Por Milagros Leiva Gálvez
PISCO. La historia de Edilberto Giraldo Maraza se escribe con los pies. Con sus pies que cepillan, brincan, zapatean, flotan. Con sus pies que enseñan a bailar.
La historia de este triunfo con pañuelo blanco comienza con el niño Edilberto dispuesto siempre a participar en cuanta velada organice la maestra Raquel, porque su mamá, sus tíos y, sobre todo, su abuelo Ricardo Maraza, que llegó a ser presidente de la Federación Folclórica de Puno, le han enseñado a querer las danzas peruanas, y por ellos ha aprendido a bailar huaylarsh, festejo, diablada, marinera y por eso la maestra Raquel lo tiene como fijo sin saber que cuando crezca, Edilberto tendrá su academia de baile.
La historia de este orgullo alcanza su punto más alto de decisión en diciembre, con el mismo Edilberto hecho hombre y convertido en promotor principal y coreógrafo de su taller de danzas Estampas del Perú, que envalentonado por sus alumnos dice que sí, que irán a Trujillo para bailar marinera, que a pesar de haber estado tres meses sin bailar concursarán en el nombre de Patty, Anaís y Carla, las tres bailarinas del elenco que murieron en el terremoto. Nos vamos, dice Edilberto y sus alumnos prometen ganar. Ensayan un mes, todos los días, cuatro horas, en el patio del colegio Pedro Pablo Castro. Ensayan una coreografía que rinde homenaje a la policía que tanto trabajó para recuperar cuerpos y retirar escombros.
Ensayan. Bailan. Ganan
Y ahora esta historia también se escribe con los pies de Andrea Peña, Susan Pérez, Miguel Prada, Renzo Delgado, Walter Chávez, William Martínez, Thais Gálvez, Lucero Martínez, Jennifer Vergara, Katia Neyra, José Luis Giraldo, Vanessa Giraldo, Jesús Rojas, José Mancilla y Omar Vergara. Sus alumnos. Sus bailarines. Porque las ampollas y los callos y las heridas y las grietas dicen que, efectivamente, todo empieza en los pies. Si te sabes parar, encaras. Si pisas fuerte, ganas.
BAILAR PARA SANAR
A dos cuadras de la Plaza de Armas de Pisco está ubicada la academia de Edilberto Giraldo. Unas losetas en el piso son la única huella. Nada queda en pie. Fue en la puerta que encontraron a Carla Ayo Medina. Edilberto la encontró al día siguiente: Vio una mano, llamó a nueve hombres, y cuando levantaron el bloque de cemento reconoció a la muchacha. El sábado iban a presentarse en Paracas y tenían ensayo, Carla llegó antes, pero Andrea Peña, la otra bailarina que sobrevivió no recuerda haberla visto. Nadie la vio. Esa noche Andrea sustituía a Edilberto, que estaba en Lima: enseñaba a tres niños los pasos de la diablada para una presentación escolar. Se salvaron todos menos Carla y el niño que acompañaba a su amigo bailarín, recuerda Andrea. Bailar le está ayudando a sanar. Edilberto recuerda que llegó como pudo de Lima, que lloró sobre los escombros de su academia y que vio la mano enterrada. Era Carla. Después se enteró de que Patricia Anchante y Anaís Martínez, las otras dos bailarinas, murieron en el templo. Las dos chiquillas cantaban en el coro.
Las clases se realizan ahora en el patio de su casa y así será hasta que levante su local. A pesar de todo el dolor, seguimos bailando, el terremoto no nos ha vencido porque tenemos garra para seguir adelante, dice Edilberto, antes de presentar la coreografía ganadora. Sus alumnos solo cepillan el piso y salen a bailar.