Por Francisco Melgar Wong
Tal como quedó demostrado en la exitosa adaptación que los hermanos Coen hicieron de su novela "No es país para viejos", el novelista estadounidense Cormac McCarthy no cree en los finales felices, ni en nada que se les parezca en lo más mínimo. Es probable que McCarthy solo crea en la infinita capacidad de la raza humana de hacerse daño a sí misma y en la valentía con que algunos de nosotros debemos asumir esta verdad sin arreglo posible.
En "La carretera", su útlima novela, ganadora del Premio Pulitzer y 'best seller' absoluto en Estados Unidos, McCarthy nos cuenta la historia de un hombre y su hijo, vagabundos perdidos entre los restos de una civilización que se autodestruyó hasta quedar reducida a cenizas ("Qué es eso, papá", "Una presa", "¿La presa seguirá allí mucho tiempo?" "Eso creo. Está hecha de hormigón. Probablemente aguante centenares de años. Miles, incluso". "¿Crees que podría haber peces en el lago?". "No. En el lago no hay nada"). Así, en este paisaje apocalíptico, padre e hijo recorren la carretera (que ya no es el símbolo de libertad y vida en el que creyó Jack Kerouac, sino un horrendo callejón sin salida), rumbo al sur, donde al parecer, todavía hay agua y un poco de calor. Como bien relata McCarthy, ya no queda en el mundo nada que mantenga a los personajes con vida excepto el amor. ¿Una novela de ciencia ficción sin ciencia? ¿Una advertencia al abuso de nuestro planeta en clave de 'road movie'? Las dos cosas. Y probablemente algo peor, si seguimos sin querer escucharnos.