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CRÍTICA DE ARTE

Enrique Silva Checa, artista

Por Élida Román

Escultor, ceramista y dibujante, Enrique Silva Checa (1954-1986) es un nombre olvidado en el arte peruano. Si bien breve, y en gran parte desarrollada en Europa, su obra se impone por su absoluta originalidad, su contundencia y una aparente diversidad que obliga a buscar --y encontrar-- el sello personal de un artista que no muestra influencias y mas bien propone novedades.

Si bien sus esculturas y cerámicas se imponen como mayores logros, es el dibujo, esa bien llamada 'gramática del arte', el que primero se vuelve el mejor instrumento para su desempeño creativo. Desde la infancia, y con esa constancia y fe inquebrantable en sus metas que fueron rasgos marcados de su personalidad, la práctica del trazo que va inventando y prolongando formas, se convirtió en un acto casi reflejo. Ejercicio nunca abandonado y al que siempre regresó.

En el espacio para exposiciones de Dédalo, se están exhibiendo un buen conjunto de dibujos, realizados en distintas épocas y geografías, y cinco esculturas de este notable artista.

Aproximarse a ellos es una experiencia visual exigente, que requiere de un tiempo paciente que permita franquear esa primer barrera de acceso planteada por su extraña complejidad, por ese barroquismo caótico de formas que se retuercen, prolongan, vibran e invaden entre sí, en una suerte de cartografía extraña y desconcertante. Estas obras, casi todas tintas sobre papel, con líneas negras que con frecuencia devienen en verdaderos planos oscuros, acercándose a los parámetros y las características de la pintura, en principio parecen sugerir objetos, relatos o referencias al mundo real. Engaño de nuestra percepción que necesita buscar la asociación inmediata, el reconocimiento que tranquilice, la amabilidad, en suma, de lo familiar o, por lo menos, conocido. Concesión que sin duda nunca fue contemplada por el autor. Enrique Silva Checa se ha entregado a su propio mundo interior y ha buscado reproducirlo, o por lo menos significarlo, a traves de verdaderas divagaciones formales.

Ha dejado que líneas y manchas fluyan, acercándose a una forma de automatismo que solo recibe la consigna del ritmo. Porque si una característica se quisiera destacar en estas obras, el ritmo es la primera en aparecer. Quizás en una búsqueda como la que mencionaba Schopenhauer, al decir que todas las artes aspiraban a la condición de la música, referencia a las cualidades abstractas que permiten la comunicación inmediata, sin ataduras ni intermediación. Contemplando este conjunto queda la sensación de un continuo, de un largo, intenso y extenso discurso formal, cargado de significados por desentrañar y mensajes por recibir. Un gran enigma, logrado en su planteo y exitoso en dejar esa extraña inquietud, esa interrogante sobre el propósito y, sin duda, esa clara sensación de pasión en lo hecho.

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