NO RESULTA EXTRAÑO QUE LAS PERSONAS que migraron a Lima y otras ciudades desde remotos pueblos andinos y de la selva mantengan férreos lazos con sus tierras natales. Los orígenes no se olvidan y una prueba evidente de ello es la proliferación de clubes regionales, provinciales y distritales.
Sin embargo, hay otras muestras menos conocidas de amor por el terruño, como las peregrinaciones, la vuelta a casa por alguna festividad o fecha específica en el calendario, una ocasión para que familias enteras se movilicen de mil y una maneras con tal de cumplir con lo que dictan la tradición y las costumbres.
Así ocurre con los oriundos de Huayán, un poblado a solo 385 kilómetros de Lima y con apenas 500 viviendas, que cada Navidad duplica el número de sus habitantes, que desean ser testigos de la feroz competencia entre barrios por ver cuál organiza la mejor banda y los mejores espectáculos artísticos, y cuál tiene a los mejores negritos, los danzantes protagonistas de las fiestas. Sin embargo, el premio mayor es el honor de llevar al Niño Jesús en procesión.
Más información:
El retorno de los negritos de Huayán