Viernes, 20 de abril de 2007
Cine: Cuento de alienación cotidiana


El custodio

Por Ricardo Bedoya

Después de Escondido, se estrena otra película sobre el mirar y el ser mirado. El custodio, del argentino Rodrigo Moreno, registra con todo detalle el comportamiento del guardaespaldas de un ministro. Es el retrato de trazos mínimos de un personaje que parece haber borrado su propia opinión, su capacidad de reacción y hasta su identidad. Una historia de alienación cotidiana.

La película es un ejercicio conductista: al protagonista lo vemos esperar, fumar, colocarse el chaleco antibalas, cargar y descargar la pistola, mirar el mar, estar siempre al margen, seguir esperando. Lo conocemos por su cuerpo, sus movimientos, su volumen, su estatura, y algunos gestos. No por lo que dice, ya que dice muy poco. Moreno pone al figurante como personaje principal y describe al guardaespaldas desde el exterior, el invariable exterior.

Imperceptible y omnipresente

El custodio es un personaje que no aspira a nada, no desea nada, no pretende nada. Podría haber sido el hombre que nunca estuvo si es que su presencia no fuese a la vez evanescente, casi imperceptible, pero también omnipresente. Y Moreno le da forma visual a la paradoja del individuo que siempre está allí sin que nadie lo mire o le haga mayor caso. Al custodio lo vemos a menudo al borde del encuadre, o enmarcado tras el umbral de una puerta, o reflejado en un vidrio, o alineado al medio de un corredor burocrático, o inmóvil contemplando la vida de los otros. Siempre al filo del segundo plano. Con el encuadre siempre quieto, los lentes lo aplanan, la cámara lo ve desde lejos o desde arriba, y la imagen lo desenfoca.

Rodrigo Moreno filma con seguridad. Sabe crear tensión con los tiempos que se alargan, con las conversaciones banales, con la sensación de estar viendo los movimientos del poder desde la trastienda. Los colores de la película, privados de todos los matices cálidos, le dan un aire opresivo al conjunto, al igual que la ausencia de música de fondo, que sólo aparece en la imagen final. El sonido del resuello del custodio, bajo de volumen, escuchado casi como un silbido, nos recuerda el punto de vista narrativo del filme, tamizado por la mirada de este hombre que parece indiferente a las humillaciones diarias.

Mirar al notable actor Julio Chávez haciendo de Rubén, el custodio, es como darle contenido al vacío. Lo que sabemos de él lo dice su estolidez, su lentitud, su rigidez. Pero también son expresivos algunos gestos que recuerdan que, a pesar de todo, ese hombre existe: la incomodidad frente al discurso de su hermana perturbada; la mirada hacia la hija del ministro (la única mirada intencionada y libre del personaje); la violencia de los celos frente al pasajero indeseado; la actitud de paciente "caballero" con la prostituta. Esos son los detalles que nos informan que la cuerda se tensa y que debe romperse en algún momento.

Menos convincentes son los momentos familiares o personales del custodio. Las situaciones con la hermana insistente, la sobrina cantante y la madre de la prostituta resultan apoyadas, enfáticas, ejemplares de ese mundo patético y grotesco que rodea al personaje principal, que vive su propio infierno aquí y allá, en el ministerio y en su casa, sin escape alguno. Como si el mundo del trabajo de Rubén no fuera lo suficientemente sórdido para explicarlo todo. La escena decisiva del filme tampoco es lograda. Se la siente abrupta, calculada, puesta allí para crear un choque emocional que contradice el ascetismo, la distancia, la fría y seca cualidad del resto de la película.


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