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El arca abierta del Estado Peruano

Por: Juan Paredes Castro |

Más allá de los arrebatos separatistas del presidente regional de Puno, Hernán Fuentes, por los que este tendrá que responder política y penalmente, descubrimos, una vez más, la dolorosa dimensión del arca abierta del Estado Peruano. Arca abierta que no solo justifica el pecado del justo sino que 'enseñorea' la impunidad de todas las transgresiones legales y de todos los perros del hortelano que Alan García se ha propuesto exorcizar.

Creer que la Constitución y las leyes representan la solución al problema nos ha llevado a agravarlo. Ellas solas son aldabas demasiado frágiles para un Estado amenazado por la bancarrota. Junto a su deterioro está su excesiva porosidad, que precisamente lo abre al desorden, a la anarquía, a la corrupción, a la pérdida del principio de autoridad, y, por último, a los intentos de desintegración, como en Puno.

Quienes como Ollanta Humala propugnan la refundación del Estado Peruano, mediante una asamblea constituyente y una nueva Constitución, reinciden en el error de considerar que no hay nada mejor para un país que tener nuevas reglas de juego escritas. Con la habilitación actual a las reformas constitucionales, también podríamos tener nuevas reglas de juego escritas. Esa no es la cuestión. La cuestión es por qué no podemos tener un Estado en el que cualquier advenedizo como Vladimiro Montesinos no se convierta nunca más en el dueño de personas, instituciones, riquezas, almas y conciencias; un Estado en el que justamente un señor como Humala pueda demostrar que su partido es una alternativa política institucional y no una caricatura de representación nacional como fue Perú Posible en el Gobierno; y un Estado en el que ningún mequetrefe con un tercio de votos pretenda colocarle nuevas fronteras al Estado Peruano dentro de su propio territorio.

Tenemos que encontrar otras maneras que las simplemente escritas de acabar con el arca abierta que nos divide y desgarra, comenzando por enfrentar drásticamente todas nuestras exclusiones y por promover todas nuestras inclusiones.

La ansiedad electoralista, el caudillismo presidencialista y parlamentario y los mecanismos deformantes de la alternancia del poder vuelven la política más excluyente que inclusiva. Y como nadie está dispuesto a ceder terreno en la política, no hay espacios comunes concertados y consensuados para la política. En conclusión: al no existir estos espacios  se hace difícil construir o reconstruir el Estado.

Terminamos reconociendo y defendiendo aquel Estado que tenemos pensado y dibujado en el papel, y nada más. Únicamente la parte fiscal y monetaria del Estado parece estar siempre bajo siete llaves. Lo demás vive a la intemperie política y administrativa, como tierra de nadie expuesta a  quien quiera poseerla, para bien o para mal.

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