Por Noam Chomsky. Lingüista
Iraq sigue representando una significativa preocupación para la población, pero ese es un asunto de escasa importancia en una democracia moderna.
No hace mucho tiempo, se daba por sentado que la guerra de Iraq sería el tema central en la campaña presidencial, como lo fue en la elección del 2006. Pero el tópico ha virtualmente desaparecido, generando cierta perplejidad. No debería existir perplejidad alguna.
"The Wall Street Journal" se acercó al punto en un artículo de primera plana sobre el Super martes (5 de febrero), el día de numerosas primarias: "Issues recede in '08 contest as voters focus on character" ("Los temas se retraen en la campaña del 2008 a medida que los votantes se concentran en el carácter").
Para decirlo con más precisión, los temas retroceden a medida que los candidatos, los gerentes de los partidos y sus agencias de relaciones públicas se focalizan en el carácter. Como siempre. Y por sanas razones. Aparte de la falta de relevancia de la población, los temas por discutir pueden ser peligrosos.
La teoría democrática progresista sostiene que la población, "los intrusos ignorantes y entrometidos", deben ser "espectadores", no "participantes" en la acción, como escribió Walter Lippmann.
Los participantes en la acción están seguramente conscientes de que en una serie de temas importantes, ambos partidos políticos están bien a la derecha de la población en general, y que la opinión pública es bastante coherente a lo largo del tiempo, un tema reseñado en el útil estudio "The Foreign Policy Disconnect" ("La desconexión de la política exterior"), escrito por Benjamin Page y Marshall Bouton. Es importante, entonces, que la atención de la gente sea desviada hacia otro lugar.
El verdadero trabajo del mundo es el dominio de un liderazgo ilustrado. La comprensión común se revela más en la práctica que en las palabras, aunque algunos lo articulan. Por ejemplo, el presidente Woodrow Wilson sostuvo que una élite de caballeros con "ideales elevados" debían ser autorizados para preservar la "estabilidad y la honradez", esencialmente la perspectiva de los Padres Fundadores. En años más recientes, los caballeros se transmutaron en la "élite tecnocrática" y en los "intelectuales de acción" de Camelot, en los neoconservadores "straussianos" de George W. Bush, y en otras configuraciones.
Para la vanguardia que defiende los elevados ideales y tiene como tarea administrar la sociedad y el mundo, las razones de que Iraq se haya desvanecido de la pantalla del radar son claras. Esas razones fueron muy bien explicadas por el distinguido historiador Arthur M. Schlesinger, quien articuló la posición de las palomas hace 40 años cuando la invasión de Estados Unidos en Vietnam del Sur estaba en su cuarto año y Washington se estaba preparando para añadir otros 100.000 soldados a los 175.000 que ya estaban haciendo trizas a Vietnam del Sur.
Para entonces, la invasión lanzada por el presidente John F. Kennedy estaba enfrentando dificultades e imponiendo costos difíciles a Estados Unidos. Y fue entonces que Schlesinger y otros liberales aliados con Kennedy comenzaron de manera renuente a transformarse de halcones en palomas.
En 1966, Schlesinger escribió que por supuesto "todos nosotros rezábamos" para que los halcones estuviesen acertados al pensar que el envío de nuevas tropas sería capaz de "suprimir la resistencia" y si eso ocurría "todos saludaríamos la sabiduría y habilidad de estadista del gobierno norteamericano" al obtener la victoria mientras que dejaba al "trágico país destripado y devastado por bombas, incendiado por napalm, transformado en un yermo por la defoliación química, una tierra de ruinas y destrozos", con su "urdimbre política e institucional" pulverizada. Pero si la escalada no tenía éxito, y demostraba ser demasiado costosa, era hora de repensar la estrategia.
A medida que los costos para Estados Unidos comenzaron a subir drásticamente, resultó que todos se habían opuesto a la guerra desde el comienzo (pero en profundo silencio).
El razonamiento de la élite, y las actitudes que la acompañan, han cambiado muy poco cuando se analiza en la actualidad la invasión norteamericana de Iraq. Y aunque las críticas a la guerra en Iraq son mucho más grandes y de mayor alcance que en el caso de la guerra de Vietnam en cualquier etapa comparable, sin embargo los principios que Schlesinger articuló continúan vigentes en los medios de prensa y en los comentarios.
Tiene cierto interés indicar que el propio Schlesinger asumió una posición muy diferente con respecto a la invasión de Iraq, virtualmente solo en sus círculos. Cuando las bombas comenzaron a caer en Bagdad, él escribió que la política de Bush era "similarmente alarmante a la política que el Japón imperial empleó en Pearl Harbor, en una fecha que, tal como señaló un previo presidente de Estados Unidos, viviría para siempre en la infamia. Franklin D. Roosevelt tenía razón, pero en la actualidad, somos nosotros, los norteamericanos, los que vivimos en la infamia".
Que Iraq es "una tierra arruinada y destruida" no está en entredicho. En fecha reciente la agencia de encuestas británica Oxford Research Business actualizó a 1,03 millones su cálculo de muertes adicionales que fueron resultado de la guerra. Y eso excluyó a las provincias de Kerbala y Anbar, dos de las regiones más devastadas. Ya sea que el cálculo es correcto, o exagerado, como algunos aseguran, no hay duda de que la cifra de muertos es horrenda. Varios millones de personas han tenido que abandonar sus hogares y desplazarse hacia otras regiones. Gracias a la generosidad de Jordania y de Siria, millones de refugiados que huyen de la destrucción de Iraq, incluidos la mayoría de sus profesionales, no han sido simplemente eliminados.
Pero esa bienvenida se está desvaneciendo por una razón: Jordania y Siria no reciben respaldo de importancia por parte de los perpetradores de los crímenes en Washington y en Londres. La idea de que podrían admitir esas víctimas, más allá de un puñado, es demasiado absurda para ser tomada en cuenta.
La guerra entre sectores religiosos ha devastado Iraq. Bagdad y otras áreas han sido sometidas a una brutal limpieza étnica, y han quedado en manos de caudillos y de milicias. Y esas zonas han sido el punto principal de la actual estrategia de contrainsurgencia desarrollada por el general Petraeus, que obtuvo fama pacificando Mosul, ahora escenario de algunos de los episodios más graves de violencia.
Uno de los periodistas más dedicados e informados que han estado inmersos en esta terrible tragedia, Nir Rosen, publicó recientemente un epitafio, "La muerte de Iraq", en la revista especializada "Current History".
"Iraq ha sido asesinado, y nunca volverá a ponerse de pie", escribe Rosen. "La ocupación estadounidense ha sido más desastrosa que la de los mongoles, que saquearon Bagdad en el siglo XIII", una idea que muchos iraquíes comparten. "Solo los locos hablan ahora de soluciones. No hay solución. La única esperanza es que tal vez el daño pueda ser controlado".
Pero más allá de la catástrofe, Iraq sigue siendo un tópico marginal en la campaña presidencial. Eso es natural, dado el espectro de la opinión de élite, que se debate entre halcones y palomas. Las palomas liberales se adhieren a su razonamiento y actitudes tradicionales, y oran para que los halcones tengan razón y que Estados Unidos obtenga una victoria en la tierra de la ruina y la destrucción, creando "estabilidad", una palabra en código para expresar la subordinación a la voluntad de Washington. Los halcones se sienten alentados, y las palomas silenciadas, por los optimistas informes de que se han reducido las bajas.
En diciembre, el Pentágono divulgó "buenas noticias" de Iraq, un estudio de grupos de foco de todo el país que determinó que los iraquíes "comparten la creencia" de que la reconciliación es todavía posible, algo que niegan los críticos de la invasión. Las creencias compartidas son dos. En primer lugar, que la invasión norteamericana es causa de la violencia sectaria que ha hecho pedazos Iraq. En segundo lugar, que los invasores deben marcharse y dejar Iraq en manos de su pueblo.
Algunas semanas después del informe del Pentágono, el experto en cuestiones militares iraquíes del "The New York Times", Michael R. Gordon, escribió un análisis razonado y exhaustivo de las opciones que enfrentan los precandidatos presidenciales en relación a Iraq.
Una voz, sin embargo, está ausente del debate: los iraquíes. Sus preferencias no son rechazadas. No, ni siquiera vale la pena mencionarlas. Y parece que nadie ha advertido ese hecho. Eso tiene sentido bajo la habitual presunción tácita de prácticamente todo discurso sobre asuntos internacionales: Nosotros somos dueños del mundo. ¿Por lo tanto, qué importa lo que otros piensan? Se trata de "unpeople" (no personas), para pedir prestado el término usado por el historiador británico Mark Curtis en su trabajo sobre los crímenes del imperio británico.
De manera rutinaria, los estadounidenses se unen a los iraquíes en eso de ser no personas. Tampoco sus preferencias ofrecen opciones.