Retrospectiva en la Filmoteca de la Universidad Católica
Por Ricardo Bedoya
Ha empezado una retrospectiva dedicada a las películas de Aki Kaurismaki, uno de los mejores cineastas de hoy. Organiza la Filmoteca de la Universidad Católica, en colaboración con la Embajada de Finlandia, y comprende la integridad de la obra del cineasta finlandés, proyectada en soporte fílmico, de 35 mm.
Ariel, Juha, La vida de Bohemia, El hombre sin pasado, Yo contraté a un asesino, La muchacha de la fábrica de fósforos, Nubes pasajeras, sus mejores películas, son fábulas sobre el destino paradójico y contrariado de personajes solitarios, perdedores, desocupados, suicidas, bebedores, lunáticos, amnésicos, soñadores, que caminan ensimismados, ateridos por el frío, enfrentando normas alienantes, en busca de una identidad que se les escapa. Hasta Hamlet y Raskolnikov han estado en el origen de algunas de sus películas.
En su trayectoria, esos personajes se topan con obstáculos inesperados, situaciones incomprensibles, personajes delirantes, paisajes helados, escenarios sombríos, rutinas sin fin. No se desalientan. Como ciertos clowns del cine mudo, enfrentan el absurdo con decisión, como si se tratase de una circunstancia normal, y remontan las más inverosímiles fatalidades con seriedad inalterable. Su esfuerzo, por eso, tiene algo de tierno y entrañable.
El hombre sin pasado es como un personaje prototípico del cine de Kaurismaki. Resucita como Lázaro, luce como el Hombre invisible, camina como un zombie; vuelve a la vida para estar allí, cultivando un jardín, conduciendo un auto o sintiendo lo que no sentía antes. A nadie le importa recapitular su pasado. Interesa sólo el peso de su cuerpo, la gravedad del presente y sus nuevos sentimientos. Los personajes de Kaurismaki son como zombies sentimentales, melancólicos.
Pero también humorísticos, solo que la gracia nace de sus posturas y gestos, siempre imperturbables. Los perdedores de Kaurismaki mantienen la cara de piedra incluso ante el desastre. Impasibles, serenos, lacónicos, jamás patéticos, su neutralidad ante el derrumbe es irresistible.
Y abundan los derrumbes. El cine de Kaurismaki da cuenta de todas las fallas de las sociedades prósperas. Se ubica en el lugar de los que no reciben los beneficios y ni siquiera los ven pasar. Si las películas fueran sólo repertorios de temas, el de Kaurismaki sería un cine de asuntos álgidos, urgentes, que van desde la explotación laboral hasta la inseguridad urbana. Si el tratamiento cinematográfico de Kaurismaki fuera otro, sus cintas tendrían el grado de descubrimiento y revelación de lo social que poseen los filmes de los hermanos Dardenne. Pero el realismo no va con Kaurismaki.
¿Cómo filma el finlandés a esos seres que resultan extraños y cautivadores a pesar de carecer de los atributos de la sagacidad, la belleza o la inteligencia?
Lo hace desde afuera, en plan de contemplación, sin escarbar en la intimidad o la psicología, atento a las superficies y a las apariencias. Los personajes se definen en la espera, el reposo, el gesto estático, la repetición mecánica, la frase entredicha, la réplica postergada, la pose quieta y la mirada fija.
Cada encuadre dura lo suyo, es decir, más de lo esperado, porque el presente del tiempo que pasa es interminable y hay que dejarlo que cumpla con su trabajo de desgaste. La cámara registra la acción, casi siempre mínima, que está justo antes de la situación decisiva o después del momento exaltante. Los momentos fuertes y críticos o la explosión de los nudos emocionales están de más. A Kaurismaki le interesa mostrar lo que ocurre entre las acciones, el tiempo débil que sigue a la tensión, los espacios intersticiales.
Le atrae también el costado alucinatorio de lo siniestro. Los paisajes vacíos y depredados, los interiores de paredes desgastadas, los bares decadentes o las oficinas y talleres de rutinas inacabables, están filmadas con toda su carga opresiva, pero con toques de color y brillo, de azules, naranjas y dorados que estilizan todo, aportando una paradójica alegría en medio de la desesperación.