Los últimos días de ese genio diferente del ajedrez llamado Bobby Fischer transcurrieron en una librería de Reikiavik, la ciudad que lo asiló cuando Estados Unidos quiso llevarlo preso
Por Ezequiel Fernández. La Nación de Argentina
"Está mal, el problema es serio", me confesaba Bragi Kristjonsson hace más de dos meses. Huersfigatif, su hermosa librería, está en la esquina de las calles Klapparstigur y Bokavardan, a cincuenta metros de la casa de Bobby Fischer. Pleno corazón de 101, como se conoce al Down Town de Reikiavik, el lugar que Fischer eligió como último refugio de su vida atormentada.
Kristjonsson era uno de los pocos que sabían que Fischer no dormía desde hacía varias semanas en su departamento de Klapparstigur. "Los médicos no saben qué tiene, pero es algo más que paranoia", me dijo.
Hasta la revelación de Kristjonsson, tenía la esperanza de encontrarme con Fischer. Viajé a la pequeña Reikiavik invitado al congreso "Play the Game". Ni siquiera sé jugar al ajedrez, pero fui atraído por la leyenda de Fischer, que estaba recluido en la capital de Islandia, que lo coronó campeón mundial en 1972 al derrotar a Boris Spassky y donde recibió asilo en abril del 2005, luego de que Estados Unidos quiso enviarlo a prisión.
La librería de Kristjonsson tal vez fue el último descanso de Fischer. Buscaba libros de historia y biografías sobre personajes "fuera de la ley", para escribir su propio libro sobre el tema. La empleada rubia y linda del Center Hotel, en la esquina de enfrente, no sabía que Fischer estaba en problemas. "Siempre pasa con su abrigo de cuero y su gorro de béisbol. Todos lo reconocemos, pero nadie lo molesta. Sé que es un personaje muy excéntrico. Le digo 'Hi, mister Fischer' y él siempre dice 'hola'".
A sus 64 años pasaba los días caminando y caminando. Saltando de un colectivo a otro. En su paranoia, se había peleado hasta con sus mejores amigos de Reikiavik. Creía que ellos también eran agentes de la CIA dispuestos a envenenarlo.
Debía partir. No había podido hablar con Fischer. Pero sabía que estaba grave e internado.
La japonesa Miyoko Watai, su pareja, no atendía el teléfono. Sus amigos del Comité de Ayuda a Fischer me respondieron cortantes. No hablarían públicamente del tema. Una mentira piadosa me permitió obtener la confirmación del Landspitalis: Bobby estaba internado. "¿Es grave?", pregunté, sabiendo que no obtendría respuesta. El viernes se supo el desenlace: Bobby Fischer ha muerto.