Domingo, 15 de abril de 2007
Cine: Cierta timidez musical


Soñadoras

Los seguidores a ultranza de la "política de los autores", es decir, aquellos creyentes de la importancia de la presencia de la firma o huella del director hasta en el último destello de la imagen fílmica, siempre han tomado con desconfianza las decisiones de los gremios norteamericanos de reconocer por separado los méritos de la dirección y los de la película.

Así, la Academia de Hollywood puede recompensar, sin sonrojo, al mejor director de una película ignorada para otros premios o, por el contrario, galardonar al filme ninguneando a su realizador. Alguna vez se premió como mejor película del año a una cinta cuyo director ni siquiera estaba en la nómina de candidatos al Oscar de su categoría. Fue el caso de Paseando a Miss Daisy y su director Bruce Beresford. El conductor de la ceremonia al presentarla dijo: "esta es la película que se hizo sola".

Y es que la industria se mira a sí misma de una manera particular: el cine norteamericano tiene un sustento industrial y una historia que es la de su modo de producción, la del sistema de los estudios y la producción planificada y masiva de películas. El director de una película es un factor aglutinador del conjunto, el técnico más atareado, el organizador más eficiente, el "jefe" que toma decisiones, pero no necesariamente el talento mayor que impone sus ideas contra viento y marea. En esa lógica, una película es una suma de contribuciones que, a veces, tienen un brillo propio que se destaca sobre el conjunto y excede los méritos del director. En el seno de la industria la convicción es indiscutible y la ideología arraigada: el cine es arte colectivo o, al menos, artesanía hecha en colaboración. Por eso, los grandes cineastas norteamericanos del pasado negaban airados cualquier insinuación de "autoría". John Ford decía: "I'm a director".

Con Soñadoras (Dreamgirls) ha ocurrido algo parecido, y aún peor, a lo del caso Paseando a Miss Daisy. A la cinta de Bill Condon le dieron ocho postulaciones, pero no las centrales: al director y a la mejor película del año. Con esa decisión, la Academia dice: está película tiene ocho piezas esenciales magníficas pero el conjunto no funciona. Las partes son mejores que el todo.

Y, en este caso, la Academia acierta. Soñadoras es lograda en su ambientación; interesante en su intento de dar una visión de la historia del pop en los sesenta y setenta; discreta en su voluntad de airear la biografía artística de Diana Ross; dinámica e interesante en su primera hora de proyección.

Lo que falla es el conjunto. Soñadoras resbala al dar el paso decisivo, el que lo hubiera convertido en un musical de verdad: no deja de ser una sucesión de rutinas musicales de "stage" para convertirse en un musical maduro y autónomo. Es decir, hasta cierto momento la película incluye escenas musicales, pasajes justificados por la acción, números cantados y bailados allá arriba, sobre el escenario. Pero, de pronto, la distinción entre lo "musical" y lo "actuado" se rompe y los personajes se echan a cantar como si no hubiera diferencias entre decir los diálogos y entonarlos. La idea es atractiva, pero Condon no le saca provecho, no la potencia; la deja allí y prefiere la indefinición.

Lástima que no haya seguido la línea de la gran tradición del género. Cuando el musical se inició, en los inicios del sonoro, los espacios estaban delimitados: luego de un par de secuencias explicativas venía una escena de espectáculo musical representado en un teatro o un cabaret,  para luego dar a paso a otras escenas sin música y así sucesivamente. Pero a fines de los años cuarenta, en la unidad dirigida por Arthur Freed en la Metro Goldwyn Mayer, las fronteras se quebraron. Los personajes ya no necesitaron subir a un escenario para cantar, hablar, seguir cantando, caminar, bailar, y todo en perfecta continuidad. Películas como Un día en Nueva York, Brindis al amor, Yolanda y el ladrón, entre otras, convirtieron lo musical en una atmósfera a la vez que en una ensoñación. El realismo de la representación se hizo añicos y todo el cine cambió en algo. Godard, más tarde, mostró a Anna Karina caminando como si bailara y hablando como si cantara en Una mujer es una mujer y Pierrot el loco.

Soñadoras tiene buenas actuaciones de Beyoncé Knowles, Eddie Murphy y Jamie Foxx. Cada aparición de la celebrada Jennifer Hudson, en cambio, anuncia desborde, histrionismo y un show para impresionar a los jurados de American Idol. El de Hudson es aún un talento en agraz.


  Añade este artículo a tus marcadores favoritos menéame blinklist furl technorati del.icio.us Ayuda



4


Copyright Empresa Editora El Comercio S.A.
Derechos reservados
Contáctenos

Edición impresa