Por Fritz Du Bois
Los mercados siempre han operado basados en la confianza de que el producto que se recibe es de la calidad ofrecida, como que este será a su vez pagado de acuerdo a lo pactado.
Asimismo, la confianza es el principal determinante tanto para ofrecer crédito a un deudor así como para que este acepte tomarlo de su acreedor. Más aun, ambos, crédito y confianza , provienen de la raíz latina credere, significando, por tanto, lo mismo desde la época romana.
Lamentablemente, la desbocada pérdida de confianza en instituciones bancarias es lo que agrava la actual crisis que viven los mercados. A Bear Stearns se lo trajo abajo el pánico de acreedores que le retiraron la confianza, los depósitos, el crédito y las líneas, causándole la muerte por falta de liquidez. Sus acciones, que se cotizaban en 200 dólares hasta hace pocas semanas, fueron adquiridas por JP Morgan a solo dos dólares en el salvataje. Solo el edificio de Bear Stearns en la avenida Madison debe valer el doble de lo que pagaron por todo el banco. Al victorioso-- en este caso sería mejor decir al cuidadoso-- le corresponde el botín y los despojos.
Sin embargo, episodios como ese podrían repetirse ya que el monto de instrumentos colaterizados en problemas que tendrían que ser absorbidos por quienes los compraron o financiaron sería de más de un trillón (millón de millones) de dólares.
Al no conocerse a ciencia cierta cuánto le correspondería perder a cada uno, la desconfianza, los temores y los rumores persistirán por algún tiempo adicional.
Por otro lado, aquellos instrumentos: hipotecas, bonos u otros de dudosa calidad y alto riesgo recibieron doble AA de las clasificadoras, basados en modelos evidentemente errados o colgándoles un seguro de ráting que tampoco ha funcionado.
Ello debería llevar a una revisión de la supervisión bancaria en las economías desarrolladas ya que, paradójicamente, al penalizar las operaciones reguladas con excesivos requerimientos de capital, se termina dirigiendo a sus regulados a esquemas cada vez más riesgosos como fuente de rentabilidad. La regulación debe ser siempre neutral y no debe causar pérdida o utilidad. Lograr reducir el riesgo para el ahorrista sin interferir con el desarrollo del mercado --y menos aun distorsionarlo-- es un balance difícil, aunque perfectamente posible de lograr.
Sería nefasto para el desarrollo de la economía mundial que la actual crisis termine generando una corriente para incrementar la intervención estatal.
En nuestro caso es fundamental mantener la confianza de los mercados tanto internos como del exterior. Los anuncios esta semana del depósito de mil millones de dólares en el Fondo de Estabilización Fiscal, así como la intención de recomprar deuda por otro billón adicional, son señales que van en la dirección correcta y aseguran diferenciarnos de otros países de la región.
Pero la solvencia fiscal tiene necesariamente que continuar acompañada por un crecimiento para lograr sostenibilidad económica y estabilidad social. Por ello es urgente tomar medidas que mejoren nuestra competitividad.
En ese sentido, es absurdo decir que no daría resultado bajar aranceles cuando estos no son otra cosa que un costoso peaje que se cobra al ingreso de insumos y productos al país, sobrecosto que es cargado directa e íntegramente tanto al consumidor final como al productor eficiente, por igual. Bajarlos daría la confianza a los mercados de que se tiene la intención de mantener el crecimiento alto, aunque la medida lleve a una menor utilidad en algunos casos y con ello la protesta de ciertos empresarios.