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Leones por corderos

CRÍTICA DE ARTE

Por Alberto Servat

Tratando de desprenderse de su imagen de estrella, Robert Redford como cineasta nos ha dado algunos títulos de interés que versan sobre distintos aspectos del mundo actual. Así, las mezquindades familiares de la clase media son la base de "Gente como uno" (1980) y el poder de los medios sobre el individuo la columna vertebral de "Quiz Show" (1994). Ha discutido sobre temas raciales, generacionales y políticos. Ha mirado con nostalgia a su país e ilustrado con puño firme los males del mundo industrial.

Ahora, desafiando las reglas de juego del nuevo Hollywood, presenta un drama político en el que pasa revista a casi todos los anteriores tópicos mencionados, sumando una tremenda decepción sobre la situación actual de su país y el desinterés de las nuevas generaciones en asumir una posición comprometida.

Nada mal --repito-- si consideramos la actual situación de las películas producidas por los grandes estudios en la actualidad. Sin embargo, todo se queda en el terreno de las intenciones. El señor Redford tiene ganas de decir algo y por hacerlo daña su película y la convierte en una tibia arenga, poco creíble y bastante débil en su llamado de atención.

Para abarcar todos los males de la sociedad contemporánea estadounidense, se vale de tres historias: 1. El senador Jasper Irving (Tom Cruise) se entrevista con Janine Roth (Meryl Streep), una prestigiosa reportera, y le revela en exclusiva las nuevas estrategias militares del gobierno del presidente Bush. Ella intuye que la está utilizando como vocero de una farsa orquestada para distraer la atención pública de la inacabable guerra con Iraq; 2. Ernest Rodríguez (Michael Peña) y Arian Finch (Derek Luke), dos universitarios idealistas, se enrolan en el ejército para hacer algo concreto por su país. Enviados en una misión secreta en Afganistán se encuentran inmersos en la más peligrosa de las situaciones; 3. El profesor universitario Stephen Malley (Robert Redford) intenta convencer a uno de sus mejores alumnos, Todd Hayes (Andrew Garfield), para que asuma algún compromiso real y deje de lado el desinterés y la apatía.

Aunque las historias se alternan en la pantalla, no se integran del todo porque, pese a los movimientos de cámara, la edición y los intentos por sacar a sus personajes de los interiores, el tono es bastante teatral incluso en las escenas bélicas. Tampoco hay una dramaturgia pareja en todo el filme; por un lado los diálogos de la entrevista del senador están muy bien desarrollados pero no es así en la perorata que el propio Redford pronuncia como el profesor Malley.

Lo que más me incomoda es lo chato del discurso político. Sabemos perfectamente que los políticos son corruptos, que la prensa se presta a la hora de crear cortinas de humo, que los estudiantes son apáticos. De acuerdo con todo. ¿Por qué tiene que ser el señor Redford quien nos lo recuerde? ¿Por qué se erige en la conciencia sin plantear respuestas ni alternativas?

El desenlace de la historia periodística es trillado hasta el cansancio. Roth duda de la verdad de Irving y se lo dice a su editor, pero este la amenaza con despedirla si no escribe la historia, y la convierte en cómplice de una jugarreta tramada por el Pentágono. ¿Y? Eso ya lo hemos visto antes.El resultado de todo esto es muy decepcionante. La valentía de Redford para señalar los males no encuentra salida y se nutre de clichés para redondear su historia.

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