historia romántica, en la línea que impone el tiempo y el lugar en que se ambienta la historia. Enamorado de la prometida de Leopoldo, el príncipe heredero del Imperio Austro-Húngaro, Eisenheim camina por Viena con el peso de su amor imposible y al ver su languidez no podemos dejar de pensar en los amores desgraciados de las películas de Max Ophuls y los relatos de Arthur Schnitzler o de Zweig.
El ilusionista está filmada con un estilo llano, tradicional, anticuado acaso, con sabor a vieja artesanía fílmica, de esa que recupera anacronismos como los "cierres en iris" (el diafragma oscuro que va cerrando en círculo la imagen), los saltos al pasado en sepia, los recuentos de hechos expuestos con un montaje vertiginoso, como en las viejas películas de la Warner. Los trucos de magia están basados en los viejos y fantasmales procedimientos de la sobreimpresión y disolvencias, al uso ya en los días de Georges Méliés. Todo transcurre entre tonos ocres y marrones y la cinta tiene un toque ingenuo de romanticismo "fin de siècle". Neil Burger le da a su película el tono añejo del cine silencioso de los inicios, del que se veía en Viena en los años en que transcurre la acción, con sus imágenes intermitentes y sus sombras engañosas. En una secuencia de la cinta, algunos tratan de explicar los poderes del mago a través de las potencias del cine naciente. Se equivocan de hipótesis pero aciertan en la comparación: todo es un asunto de ilusión.
Porque de eso trata la película, del mago como gran guionista, escritor de puras ilusiones, y proyección del director. Por amor, Eisenheim pasa de deslumbrar a desafiar, y después a retar, y de allí a enfrentarse al orden establecido y a denunciar al poder criminal que llegará al trono. Cuanto más enamorado está, más subversivo se torna (la secuencia de la espada Excalibur es la mejor de la película) y sus trucos se hacen más fantásticos. Y conforme eso ocurre, la película va cambiando de registro: el drama romántico adquiere tintes trágicos y el tratamiento de la cinta pasa a ser el de un filme fantástico. De la improbabilidad física de una ocurrencia (hacer crecer un naranjo delante del auditorio) pasa a convocar seres del más allá, de presencia corpórea, y todos lo aceptamos, a lo que ayuda la música de Philip Glass. Quien acepta una ilusión como cierta, las acepta todas: eso lo saben el mago Eisenheim y el director Burger, que radicalizan sus recursos al final y apuestan todo a la suspensión de la incredulidad. Son uno y el mismo.
Los actores Edward Norton y Paul Giamatti están formidables, sobre todo Giamatti haciendo de policía racionalista que descree de la magia. Es el súbdito de un imperio decadente y el limitado funcionario que mira con envidia a ese mago que parece sobrehumano. Giamatti tiene algo de patético en su impotencia para entender las reglas esenciales de la ilusión. Al final, su personaje se vuelve central. Sus gestos conclusivos de sorpresa, angustia, impotencia, desesperación, risa loca, todo a la vez, lo muestran como un actor de expresividad facial notable y abren una pista de sentido para la película: lo real y lo imaginario se mezclan en su cabeza y, por una vez, disfruta del placer de haber sido embaucado por el mago o de haber descubierto, por sí mismo, el mecanismo de la ilusión, o acaso de estar inventándolo ahí mismo. Un final digno del Joseph L. Mankiewicz de Cinco dedos o Juego Mortal (Sleuth).