Navegamos durante cuatro días por los ríos Ucayali y Amazonas a bordo de un buque de guerra de la Marina. Estas son las historias que encontramos entre Pucallpa e Iquitos
Por Nelly Luna Amancio. Enviada especial
La Amazonía ofrece todas aquellas cosas que la ciudad perdió. El sosiego y la naturaleza apenas transformada. La tranquilidad que la ausencia del celular nos da y el temple que la inmediatez de la capital arrebata. Acompañamos a 42 cadetes de la Marina en su recorrido durante cuatro días por los ríos Ucayali y Amazonas a bordo de un buque de guerra (cañonera). Compartimos con ellos y un grupo de oficiales y subalternos la vida en el buque y su visita a Contamana y Requena. Estas son sus historias.
Día uno: Pucallpa
El enésimo retorno de Dagua
A fines de los ochenta, mucho antes de que Américo Dagua se hiciese marino, Pucallpa era una ciudad que se desangraba por los constantes embates de Sendero Luminoso. Su vida transitaba entre los quehaceres domésticos, las amenazas del terrorismo y el desempleo. En esas condiciones, sus opciones se reducían a dos: resignarse a los acechos senderistas o huir. Y huyó. Esa fue la primera vez que navegó por las aguas del Ucayali y del Amazonas que separan a Pucallpa de Iquitos.
La segunda vez que el joven Dagua surcó ambos ríos ya era oficial de mar tercero y estaba a bordo de un buque de la Marina. Había culminado el servicio militar obligatorio para luego reengancharse y trabajar dentro del personal subalterno. Precisamente, una de esas misiones de trabajo lo hizo volver a Pucallpa cinco años después. Dagua volvía a encontrarse con su familia. Sendero se había replegado a ciertos sectores de Aguaytía. "Fuimos a apoyar la lucha antisubversiva, y fue curioso porque yo había escapado de la violencia y ahora volvía hacia allá", recuerda.
Pucallpa es hoy una ciudad deforestada y desordenada, con casas de madera levantadas al azar. Es más calurosa que Iquitos: la temperatura nocturna bordea los 32 grados. Su puerto es una suma de olores a desperdicios remojados donde los gallinazos revolotean en busca de restos de pescados.
En este puerto, Dagua inicia ahora su enésimo recorrido por el sinuoso Ucayali. El día está despejado. Es febrero, las lluvias han alimentado en 10 metros el caudal del río. El sol recalienta la estructura de metal de la cañonera. No hay suficientes camas, Dagua dormirá esta noche en una hamaca colgada en la popa. El motor empieza a trabajar, dentro de 14 horas arribaremos a Contamana.
Día dos: Contamana
Lorena, el guacamayo uniformado
Hoy día descubrimos cuán incompatible es la vida militar con los que disfrutamos del sueño prolongado. Los toques de diana sonaron a las 5:30 a.m. Todo el personal despegó los ojos y en cinco minutos estaba ya en sus puestos, menos una, Lorena, la hembra más engreída de la embarcación. Un guacamayo hembra que llegó a manos de los oficiales en uno de los viajes por el Putumayo, y desde entonces es la compañera más fiel e inseparable del viaje. Acostumbrada a negociar sus alimentos con los oficiales, mira con desdén a las de su mismo género. Es tosca con las mujeres, pero amigable con los hombres.
Lorena quiebra la agotadora rutina y los colores de la cañonera. Juega con los cadetes, posa para las fotos y se pasea por los estrechos compartimentos de este buque fabricado por los ingleses en 1951.
Lejos de la comodidad que un barco turístico pueda ofrecer, en un buque de guerra los espacios más amplios están destinados a los cañones y ametralladoras. Los cuartos son estrechos y los camarotes son de cuatro camas. Pero eso a la hora de dormir no importa, incluso si el cuarto está cerca del motor y conciliar el sueño sea una tortura. El insistente zarandeo de la embarcación siempre acabará por agotar el cuerpo y producir leves mareos entre sus novatos tripulantes.
Aproximadamente a las 8 a.m. llegamos a Contamana, un apacible distrito con más de 20 mil habitantes. Su paisaje exhibe los bosques que Pucallpa perdió hace mucho. A pesar de la imparable tala aún es posible ver entre los barrios retazos de verdor. Una sirena da la bienvenida en el arco de ingreso. Los cadetes descienden para izar el pabellón y visitar la base contraterrorista, ubicada en la parte más elevada del pueblo. Desde allí resaltan en un extremo las casas que el alcalde regaló a los damnificados de un incendio. Las pintó de verde y blanco, los colores de su partido.
Día 3: Requena
Un motorista sordo por tres días
Bajar a la cabina donde se encuentran los motores del buque es una invitación a la sordera. Este espacio, ubicado en el primer nivel, esconde la historia de un motorista que pierde el oído al final de cada viaje. Es el técnico segundo Jaime del Águila quien hace 31 años no oye nada más que el estruendo de las máquinas mientras navega.
Cuando los demás duermen, los motoristas y timoneles agudizan los sentidos. Sobre todo en tardes como esta, en la que nubes negras amenazan con un gran aguacero. Las lluvias son tan inherentes a la selva como la neblina a Lima: suave a veces, intensa y no bienvenida, otras. Pero el técnico Del Águila es de Iquitos y sabe cómo enfrentarse a las tormentas. En todos sus años de servicio no ha sufrido un accidente, salvo un pequeño desbarajuste físico: luego de cada viaje se queda sordo por tres días.
Hemos llegado a Requena. El técnico espera en el buque mientras los cadetes y los oficiales bajan a saludar a las autoridades. No hace mucho esta provincia celebró su centenario. Ha crecido mucho durante los últimos 10 años. Como muchas de las provincias emergentes, lo que más destaca es su enorme palacio municipal.
Día 4: Rumbo a Iquitos
El cadete enamorado
"Amo el amor de los marineros/ que besan y se van/ Dejan una promesa/ No vuelven nunca más". Estos versos de Neruda no son la mejor referencia para el joven cadete J.C.B., quien ha ideado una alternativa para siempre estar 'conectado' con su enamorada. Todos los días --en la mañana o en la tarde-- se sienta en la popa y escribe una carta para Alexandra. "Escribo una por día, ella hace lo mismo, al regresar a Lima las intercambiaremos".
Las constantes navegaciones, que muchas veces llegan a durar cuatro meses cuando surcan el Putumayo, en la frontera con Colombia, complican de tanto en tanto las relaciones. Lo mismo ocurre cuando son destacados a otra parte del país. Es algo común en todas las instituciones militares, el joven cadete lo sabe pero "caballero nomás".
Durante el recorrido entre Pucallpa e Iquitos se atraviesan alrededor de 85 poblados con más de 61 mil habitantes. La señal del celular aparece esporádicamente. Los primeros en buscarla son los que más extrañan. Porque si hay algo que se añora en la selva es la familia. No más. Porque siempre será difícil extrañar a la ciudad cuando se navega en la selva en noches tan negras y estrelladas.